Estrategias del Gobierno y el agro frente al déficit fiscal

Ámbito Financiero. 26 de mayo de 2016.

Hace tiempo que el viento de cola ha desaparecido y, para colmo de males, la crisis de Brasil golpea de lleno. Sin embargo, el presente ya muestra indicios de un porvenir más amigable.

Puede resultar obvio pero vale recordar la gravitación de los productos agrarios en las exportaciones. Los primarios representan el 45%. Y, si se les suman las manufacturas basadas en recursos agrícolas, se llega al 60%.

Desde hace unos meses, los precios de los commodities agrícolas revelan una tendencia creciente. ¿Es por la caída de la producción esperada dado el clima en Sudamérica? Sin dudas, sobre todo a partir del reporte del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA).

Pero también hay otra razón que afecta la demanda y la oferta. Se trata de la tendencia del dólar a debilitarse frente a las demás divisas. Ya lleva una baja de 5% en los últimos meses.

A medida que el dólar pierde valor, los precios agrícolas denominados en esta moneda tienden a la suba, siempre y cuando no haya un aumento excesivo en la producción mundial. Simultáneamente las monedas de los emergentes se aprecian. Ello permite que el pago de sus deudas externas se concrete más fácilmente. De ese modo, los emergentes dispondrían de mayor capacidad de importación de commodities agrícolas así como también la Unión Europea con un euro en suba. El riesgo (siempre lo hay) es que la Reserva Federal incremente las tasas de interés y, en consecuencia, el dólar se fortalezca. Tal escenario es poco probable.

En el plano nacional, la mejor noticia viene del cuadro institucional. Siguiendo el pensamiento de Douglas North, nuestro país abandonó el “Estado depredador” para transitar hacia el “Estado contractual”, en un marco de derechos de propiedad respetados a rajatabla. Falta mucho pero todo indica que se está en camino.

Recorridos los primeros cinco meses del nuevo Gobierno sin demasiados sobresaltos, ahora queda a la vista la crudeza de la inflación. La inflación actual se basa en dos capas. La primera, inercial y subyacente, resulta de años de déficit fiscal. La otra capa, de la propia política económica de ajuste de precios relativos, mediante aumentos en las tarifas públicas y en el tipo de cambio. Probablemente esta segunda capa va a ir achicándose una vez avanzado el segundo semestre. Pero lo preocupante no es ésta sino la primera.

La política aplicada al respecto, en relación a la gravedad, parece más paulatina que de shock. A quien se desangra le disgusta el torniquete; pero si se le aplican sólo paliativos, el riesgo a morir es alto. Cuanto más rápido se haga, mejor. Hasta el propio Lula da Silva en Brasil, por ejemplo, luego de asumir optó por la continuidad y aplicó una política fiscal muy austera, con fuerte impacto depresivo y en el empleo, durante el año 2003. Así consiguió credibilidad y descomprimir la inflación. La moderada estabilidad permitió, posteriormente, un sostenido crecimiento, con el agro, en los inicios, haciendo punta.

Para remediar el cuadro hoy el Gobierno sujeta el dólar mediante mayor deuda: externa y por Letras del Banco Central (Lebac). Pero no ataca el déficit fiscal. Es comprensible tal actitud pues las secuelas de hacerlo se manifiestan en menor actividad y mayor desempleo. Pareciera que el Gobierno está comprando tiempo para tomar medidas severas más adelante. Ojalá no se demore demasiado.

En tal cuadro, ciertamente dramático, el agro pasa a ser muy relevante. Mucho más si, tal como prevemos, los precios de los commodities agrícolas se mantienen o quedan en un nivel superior a la media de los últimos años. Sólo por derechos de exportación, aportan –por el complejo sojero- alrededor de 7 mil millones de dólares anuales. De implementarse un proyecto de obra pública, sería entonces importante que buena parte de los recursos se dirijan a la infraestructura a fin de elevar la competitividad del agro y su aporte a la economía.