El gasta, tú gastas, yo pago

BAE. 26 de junio de 2017.

Reducir el gasto o subir impuestos, ninguna solución rápida es la mejor opción.

Las noticias de cómo financiar el gasto reciben mucha atención: que si los bonos a 100 años son buena idea, que si la emisión genera inflación, que si los inversores del exterior vienen o se van. Esa discusión no va al fondo de la cuestión. Es como discutir si un enfermo de cáncer debe estar abrigado para que encima no se resfríe. El verdadero problema a solucionar es el déficit fiscal, y todos esos otros temas se refieren a cómo financiar dicho déficit. Más lógico sería dedicar los mismos esfuerzos a entender y erradicar el problema de raíz.

Los lectores de BAE Negocios ya saben que el déficit es un verdadero problema. Aunque no sé si tienen claro cuán grande es su dimensión. Pondré un ejemplo extremadamente simplificado: si se recaudan 100 y se gastan 105, habrá déficit de 5. Si el año que viene estuviéramos igual, habrá un déficit adicional de otros 5. Históricamente los gobiernos han dibujado billetitos de colores para pagar esos 5 que no tenían. La gente se dio cuenta y no los recibe y pide más billetitos de colores por lo mismo que antes ya vendía, lo que genera inflación.

A fin de dejar de imprimir y contener la inflación, este gobierno decide pedir prestado 5. El tema es que ahora habrá que devolverlo. Para eso el año que viene habrá pocas posibilidades: recibir 100 y gastar sólo 95, ya que debe devolver los 5 del año pasado (un gran ajuste de 10 comparado con 105). O debe pedir 10: 5 por este año más 5 para devolver los del año pasado. O, por lo menos, gastar sólo 100 y refinanciar los 5 del año pasado. La solución es una combinación de menor gasto y más deuda o más inflación.

O sea que para que no haya inflación, hay deuda. De la sartén al fuego. La única posibilidad es reducir el gasto, lo más rápido posible. O subir impuestos, lo más despacio posible. Ninguna de las dos opciones es agradable.

¿Cómo reducir el gasto?

Tenemos 3 grandes oportunidades: energía, subsidios, sistema impositivo. Hasta hace un año la oportunidad de oro que tenía Argentina era la reducción de la importación de energía, ya que gran parte del gasto se iba al exterior. Se ha hecho un muy buen trabajo en esa área, ordenando y reduciendo el costo de las importaciones. El tema es que para incentivar la producción se está pagando mucho más a los productores locales y, al final, el importe del déficit energético no se ha reducido. Al menos no todavía. Asimismo, falta una campaña de concientización respecto del ahorro energético. Ya me cansé de esperar sensatez en el uso: todos vemos luces de edificios públicos de día, o en nuestras casas dejamos la compu prendida. Pocos saben que su factura se reduciría notablemente si ahorra respecto a igual período del año anterior.

Sobre los subsidios, que son sólo impuestos "al revés", hay mucho trabajo por hacer. Este año ya demostró contundentemente que la reducción de retenciones en el agro generó muchísimos más ingresos fiscales que antes, a pesar de las inundaciones o incendios. Esta era la pregunta fácil de un examen, porque en realidad se redujeron retenciones a producciones que habían desaparecido, como el trigo. El gobierno no arriesgaba ningún ingreso. Hay otros sectores que también pueden crecer si se les quitan impuestos o regulaciones absurdas, tales como dónde procesar yerba mate, requisitos para empacar frutas, juicios interminables, determinaciones de AFIP de personal mínimo.

La tercera forma de reducir el gasto es modificar el sistema impositivo. Los impuestos no sólo son altos sino que los que los pagan están alejados de las decisiones de dónde gastarlos. La solución es extremadamente fácil (en los papeles). Los impuestos debieran gastarse mayormente donde se recaudan. En parte van a una "vaquita general" para hacer hospitales, autopistas, educación. Y en parte deben ir donde se generaron para permitir su mejor uso: que cada pueblo decida qué y dónde se hace la infraestructura. ¿Se necesitan más caminos vecinales o luces en la plaza? ¿Computadoras en la escuela o una alcantarilla en aquella esquina? ¿La orquesta municipal o una pista de atletismo? Hoy se decide todo centralizadamente. Y si el que paga es el que usa, es probable que sea muchísimo más consciente sobre en qué se gasta. Conste que el envío del Gobierno nacional del 15% de recursos coparticipables a provincias da más autonomía financiera a estas, pero sigue sin estar relacionado al origen de esos fondos. A pocos les importa la eficiencia del gasto.

Y aquí por fin llegamos al nudo de la cuestión: los que pagan no son los que reciben los beneficios del gasto. Los impuestos nacionales son para uso general, como salud, educación, justicia. No son para satisfacer necesidades particulares o en lugares específicos: esos deben ser satisfechos con los ingresos que provienen de ese lugar o sector. No es cierto que eso desprotegería a las provincias o áreas de menores recursos. Las empresas pueden radicarse donde los que poco tienen estén encantados de conseguir trabajo, en lugar de dirigirse donde un intendente amigo del poder haya "recibido" obra de infraestructura. Cuesta lo mismo hacer 100 metros de asfalto donde viven sólo 4 familias ricas que donde viven 100 familias pobres. Si lo pagan quienes lo usan, las 100 familias pagarán 25 veces menos que los ricos. Hoy los gastos los deciden personas que no nos consultan: sólo pagamos y otro decide qué hacer.