Hay que enfrentar el déficit fiscal

Bastión digital. 3 de mayo de 2016.

La controversia entre shock y gradualismo presenta dos facetas: la primera de ellas tiene que ver con la microeconomía de los consumidores y oferentes, en tanto que la segunda se liga con los desbalances de la macroeconomía. Es claro que la mayoría de la gente prefiere que cualquier ajuste que tenga que enfrentar sea gradual. Si nos enfocamos en la macroeconomía, la preferencia entre ambas opciones es a priori menos directa.

Han transcurrido cuatro meses desde la asunción del nuevo gobierno, y más de ocho desde que se iniciaran los debates de los precandidatos en las elecciones primarias. Las discusiones giraron alrededor de distintos temas de la economía, como el cepo cambiario, el impuesto a las ganancias, el Impuesto al Valor Agregado en los productos de la canasta básica o las retenciones a las exportaciones de las economías regionales. Algunas de las cuestiones ya han sido abordadas pero otras aún son materia de debate, entre ellas la alternativa entre shock y gradualismo frente al problema del déficit fiscal.

La controversia entre shock y gradualismo presenta dos facetas: la primera de ellas tiene que ver con la microeconomía de los consumidores y oferentes, en tanto que la segunda se liga con los desbalances de la macroeconomía. En cuanto a la primera de ellas, es claro que la mayoría de la gente prefiere que cualquier ajuste que tenga que enfrentar sea gradual. A pesar de que una gran parte de la sociedad es consciente de que la factura de luz no puede costar una quinta parte de una cena en un restaurant, a nadie le resulta agradable tener que enfrentar ajustes en los precios de las tarifas del orden del 500% más eliminación de subsidios, lo que implica directamente una caída en su ingreso real. A pesar de ello, no deberíamos olvidar que del otro lado hay empresas prácticamente quebradas que subsisten exclusivamente gracias al asistencialismo estatal.

Si nos enfocamos en la macroeconomía, la preferencia entre shock y gradualismo es a priori menos directa, pero seguramente la mejor elección sea hacer los ajustes de una sola vez. En este sentido, la literatura económica ha demostrado que la inflación crónica y las hiperinflaciones se deben a aumentos descontrolados de la oferta monetaria, a partir del financiamiento de crecientes déficit fiscales (1). Asimismo, desde la óptica del hacedor de política, las recomendaciones de Maquiavelo en su libro “El Príncipe” hacen especial hincapié en que las malas noticias deben ser comunicadas todas juntas.

Repasando las cifras y los comunicados oficiales de los últimos años, con todo lo que ello implica, podemos ver que el resultado fiscal primario ha mostrado una tendencia decreciente. En 2015 se registró un déficit primario de $292 mil millones, equivalente a casi 5,5% del PBI. En este contexto las medidas adoptadas por el nuevo gobierno, entre reducción de impuestos, quita de subsidios y próximos aumentos de programas sociales apuntarían a que el resultado de 2016 no sea muy distinto del registrado el año pasado (básicamente se compensarían). Pero si a ello le sumamos la caída proyectada en el nivel de actividad, que podría ser entre 1% y 2%, entonces la recaudación tributaria será más baja, con lo que no nos deberíamos sorprender si el Tesoro Nacional tiene un resultado aún peor que el de 2015. Más aún, mientras que la recaudación se ve negativamente afectada por la caída proyectada del PBI, una gran parte de las partidas de gasto está indexada, lo que deriva en una dinámica perversa del déficit fiscal.

Bajo esta hipótesis de déficit ligeramente mayor, debemos considerar que debe ser financiado de alguna manera. La primera alternativa es la emisión monetaria. En los planes del Banco Central está acompañar al Tesoro con unos $150 mil millones, lo que podría ser aproximadamente la mitad del problema. En conexión con esto, no hay que olvidar el crecimiento desmedido de las LEBACS: visto de otro modo, el financiamiento del déficit fiscal ya no se está haciendo con impuesto inflacionario, sino a través del déficit cuasifiscal del BCRA, lo que es aún más gravoso. Y en cuanto al otro 50% del financiamiento, sería en parte financiado con la próxima emisión de deuda en los mercados internacionales de crédito. También se ha especulado con que el FGS de la ANSES liquide sus posiciones en acciones, lo cual representaría un ingreso de $100 mil millones, pero que sería una medida de una sola vez. Sin dudas, estas alternativas no son soluciones sostenibles en el tiempo.

De no mediar cambios de fondo, nuestro problema recurrente de déficit fiscal será un talón de Aquiles para nuestra economía. Por más que cueste asumirlo, el gobierno debe hacer un ajuste profundo en sus cuentas. No basta con eficientizar el gasto, el sector público no debe ser una carga tan grande para el sector privado formal, el cual enfrenta tasas impositivas astronómicas. Si el estado libera recursos, seguramente la creatividad y entrepreneurship del sector privado generarán una dinámica de crecimiento sostenible para Argentina, cuyo ingreso real está estancado hace 5 años.