¿Por qué comercian los países?

CEA. 15 de febrero de 2018.

Escrito para una compilación de Temas de Economía a ser realizada por la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

El intercambio de productos está en la médula de la cultura humana. Un animal que posee algo más de alimento que hoy no necesita, lo abandona o lo entierra para comerlo más adelante, jamás negocia con sus congéneres.

El ser humano intercambia con sus congéneres, primero dentro de la familia, luego en la tribu y finalmente entre tribus. La civilización se origina en la interacción entre humanos, ya sea interacción productiva, el comercio, o destructiva, la guerra. Ambos, el comercio y la guerra son maneras de obtener lo que uno desea y no tiene. Hoy nos ocuparemos del Comercio. Pero quiero dejar claro que pienso que la guerra destruye riqueza, mientras que el comercio la crea.

Comercio e intercambio son términos similares, aunque el primero sugiere cierto grado de organización que el segundo no necesariamente requiere. Un día, hace miles de años, Pedro tiene una buena jornada de pesca (más de lo que puede conservar y a la vez caza muy poco) y Juan tiene una buena de caza (y pesca poco). Nada fue planeado, se encuentran volviendo a sus chozas y deciden intercambiar sus excedentes. La semana siguiente ocurre lo mismo. Eventualmente se dan cuenta que Pedro es mejor pescador y que Juan es mejor cazador. Deciden especializarse. Pedro se vuelve pescador y Juan cazador. Ambos ganan con ello ya que cada uno hace lo que mejor sabe hacer.

El primer problema que se plantea es cuánta carne debe Juan dar a Pedro por cada cantidad de pescado. Ese ratio lo llamaremos precio. Cualquiera sea el precio al que arriben, mientras la negociación sea voluntaria y pacifica, está claro que ambos saldrán ganando respecto de la situación en la que cada uno deba comerse todo el producto de su actividad. Pero es posible que Juan sea mejor negociador que Pedro y a cambio de una mojarrita se lleve medio ciervo. Ambos ganan, pero Juan pareciera que gana mucho más.

Pronto cunde la voz del arreglo entre Juan y Pedro y muchos otros deciden también especializarse en la caza o la pesca. Muchos, a la vez, ofrecen carne y otros muchos ofrecen pescado. Ya Juan no va a poder obtener mucha carne a cambio de una mojarrita porque otros competidores ofrecerán más mojarritas por la misma cantidad de carne. Ha aparecido un mercado. El precio que se determine tendrá dos cualidades:

  1. Nadie tendrá en el margen el incentivo de cambiar de especialización, o sea que todos estarán satisfechos con su trabajo.
  2. A ese precio la gente debe querer consumir las cantidades transadas de carne y pescado. De lo contrario, si sobra un producto, su precio debería caer. O sea que el precio representa la valoración relativa de la gente que consume los productos.

Hemos llegado a la esencia del intercambio de mercado: todos los participantes alcanzan una asignación de esfuerzos y de consumo superior a la que tendrían en ausencia de intercambio, donde cada uno debe consumir lo que produce. Ese tópico en economía se denomina: las Ganancias del Comercio.
Esas Ganancias del Comercio provienen de la especialización que permite el intercambio.

  1. Uso mi tiempo en producir lo que hago relativamente mejor que los demás.
  2. Al precio de mercado consumo los productos que me gustan relativamente más.

Noten que en ambas categorías de Ganancias del Intercambio, he usado el término “relativamente”.

Si todos los cazadores/pescadores tuvieran exactamente las mismas habilidades/suerte, no habría diferencias relativas de oferta que justifiquen el intercambio, a menos que las familias consumidoras en la tribu tuvieran diferencias relativas entre carne y pescado, ya sea que algunas solo coman carne y otras solo pescado, o simplemente que a todo el mundo le guste más la carne que el pescado. Habría diferencias relativas en demanda.

Para que exista el intercambio tiene que haber diferencias relativas entre las condiciones de oferta o de demanda de los productos. Si todos fuéramos idénticos, no habría intercambios, ni ganancias derivadas del mismo. Como dicen los franceses “Vive le Difference”.

Vamos ahora al nudo de la cosa

Es un dato que gracias al intercambio, a cada uno le conviene producir más de lo que sabe hacer mejor y luego intercambiarlo en el mercado. O sea que, aún sin mercado, Pedro, que ya era buen pescador, ahora se dedicara más todavía a pescar, se especializará en lo que mejor hace. Y Juan lo mismo: le conviene dedicarse más a cazar, ya que Pedro le dará más mojarritas por cada presa que lo que él obtenía antes con sus pobres dotes de pescador. O sea que el intercambio permite que, si había diferencias relativas en producción, éstas sean aún mayores ahora.

Similarmente, en el consumo, la mujer de Pedro debía consumir mucho pescado (que no le gustaba tanto) y poca carne. Ahora el abundante pescado que le trae su marido lo puede vender en el mercado por más carne (que sí le gusta). O sea que el intercambio permite que, si había diferencias relativas en demanda, éstas sean aún mayores ahora.

El intercambio libre permite que todos los participantes maximicen su bienestar gracias a producir más de lo que relativamente hacen mejor y a consumir más de lo que relativamente les gusta más.

Intercambio y riqueza

El intercambio mejora el bienestar dada la riqueza de cada uno de los participantes. Si Pedro es mucho más fuerte/inteligente que Juan, Pedro siempre será más rico que Juan. Ambos ganarán con el intercambio al especializarse, pero las diferencias de riqueza subsistirán.

Si Pedro es 100 veces más grande que Juan (productivamente), es probable que siga produciendo ambas cosas mientras que Juan se especialice en cazar. Pedro fácilmente puede pescar un poquito más y cazar un poquito menos para acomodar la especialización de Juan. Para Juan esto será un cambio tremendo. Podrá ahora obtener mucho más pescado por su poca carne que antes. Pedro casi no lo notará. Juan ganará mucho en bienestar y Pedro prácticamente nada. Esto se llama la paradoja de John Stuart Mill: los países chicos tienden a ganar más del comercio que los países grandes.

Imaginen una pequeña isla que tiene 100 habitantes, muchos cocos y una vaca. Los abundantes cocos no valen nada y todos se desesperan por un bife de la pobre vaca. Ahora permitamos a esa isla comerciar con Estados Unidos (EE.UU.), donde los cocos son relativamente más caros que la carne. Ahora los isleños pueden vender los cocos a cambio de muchas vacas, e incluso producir más cocos y comerse la vaca que tenían, más otras que importan. Ganan en bienestar muchísimo. En Estados Unidos ni se enteran del infinitesimal cambio en su comercio que esto implicó. Sus precios relativos permanecen prácticamente iguales. En la isla los precios relativos cambiaron drásticamente. EE.UU. casi no gano y la isla sí ganó, y mucho.

Conclusión

  1. Las ganancias del comercio para un agente (individuo, tribu, país) dependen de la diferencia de precios relativos entre las situaciones sin comercio (autarquía) y con comercio.
  2. Los precios relativos del equilibrio con intercambio tienden a situarse más cerca de los que prevalecían en el agente más grande.

Un error común es el suponer que un país pobre debe producir lo mismo que un país rico para llegar a ser rico. Eso es simplemente negar los fundamentos de las ganancias del intercambio. Si la isla que tenía una vaca decidiera producir más vacas para ser como Texas, se empobrecería aún más, ya que no tiene pasto. Y si trata de venderle esas vacas a los Tejanos, éstos les darían muy poco por ellas ya que la carne en EE.UU. es barata relativamente a los cocos. La tesis de producir lo que no sabemos hacer para ser más ricos es la manera más fácil de empobrecerse, salvo el empresario que recibe algún subsidio para realizar esta utopía, a costa de los demás que lo pagan.

¿Porque los países restringen el intercambio hacia afuera pero lo permiten internamente?

Hasta ahora, nuestro análisis económico no ha distinguido entre quienes son los agentes del intercambio: individuos, familias, tribus, islas, países, etc.. Pero la realidad exige que se lo haga, no porque sea científicamente necesario, sino porque es una realidad que se nos impone. En la vida diaria el intercambio entre individuos de un país está mucho menos restringido que el intercambio entre individuos de distintos países.

Para comenzar a discutir el tema del proteccionismo, debemos primero definir el concepto de país relevante para el análisis.
Definiremos como país un área transaccional en la que los individuos son responsables impositivamente frente a un sub-grupo social denominado políticos. Dentro de esa área, los políticos tienen el poder de imponer impuestos sobre las transacciones realizadas en la misma.

Hemos visto que el intercambio genera ganancias de bienestar a los participantes. Es por eso que los políticos tradicionalmente han colocado impuesto sobre las ganancias generadas por el intercambio dentro de sus áreas de dominio fiscal (país).

Por razones que sobrepasan a este economista, las sociedades se han revelado a la existencia de impuestos que recaigan de manera no igualitaria entre miembros de una misma nación. Si bien la tendencia natural es a proteger el mercado propio, las obvias ganancias del intercambio primaron sobre los deseos proteccionistas regionales dentro de un mismo país.

En Argentina las guerras civiles del Siglo XIX estuvieron motivadas por los intentos de caudillos locales para retener los derechos que permitan regular el comercio en sus áreas de poder frente a la dominante aduana de Buenos Aires. Todo culminó con la Constitución de 1853 y la prohibición de Aduanas Interiores. O sea que se estableció el comercio/intercambio libre entre todos los habitantes del territorio nacional. Libre comercio/intercambio de bienes y movimiento de personas.

Sin embargo, lo que fue una buena idea, se convirtió en un monstruo. En esos días la Aduana era el único instrumento recaudador de impuestos para la clase política dirigente. Su objetivo era recaudar, no restringir el intercambio. De hecho nuestro país se originó en el contrabando, en contra de las restricciones comerciales del imperio español. Recaudación y protección no son lo mismo. Definimos como protección a la discriminación en contra del intercambio con agentes de otro país versus agentes locales.

El poder de la Aduana para recaudar en contra del intercambio con agentes del extranjero fue rápidamente usado por productores locales de bienes competitivos, para asegurarse una reserva de mercado. El arancel aduanero les convenía a los políticos al darles recaudación y les convenía a los productores locales al encarecer al producto importado. Eso les permitía ser más ineficientes que el competidor externo. Fiscalismo y proteccionismo se hermanaron. Y aún siguen. Hay muchas historias muy sucias de convivencia entre ambos, a costa del consumidor, que es el que paga la fiesta, la mayoría de las veces sin saberlo.

Un arancel de 25% a la venta de heladeras importadas sube el precio local de las heladeras en 25% al consumidor. El productor local puede aumentar su precio en 25% ya que la competencia importada lo hace. Como el consumo es mayor a la producción, por el monto importado, concluimos que la aduana cobra la diferencia de 25% sobre el monto importado. Sintetizando: el arancel de 25% es idéntico a un impuesto al consumo de 25% más un subsidio a la producción doméstica de 25%. Y la diferencia queda en caja de la aduana. Los consumidores pagan y los productores son subsidiados y el fisco recauda. Todo un negocio a costa de incautos consumidores que sólo ven que el precio en vidriera de la heladera sube 25% y no saben bien por qué.

Si al pueblo le propusieran poner un impuesto a las heladeras del 25% para financiar un subsidio a los productores del 25 %, y que la diferencia se la lleva el fisco, lo más seguro es que los quemasen vivos en la Plaza de Mayo. El arancel es políticamente más viable. ¡La gente cree que protege al empleo nacional frente a los asiáticos! Nada más erróneo. Los extranjeros siempre reciben el mismo precio por su heladera. Son los consumidores locales los que pagan más para enriquecer al fisco y a los productores locales.

La historia del proteccionismo que he ilustrado con Argentina y heladeras ha sido la misma para la historia del intercambio y la protección en toda la humanidad desde que el mundo es mundo. Y seguirá siéndolo mientras la política siga teniendo poder sobre la economía. Uno podría decir que la política es el poder de asignar privilegios (llámense reservas de mercado, a través de aranceles ) sobre ciertas áreas de poder (llámense países).

¿Por qué comercian los países?

Llegamos al final de este breve ensayo. El comercio genera ganancias. Los políticos distribuyen ganancias. Las restricciones políticas al intercambio interno son infinitas, pero no son el objeto de esta nota. Las restricciones al comercio externo están concentradas: pocos productores se benefician y muchísimos consumidores pagan un poco cada uno. Hay mucho lugar para lobby. Mucho proteccionismo enriquece a pocos y daña un poco a cada uno de muchos votantes. Poco proteccionismo abre la caja de Pandora para excusas populistas que esconden el verdadero motivo de recaudar o favorecer esfuerzos de lobistas.

Pocos votantes que defienden la tesis del empleo local saben que las importaciones se pagan con exportaciones. O sea que si prohibimos las importaciones, estamos liquidando la industria exportadora. Cada uno mira su ombligo.

Argumentos como la protección al empleo nacional cuentan, en términos de votos, hasta con el consumidor mejor intencionado. Pero en un mundo abierto al intercambio de precios vía web y turismo, no se puede abusar. Los votantes viajan y comparan. Es un lento proceso de aprendizaje, en el que el extranjero deja de ser un enemigo competidor para pasar a ser un ejemplo a imitar, y ahí le toca temblar a los políticos.

La tendencia moderna a la creación de organizaciones de comercio supranacionales está ayudando a sobreponer todas estas irracionalidades. Quizá eso, el turismo y la web, ayuden en el futuro a un mundo más eficiente en el que los países miren hacia afuera de la misma manera que se miran a sí mismos.