Educación: necesitamos un cambio revolucionario

Diario Clarín 1º de agosto de 2016.

Cada año disminuye la productividad y la calidad de nuestra educación, sin garantizar un principio fundamental como la igualdad de oportunidades, con la sola condición que los alumnos comprometan responsabilidad, capacidad, esfuerzo y esperanza.

Uno de los problemas reside en que están desalineados los intereses profesionales que exige el mercado con la oferta educativa, ya que la mayoría de los programas de estudio están desactualizados y fuera del paradigma del libre acceso a la información.

La política educativa no sólo debe tratar de cubrir el calendario escolar y proveer una vianda por la insuficiente alimentación, sino que debe desarrollar intelectos sanos con una formación superior.

De mantenerse la tendencia actual, profundizaremos la formación de élites basadas en asimetrías socioeconómicas a expensas de perder el potencial de quienes no llegan y quedan en el camino por la falta de movilidad social.

Necesitamos realizar un proceso serio y revolucionario en la educación, que no sólo apunte a rendimientos sino a fortalecer la capacidad de análisis, discernimiento y pensamiento, haciendo uso de la libertad basada en los valores fundamentales de la vida. Sin esto, podremos tener mejoras ocasionales pero nada de fondo sucederá en lo político, social y económico, ya que la educación es una tarea metódica, congruente y planificada que rinde sus frutos a largo plazo, si privilegia los valores.

La planificación estratégica de la educación es clave para integrar las nuevas tecnologías, la investigación y el mundo. Es determinante que el alumno disponga de los mejores programas de estudio y sea exigido para rendir al máximo, pues los frutos de esta inversión son rápidamente volcados a crear capital social sustentable para el país.

En esta visión de responsabilidad social, el Estado debe garantizar la educación universal obligatoria, sea pública o privada, laica o confesional, pues lo trascendente es desarrollar personas idóneas y responsables, que participen activamente en formar una sociedad más justa y equilibrada, eliminando la riesgosa deserción escolar que trae los grandes flagelos modernos.

Respecto de la educación superior, hoy involucra a casi 2 millones de estudiantes, con sólo 16% en instituciones privadas y concentración de alumnado en las públicas históricas y de mayor prestigio. La matrícula de este nivel crece regularmente, pero en los últimos años fue mayor en lo privado, donde los presupuestos son menores, y los aportes públicos y beneficios impositivos inexistentes. No obstante, el rol de la universidad privada es continuar aportando competencia, innovación y customización, por su flexibilidad para la ágil toma de decisiones.

La crisis de la educación se resuelve con diagnósticos integrales que sinergicen el esfuerzo público y privado, con programas innovadores, exigentes y actualizados al mercado global, que focalicen en el largo plazo y se cumplan como políticas de Estado a través de los Gobiernos. Caso contrario, seguiremos en un círculo que de virtuoso nada tiene.