Encarar la solución como una quimioterapia

Clarín. 4 de enero de 2017.

Todos nos emocionamos con la valentía de la abuelita Norma que prefirió dar la vuelta al mundo en lugar de gastar su dinero en un doloroso tratamiento de quimioterapia. La noticia de su muerte no fue triste: supo disfrutar la vida.

¡Ojalá los países fueran como las personas! Trabajar y dejar algo para las próximas generaciones es lo único en común. Sin embargo, como confundimos gobiernos –formados por personas- con países -que son “entes”-, es que no nos sorprende que se dejen de lado los problemas, se posterguen soluciones y acusemos a los demás de nuestros conflictos. Pero un país no puede morir ni dejar los problemas al que le sigue.

Afortunadamente, Argentina está -lentamente- enfrentando sus grandes problemas: por fin somos conscientes de la pobreza, la inflación, los conflictos innecesarios. Los remedios son conocidos por todos, pero economía y quimioterapia se parecen. El tratamiento no es siempre efectivo. Si se interrumpe, hubo dolor innecesario y es muy costoso.

El cáncer de Argentina es del tamaño del Estado, que no está presente donde debe. Las funciones básicas son seguridad, defensa y justicia. También salud y educación. Tiene que poner reglas de juego parejas y ser un buen árbitro de esas reglas. Llevamos tantos años alejados de esos principios que empezar a ejercerlos suena extraño. El rol del Estado no es ser empresario, no es competir con los privados, no es determinar ganadores y perdedores. Para colmo, para cumplir (mal) los roles que no le corresponden, aplica impuestos que ahogan a quienes con su trabajo mantienen la actividad económica.

En 2017 es imperativo que ataquemos la causa de los males y no sus manifestaciones. Hay un gigantesco nivel del gasto, mal administrado y con impuestos inconsistentes. Tenemos desempleo y, al mismo tiempo, elevadísimos impuestos al trabajo ¡Veremos qué nos depara el cambio sobre ganancias! Hay falta de inversión y, al mismo tiempo, impuesto a los activos. Detectamos problemas en educación y evitamos tomar exámenes. Registramos falta de ahorro y se fomenta el consumo. Nos gusta postergar problemas asumiendo deudas.

Es cierto que cualquier solución afectará inmediatamente a algunos –que se quejarán- y sus beneficios se distribuirán entre toda la sociedad – que no saldrá a manifestar su alegría-. Eso no sólo no es un problema, sino que es mejor que lo que ocurre ahora, donde el beneficio es para pocos y el costo se distribuye entre toda la sociedad. Quienes defienden el gasto dicen que debe quedar con las ineficiencias actuales, en lugar de dirigirlo donde se necesita: mejor y mayor infraestructura económica y social.

Es odioso decirlo, tanto como el diagnóstico de quimioterapia: hay que bajar impuestos y modificar la asignación de gastos. No podemos escaparnos como la abuelita Norma.