200 años independientes ... y seguimos adolescentes

Clarín. 6 de septiembre de 2016.

Dos siglos de independencia no es poco si se los compara con el grupo de países jóvenes independizados luego de la segunda posguerra. No obstante, Argentina parece vivir en un perpetuo proceso de maduración que se parece más a la adolescencia que a la adultez. Es momento de reflexionar para construir un derrotero que conduzca a los argentinos a alcanzar un estado que permita vivir planamente en los siglos venideros.

En 1816 los representantes de las Provincias Unidas decidieron declarar la independencia. Dar ese paso resultó más fácil que hallar una fórmula de gobierno aceptable para la mayoría de la población. Tras un largo período de conflictos civiles, en 1853 se logró un acuerdo de convivencia fundacional: la Constitución.

Tal acuerdo tuvo amplia aceptación y fue el pilar sobre el que se construyó el Estado argentino moderno. Ayudó a un espectacular crecimiento económico que facilitó el ascenso social para aquellos que eligieron asentarse en el país. En 1912 la República establecida por la Constitución fue perfeccionada por la Ley Sáenz Peña, que introdujo el sufragio universal, secreto y obligatorio. Para 1916, Hipólito Yrigoyen no respondió a un programa escrito de propuestas o proyectos para gobernar sino que tuvo como bandera el cumplimiento estricto de la Constitución. Aunque con altibajos a partir de 1930, este orden constitucional rigió la vida política del país hasta la reforma impulsada por Perón en 1949. Con la Revolución Libertadora, se repuso el documento de 1853, cambio que tampoco logró fomentar convivencia pacífica. Durante la campaña, el futuro presidente Raúl Alfonsín le dio un nuevo protagonismo a la Constitución al recitar su preámbulo como una oración laica.

Hoy, a pesar de haber transcurrido 33 años de democracia ininterrumpida, persiste una tensión que expone una debilidad en el acuerdo de convivencia.

En los últimos años resurgieron momentos de alta conflictividad política que muestran que todavía no hemos encontrado un equilibrio político. Estas situaciones ocurrieron a partir de una dirigencia que busca perpetuarse en el poder a cualquier costo, una sociedad que ha tolerado inusitados niveles de corrupción y la pugna con un discurso que dice buscar la igualdad y la inclusión a expensas de la libertad. Estas conductas condenan a la sociedad, al igual que Sísifo, a comenzar de nuevo cada vez que se produce un cambio de gobierno.

Quienes siguen el pulso de la sociedad señalan que no es fácil encontrar una tendencia clara hacia dónde se dirige, pero son optimistas porque observan que los argentinos privilegian ahora un sistema de creencias más abierto al debate y un liderazgo político que permite el juego institucional.

Parecería que esta vez estamos mejor dispuestos para construir una vida que nos permita alcanzar el bienestar general y, al mismo tiempo, vivir en libertad como nos propone el preámbulo constitucional. Esperemos que a partir de este Bicentenario lo logremos.