El endeudamiento es clave, pero es el Talón de Aquiles

Clarín. 31 de diciembre de 2017.

Hay un viejo chiste de economistas que dice que si les hacemos la misma pregunta a dos economistas obtendremos tres respuestas diferentes. Por lo tanto, creo que corresponde advertirle al lector que en este artículo encontrará 1,5 respuestas a la siguiente pregunta: ¿aguanta el gradualismo hasta las elecciones presidenciales de 2019?

El debate de shock versus gradualismo viene desde antes de las elecciones de 2015. Economistas de un lado, del otro y del centro también discutimos sobre cómo debía ser la política económica del eventual ganador en las elecciones presidenciales. Esa discusión es hoy irrelevante ya que desde el comienzo el ganador eligió el camino del gradualismo y, cumplidos dos años de la presidencia de Mauricio Macri, parece que no hay marcha atrás.

Una semana después de asumir como ministro de Hacienda y Finanzas, Prat Gay anunció el fin del cepo. De un día para el otro se liberó el mercado de divisas y vimos que era bueno. Poco después se negoció la salida del default y nuevamente vimos que era bueno no solo en lo estrictamente económico, sino que mostraba que Cambiemos podía lograr un acuerdo político con una oposición responsable. Estas primeras medidas podríamos decir que fueron de shock (como el intento fallido de nombrar dos jueces en la Corte Suprema de Justicia por decreto), pero lo cierto es que el Gobierno no tenía otra opción que moverse rápido para recuperar el acceso a los mercados de capitales internacionales, ya que el endeudamiento es la piedra fundamental y a su vez el “Talón de Aquiles” de un plan económico gradualista.

La Argentina tiene un montón de problemas (informalidad, pobreza, subsidios, tarifas atrasadas, parasitismo estatal, corrupción, etc.) que terminan generando otros, como la inflación insoportable y la presión tributaria asfixiante que son causa de un gasto público elefantiásico con su correspondiente déficit fiscal insostenible. El plan gradualista consiste a grandes rasgos en lo siguiente: 1) bajar la inflación 2) congelar el gasto en términos reales y 3) crecer. La lógica es simple. Si baja la inflación, la economía crece. Si la economía crece, aumenta la recaudación. Si aumenta la recaudación y el gasto se mantiene constante, entonces el déficit cae y eventualmente desaparece. La otra cara del gradualismo es el endeudamiento y de ahí que lo primero que había que normalizar era el acceso a los mercados de capitales.

Para bajar la inflación, se fijó una pauta decreciente de emisión de pesos para financiar al Tesoro y se estableció un esquema de metas de inflación para coordinar las expectativas de mercado y así vencer la inercia inflacionaria. Para congelar el gasto, se implementó un esquema de reducción de los subsidios económicos (tarifazo, como le diría “Doña Rosa”) y se redujo notablemente el gasto de capital al eliminar los sobreprecios en la obra pública. Para crecer, se alentó a la lluvia de inversiones confiando en que la baja de la inflación futura funcionaría como un imán para el inversor externo y doméstico.

Lamentablemente la cosa no funcionó en 2016. La inflación se disparó por la depreciación que acompañó a la salida del cepo y el ajuste de los servicios públicos. Ambos factores habían sido desestimados por el Banco Central en sus primeras proyecciones. El impacto negativo de la inflación sobre los sectores más vulnerables llevó al Gobierno a expandir la red de protección social, consumiéndose gran parte del ahorro fiscal que implicó la quita de subsidios. Para contener la inflación, el Banco Central mantuvo las tasas altas desalentando la inversión y el consumo. En resumen, la actividad económica se frenó. La recaudación cayó y la carga de intereses aumentó.

En 2017 la economía mejoró. La inflación bajó en relación con el pico alcanzado a mediados del año anterior pero no se lograron cumplir las metas propuestas por el Banco Central. A diciembre de 2017 nos encontramos en una situación similar a la de 2015 o a la de 2013 (antes de la devaluación de enero de 2014) pero con expectativas a la baja. El incumplimiento de la meta en 2017 y el esfuerzo que debería hacer el Banco Central para acercarse a la meta de 2018, llevaron a la autoridad monetaria a replantearse sus objetivos y postergar un año el esquema de reducción de la inflación. Seguramente veremos un relajamiento de la política monetaria, pero por el momento el impacto de esta medida es todavía incierto.

En materia fiscal, a primera vista, la foto de 2017 es muy buena y el ministro de Hacienda se merece más de un aplauso por ello. Según los últimos datos a noviembre de 2017, el gasto primario creció 24,5% (apenas por arriba de la inflación) y, como la economía crece al 3% real, el gasto primario como porcentaje del PBI cae. Cuando incluimos los intereses sobre la deuda, el crecimiento del gasto asciende a 28%. Si bien el 28% está por arriba de la inflación, le empata al crecimiento del PBI nominal. Por último, si a la foto le agregamos el crecimiento de 29,5% en los ingresos, parece que estamos viendo la selfie de Ellen DeGeneres en los Oscar 2014.

Lamentablemente la vida no es una foto y la película tiene algunas escenas que parecen salidas del cine catástrofe. El exceso de gasto público financiado con endeudamiento externo y las elevadas tasas de interés (que estimulan el ingreso de hot money) lastiman a la economía, al inducir un atraso cambiario que se ve reflejado en un déficit de cuenta corriente que no para de crecer, producto de la caída de la balanza comercial. En los primeros nueve meses de 2017 el déficit de cuenta corriente superó los US$22.000, más del doble que en igual período de 2016. El rojo de la balanza comercial creció más de US$8.000 millones y la remuneración neta al extranjero por inversiones de cartera sumó más de US$2.000.

De acuerdo a los datos del Ministerio de Hacienda, la distribución del gasto del sector público no financiero es la siguiente: 50% son prestaciones sociales, 8% subsidios económicos, 14% son salarios, 8% son gastos de capital y 9% intereses (netos de intereses pagados intrasector público). Otros gastos representan 11%. En materia de reducción de gastos, el foco se puso en el recorte de subsidios y en los sobreprecios en la obra pública, pero ya se está alcanzando el límite de cuánto se puede reducir en estos aspectos. En este sentido, el Gobierno planteó la reforma previsional por dos razones: el gasto social es el componente más importante en el presupuesto y porque la fórmula de movilidad jubilatoria indexaba el gasto social por el crecimiento de la recaudación y hacía imposible el congelamiento del gasto, en simultáneo con el crecimiento de la recaudación necesario para la reducción del déficit. Más allá de si está bien o mal que la variable de ajuste sean los jubilados, lo cierto es que el cambio en la fórmula le da mayores chances de éxito al plan gradualista.

¿Será el cambio gradual lo suficientemente profundo como para llegar a 2019? Difícil de decir. Somos como un paciente con inmunodeficiencia y la más mínima infección puede resultar fatal. Soy relativamente optimista, ya que creo que el paciente está en manos de buenos profesionales que, si bien han cometido errores hasta el momento, han corregido el rumbo de ser necesario. Sin embargo, tengo que reconocer que probablemente estoy pecando de inocente y mi consejo para equipo de gobierno es escuchar más a esa abuela pesada que nos pide que nos abriguemos para evitar que un resfrío (sudden stop) nos mate a todos.