Energía: no se puede regalar lo que no se tiene

El punto de equilibrio. 23 de agosto de 2016.

Petróleo, electricidad y gas tienen tarifas que pagan los consumidores pero que no guardan relación con los costos en que incurren los productores. Costos y tarifas divergen notablemente y se compensan con una maraña de subsidios. El Estado define precios a los productores y tarifas a los consumidores, creando todo tipo de asimetrías y desincentivos. Además hay consumidores de múltiples categorías, casi 1000 en todo el país. Costos, precios, tarifas y subsidios son un verdadero enredo. Y más enredo son las diferencias entre los tres sectores.

Luego de años de precios artificiales y ridículamente bajos para los productores de petróleo, desde 2015 hay un “precio sostén”, mucho más alto que el precio internacional. Las regulaciones obligan a pagar un crudo un 60% más que el precio internacional, y todos lo pagamos en el consumo de combustibles. ¡Claro que así el transporte es caro!

También el gas argentino tiene precios mayores a su importación. Y aún así, muchas empresas tienen problemas, porque sus costos son también mayores a los internacionales. Es cierto que se puede importar a diferentes precios, según de donde provenga, y que las empresas padecieron una situación ridícula durante 10 años. Si hubiera libre importación, los costos deberían ajustarse. Y –dicho sea de paso- no habría sospechas de travesuras en los precios a los que se compra.

Para los usuarios residenciales la situación de electricidad y gas es inversa: nuestras tarifas son bajísimas bajo cualquier criterio. El Estado obliga a regalar el servicio a los consumidores. Así es que el Estado debe subsidiar a las empresas que compran caro lo que tienen que vender barato.

A esto no hay audiencia pública que lo solucione: ¿quién va a decir que está encantado de pagar más? ¿Qué costo se toma como referencia? ¿Por qué alguien va a regalar su trabajo? Para cortar el nudo gordiano sería necesario que hubiera algo que se acerque a la competencia entre empresas; que puedan decidir a quién comprar y a qué precio, y no dictado por el Estado. Y que a su vez puedan vender a tarifas que los consumidores decidan pagar (no sólo porque sean razonables, sino porque puedan elegir entre proveedores).

Va de nuevo: Es insensato que lo que se compra muy caro se venda muy barato. La compensación del descalce entre costos altos y tarifas bajas explica los casi u$s 100 mil millones que el Estado destinó en subsidios económicos desde 2005. También explica la brutal caída en la producción, los reiterados cortes, y el problema ambiental por usar tecnologías “de emergencia” en base a gasoil o fueloil.

No hace tantos años, cuando el mercado energético argentino funcionaba en un ambiente desregulado y con un Estado que cumplía con sus roles reguladores sin intervención económica, las reservas aumentaban, la producción era superavitaria respecto de la demanda y eso posibilitaba la exportación de energía; las tarifas eran razonables para los consumidores y había un consumo mucho más racional que ahora. Sí, había mucho por mejorar. Pero aún así era tal la fuerza que tenía el sistema que aguantó hasta ahora. La fuerte intervención del Estado de los últimos 15 años logró que las reservas no paren de caer, la producción argentina sea insuficiente para atender a la demanda, las tarifas atrasadas afecten la calidad de los servicios perjudicando a todos los usuarios.y,tristemente, ¡hemos desperdiciado todos los avances tecnológicos! El error de este gobierno ha sido aumentar tarifas manteniendo el sistema retorcido, donde papá Estado decide todo. Así no funcionará y mucho menos si las tarifas ni siquiera aumentan.

No saldremos de este embrollo si pretendemos que las audiencias definan precios. El camino para volver a crecer pasará por respetar el sentido común o, si eso fuera demasiado difícil, por respetar las leyes fundamentales de la economía: ¡permitamos la competencia por favor!