Trump inicia decisiva gira por Asia: ¿tierra de oportunidades o campo de batalla?

1 de noviembre de 2017.

La supuesta personalidad volcánica y temperamental de Trump difícilmente logre ser más decisiva que las pragmáticas y muy fundamentadas visiones sobre las consecuencias de guerra en Asia que cuatro militares tienen en su mente.

El 3 de noviembre, a poco de cumplirse el primer aniversario de su triunfo electoral, el presidente Donald Trump comenzará una intensa gira durante 12 días que abarcará a Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas. Los dos primeros son los más firmes aliados estratégicos y militares de Washington en la región. El tercero, el rival geopolítico de mediano y largo plazo, pero al mismo tiempo uno de los principales socios económicos de los Estados Unidos. El cuarto, un férreo ex enemigo que en los últimos lustros se viene erigiendo en un importante aliado contra China.

Como solía recordar siempre Kissinger en la década del setenta, cuando se negociaba el fin de la guerra de Vietnam, el único momento en la milenaria historia de esos dos países asiáticos en donde fueron firmes aliados militares fue justamente durante la presencia militar norteamericana en Vietnam del Sur, desde 1962 hasta 1975. No casualmente en 1979, sólo cuatro años después del retiro de las fuerzas del Pentágono, China y Vietnam se enfrentaron en una contienda bélica de alta intensidad.

La existencia de regímenes comunistas en ambos países no impidió ni mucho menos la escalada. Mientras Vietnam se mantenía firme junto a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la agonizante China pos Mao mantenía el alejamiento de Moscú que decidió este mismo líder a fines de los 50. Asimismo, los presidentes americanos en los últimos 20 años no han hecho más que ir mejorando las relaciones diplomáticas, económicas y militares entre la superpotencia y Vietnam. En el último tramo de la administración Obama, se autorizó la venta de material bélico a ese ex enemigo. Como nos enseña el siempre vigente pensamiento realista de las Relaciones Internacionales, los países no tienen amigos ni enemigos permanentes sino intereses.

La agenda de Trump tiene adelante un árbol y un bosque. El árbol es gestionar las duras y seguramente dramáticas negociaciones para encauzar sin necesidad de guerra la cuestión de Corea del Norte, y su objetivo de tener un misil balístico intercontinental o ICBM con una cabeza nuclear operativa en condiciones de llegar a territorio continental de los Estados Unidos. El bosque, el ascenso chino como principal desafío a la primacía norteamericana.

Pese a los análisis ideológicos, los clichés y casi caricaturas que diversos medios de prensa norteamericanos e internacionales hacen de Trump en materia de política exterior, cabría recordar que, en lo que se refiere a su equipo de seguridad internacional, cuenta con uno de los mejores de las últimas largas décadas en Washington. Comenzando por el general James Mattis en el Pentágono, el general H. R. McMaster en el Consejo Nacional de Seguridad, Mike Pompeo en la CIA y el general John Kelly como jefe de gabinete. La supuesta personalidad volcánica y temperamental de Trump difícilmente logre ser más decisiva al momento de tomar decisiones claves que hacen a la estabilidad del sistema internacional que las pragmáticas y muy fundamentadas visiones sobre las consecuencias de guerra en Asia que estos cuatro militares (tres retirados y uno en actividad) tienen en su mente y en carpetas con información clasificada.

Por esas paradojas de la historia, una importante cantidad de intelectuales neoconservadores tradicionalmente ligados al Partido Republicano y que tuvieron un papel decisivo en las desatinada decisión de la Presidencia de George W. Bush de invadir Irak, hoy se encolumnan entren los más fuertes críticos de Trump, y en la pasada elección no dudaron en recomendar el voto a su alguna vez muy criticada Hillary Clinton.

Por si esto fuera poco, ya desde antes de asumir la Presidencia el actual huésped de la Casa Blanca ha mantenido en diversas ocasiones largas charlas con una de las mentes más agudas del pensamiento de la política internacional tal como es Henry Kissinger. En especial sobre la forma de articular la relación con la ascendente China, país que allá por 1972 el propio Kissinger persuadió a Nixon de sumar al sistema de relaciones del poder americano como forma de complicarle el tablero internacional a la URSS. El mismo Kissinger, en una reciente entrevista televisiva, advirtió que, en el caso de que Estados Unidos y China no lograran consensos básicos que permitieran la desnuclearización de Corea del Norte a cambio de beneficios económicos, alimenticios y energéticos, será muy difícil evitar una difusión de una carrera armamentista nuclear en Asia. Empezando por el mismo Japón y Corea del Sur, y más adelante Vietnam. Según estimaciones confiables, hoy Japón tiene el suficiente combustible nuclear como para armar seis mil cabezas nucleares. En tanto que Corea del Sur, alrededor de cuatro mil. Ambos países tienen un muy desarrollado y dinámico sector nuclear de uso pacífico, pero con una rápida reconversión a uso militar.

Nada indica que sea del interés estratégico de China que esto rivales estratégicos obtengan la excusa perfecta para sumarse de manera relativamente rápida al club de países con armamento atómico. Sin duda, uno de los motivos que pueden llevar a que la idea de Kissinger, si bien compleja y con múltiples interrogantes, pueda ser considerada con particular atención por los mandatarios norteamericano y chino. Si el árbol termina tapando al bosque, será una mala noticia no sólo para ambas potencias sino para todo el sistema internacional. Quizás Mar del Plata sea la ciudad más segura del mundo en caso de guerra en Asia, tal como con un mix de información y humor se difundió en las últimas semanas. Pero un desmadre de la situación militar en la península coreana sería un cisne negro con suficiente fuerza para tumbar de raíz cualquier intento de normalización de la economía de nuestro país y socios claves como Brasil.