Corrupción: ¿seremos capaces de dar vuelta la historia?

Infobae. 11 de junio de 2016.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) reclamó al Gobierno argentino, a inicios del 2015, que tomara "medidas urgentes" para combatir la corrupción, según el incisivo informe que planteó dicho organismo, que además claramente puso en duda la existencia de un real compromiso del Gobierno para afrontar ese grave problema.

El informe de la OCDE cuestionó la "injerencia del Poder Ejecutivo" en los procesos disciplinarios contra los jueces y los fiscales, al considerar una marcada falta de independencia. Reclamó la aprobación de una ley que penalizara a las empresas por "cohecho internacional" y que permitiera procesar a los ciudadanos que cometieran delitos de corrupción fuera del país. Pidió "una mejor protección de los denunciantes ante represalias".

Hace pocos días, expresé a un periodista: "Resulta llamativo, y hasta podemos decir ridículo, escuchar comentarios de políticos, seudo-intelectuales y periodistas refiriéndose a cuestiones tales como: 'El Gobierno debe analizar si le conviene o no ir contra funcionarios del gobierno anterior', o 'Si se pone preso a algún político importante, luego, en períodos posteriores, se tomarán represalias'. Y más lamentable aún: 'Tal vez convenga poner a uno o dos presos, pero no más, sólo como advertencia'". Desde ese momento hasta ahora, escuché de un prestigioso periodista en televisión algo más dantesco incluso: "El Papa estaría operando desde el Vaticano para que determinados funcionarios no sean procesados". Sin el ánimo de opinar sobre la veracidad de estos dichos, me surge una reflexión espontánea: ¿Adónde hemos llegado? Paremos un poco la pelota y pensemos un momento. ¿Qué es esto? Es el único momento en que se me ocurriría mandar a estos opinadores a cambiar de tema, meterse un poco menos en la Justicia independiente y mirar algún show del baile por la noche.

También aseveré, acerca de la corrupción, que es mucho o muchísimo más grave de lo que el común de la gente considera, que es una locura seguir tolerándola, que ha llegado el momento de terminar con ella. Tal vez en la historia que lleguemos a vivir quienes podemos leer este medio de comunicación hoy no viviremos otra oportunidad igual.

En general, he leído decenas de notas que se refieren a lo que implica la lucha contra la corrupción. Cómo podría hacerse, con qué herramientas. Podemos leerlo como lo que nunca hicimos bien o la historia de los múltiples fracasos de la Argentina frente a esta desgracia que nos toca vivir. Resulta que luchar contra la corrupción es lo que no hacemos. Y juro haberme cruzado con cientos de individuos que parecen ofuscados cada vez que hablan de la corrupción en nuestro país. La queja como recurso estéril es lo que más abunda. Las acciones, por el contrario, son pocas. A menudo, la proactividad para abordar la lucha contra la corrupción es reactividad disfrazada (como dijo Peter Senge en su libro La quinta disciplina). Puede que nos volvamos más agresivos para luchar contra el enemigo que describimos como externo, algo totalmente ajeno a nosotros. Sin embargo, no deberíamos caer en el autoengaño: la verdadera proactividad surge de ver cómo tomamos esto como nuestros propios problemas, como algo que depende de nosotros. La lucha contra la corrupción debe iniciarse individualmente, como el producto de cambiar nuestro modo de pensar, no de nuestro estado emocional y de mostrarnos enojados en una mesa de algún café.

Ahora bien, vayamos por la pregunta contraria: ¿Qué significa no luchar contra la corrupción? ¿En qué nos convierte no hacerlo? No luchar contra la corrupción significa no hacer frente a quienes pretenden conseguir una ventaja en forma no legítima y soportada con el esfuerzo de todos. Se trata de obtener un beneficio personal en forma mezquina y dañar así al resto de la sociedad. Implica legitimar a quienes se quedan con lo ajeno como medio de vida, y dejarles esconder más fácilmente las evidencias. Es dejar que quienes confunden los medios con los fines luchen ellos por conseguir sus medios con nuestros medios.

Hace pocos días me ha tocado participar en un encuentro para discutir un proyecto de ley referido a la responsabilidad penal de las personas jurídicas para el caso de delitos por corrupción. El proyecto intenta imponer multa de "hasta el 20% de los ingresos brutos anuales que la persona jurídica hubiere tenido en el último ejercicio anterior a la comisión del delito".

Me preguntaron si estoy de acuerdo con los detalles del texto, mientras más de una persona hacía cuentas espantado y explicando los riesgos de utilizar tal base de cálculo. ¿Si estoy de acuerdo? Dejaré esa respuesta para los más estudiosos penalistas, pero para los que estén pensando en la sociedad toda, no en lo que más deje para su despacho. O tal vez deban opinar los empresarios, los responsables, quienes están pensando en hacer negocios en un entorno de mayor transparencia, con más oportunidad. No los que andan temerosos del monto de la multa que podrían tener que erogar si siguen haciendo mal las cosas.

Pues, yo sí estoy de acuerdo con esto. No sé si con el tamaño de la multa, o con el punto y la coma de lo que pude leer detenidamente. Estoy de acuerdo con intentar hacer, con jugar fuerte, con probar fórmulas distintas frente a este problema que necesariamente debe tratarse diferente. Estoy de acuerdo con hacer y entonces equivocarnos, ajustar, corregir y volver a intentarlo. Estoy de acuerdo con no perder más el tiempo reparando en detalles menos importantes que la acción. Estoy de acuerdo en buscar que se hable y se discuta de corrupción, en buscar la forma de quitarnos el velo, que nos duela y mucho cada vez que ocurre.

Sucede que el comportamiento ético requiere de educación, y en este caso no me refiero a un posgrado, sino a educación sobre la relevancia del ejercicio de la libertad. De la capacidad que tenemos como seres humanos de elegir entre uno de los dos monosílabos: "sí" y "no".

José Pepe Mujica supo sorprender a muchos durante el ejercicio de su presidencia cuando dijo: "Vamos a invertir primero en educación, segundo, en educación y tercero, en educación. Un pueblo educado tiene las mejores opciones en la vida y es muy difícil que lo engañen los corruptos y mentirosos".

Si el actual ministro de Justicia y Derechos Humanos de nuestro país ha sabido decir públicamente: "Resulta necesario articular mecanismos para que el costo de la corrupción sea más alto que el beneficio que se llevan los corruptos", pienso que debemos redoblar la apuesta. Los corruptos deben sentir, cada vez que optan por el atajo ilegal, el más rápido y aparentemente el más sencillo, que se los perseguirá hasta recuperar el último peso sustraído a la sociedad, y que eso no será todo, simplemente, la mera reparación del daño material.

La Argentina será sometida a una nueva revisión por parte de la OCDE, a finales de 2016, para evaluar el progreso respecto de las graves calificaciones que recibió. Mientras tanto, se ha propuesto avanzar a paso firme con la nueva legislación que la ponga a tono con los requerimientos de dicho organismo y las tendencias contra el soborno a nivel internacional.

Siempre me ha dejado pensando aquella frase de un iluminado que nos ha sabido dar luz: "Aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero" (Sí, fue una brillantez de Benjamin Franklin).