Es hora de acelerar el gradualismo

Infobae. 12 de mayo de 2017.

La estrategia gradualista que, como opción, el Gobierno ha adoptado sólo resulta sostenible en tanto y en cuanto la disponibilidad de financiamiento sea amplia y las expectativas jueguen a favor.

Sin embargo, tal opción implica caminar por la cornisa ya que las características del actual contexto no son seguras y pueden cambiar. Si las condiciones financieras internacionales y las expectativas se modificaran, la situación entraría en un cuadro crítico.

Pese a la meta oficial de llegar a un rojo presupuestario del 4,2% para este año, seguramente, el déficit se aproximará al 5% del PBI. No es alarmante en el contexto actual de financiación, pero en un ambiente donde la presión para la reducción de impuestos es creciente y, a la vez, la inercia en el gasto no se detiene, tomar conciencia de ello y preparar un plan integral con foco en lo fiscal es primordial.

La inflación de abril ha encendido las alarmas y, en consecuencia, las expectativas están comenzando a cambiar. El índice de precios al consumidor en abril es de 2,6% según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Este porcentaje supera, incluso, al reflejado por los analistas privados. En los últimos 12 meses, a su vez, los precios minoristas subieron un 27,5%. La sociedad en general se muestra ahora más escéptica sobre la inflación futura.

Al no atacar el déficit, la tasa de interés pasa a ser una herramienta útil pero con un lado filoso e insostenible en el tiempo que deriva en contracción económica y menor competitividad pues alienta la apreciación del peso.

Con una tasa de inflación alrededor del 20%/24%, la Argentina se convierte en el sexto país con la inflación más alta del mundo.

Así el cuadro, es necesaria la aplicación de un plan fiscal, a mediano plazo, como guía de expectativas, que a su vez encauce la gestión en términos de determinados metas fiscales y contribuya a la baja de impuestos en un marco de mejor asignación de los recursos.

Como están las cosas, no parece probable que el Gobierno vaya a cumplir la meta fiscal, ni la de crecimiento del 3,5%, así como la de inflación que es del 17%. De hecho, el FMI proyecta un crecimiento apenas algo superior al 2% y una tasa de inflación de casi 22 por ciento.

La visión cortoplacista que deje para el año 2018 los ajustes imprescindibles en el campo fiscal y cambiario implicaría serios riesgos. Es entendible pero peligrosa, la que parece ser la apuesta del Gobierno: si los resultados en las próximas elecciones son favorables, la fuerza política para llevar a cabo tales ajustes será mayor y, por lo tanto, el año próximo será más conveniente hacerlos.

No se puede perder el foco: es imprescindible apuntar a un déficit cero en el mediano plazo. Obviamente, tal meta es difícil de alcanzar pues los medios para hacerlo no logran apoyo popular.

Cuando alguien se desangra, el torniquete no es para nada agradable. Pero si se lo aplica muy paulatinamente, el riesgo a morir es alto. No basta con hacer más eficiente el gasto, el sector privado formal no puede acarrear una carga tan pesada del sector público y ella es la principal causa de la inflación. La inflación es el peor de los impuestos pues licua la renta de los que poseen menos poder de mercado.

La gravedad del endeudamiento proviene del hecho de que dos tercios de la deuda se dirigen a financiar el gasto corriente. Como en cualquier empresa, una cosa es tomar deuda para pagar la luz y otra muy distinta, para comprar maquinaria.

Como se advierte, el cuadro resulta preocupante; pero no es para alarmarse. Mucho más si miramos al exterior donde vecinos como Chile y Brasil tendrán, seguramente, un aumento del PBI de 1,7% y 02% respectivamente. Lo importante es tomar conciencia y trabajar sobre un plan consensuado bajo el paraguas de una adecuada estrategia comunicacional. Al fin de cuentas, a Churchill no le fue mal cuando expresó: "No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor."