Macri y la voluntad de no cambiar

Infobae. 13 de octubre de 2016.

Han pasado diez meses desde la asunción al poder de Mauricio Macri y queda clara una cosa: la voluntad de no cambiar. Quienes esperaban el anuncio de cambios estructurales están perdiendo los argumentos de que el tiempo les dará la razón. La realidad supera a la fe y la falta de visión de equilibrio general dejó a las dos únicas medidas positivas, la liberación parcial del cepo y el acuerdo con los holdouts, como medidas aisladas, frente a la inexistencia de un plan integral que comience a destrabar la herencia negativa de los últimos 12 años.

Las metas anunciadas hacia comienzos de año han quedado en la historia, y el Gobierno está atrapado entre el relato de la grieta y la esperanza del segundo semestre que, sin pausa, se va diluyendo con noticias desalentadoras. Las proyecciones macroeconómicas presentadas en el presupuesto 2017 suponen nuevamente un intento del Gobierno de tratar de condicionar las expectativas, sin entender que estas se forman con medidas creíbles y sostenibles en el tiempo y, en este sentido, el Gobierno parece no hacer nada consistente por cambiar el destino incierto de nuestra economía.

En materia fiscal, la recesión, inducida por la falta de coordinación entre la política monetaria y fiscal, ha erosionado los ingresos tributarios, que crecen al 15%, en tanto que el gasto mantiene su ritmo de crecimiento de 2015 en torno al 34 por ciento. Esto determinará que para fin de año el déficit fiscal se ubicará, siendo optimistas, levemente por encima del 7% del PBI, sin mejorías en términos reales con el año electoral de 2015, considerando que el resultado cuasifiscal del Banco Central alcanzará los dos puntos del PBI.

El límite para financiar déficits fiscales recurrentes mediante la colocación de deuda, emisión de moneda o aumentos de impuestos no parece tener un horizonte muy extenso, más teniendo en cuenta que desde 2009 Argentina no puede cerrar su brecha fiscal. El déficit acumulado desde 2009 hasta la fecha sumará 33% del PBI, en tanto que la deuda pública neta alcanza casi el 50% del PBI.

En materia monetaria, la política de altas tasas de interés no ha sido una exitosa herramienta antiinflacionaria, en vista de la evolución de los índices de precios. Luego de una fuerte suba de la tasa de interés durante el primer semestre, los precios culminarán con una inflación mucho más alta que la de 2015: 40% anual.

La meta del Banco Central de ubicar la tasa de inflación del próximo año en 17% no resultaría consistente con el desequilibrio fiscal y con la decisión de financiar al Tesoro mediante la emisión de letras intransferibles que degradan el valor de los activos del Banco Central. Hasta fines de agosto, las letras intransferibles que el Tesoro le coloca el Banco Central crecían al 40% interanual. Por otro lado, el Banco Central ha esterilizado la base monetaria mediante la colocación de instrumentos de deuda de corto plazo (Lebacs), lo que reduce su tasa de crecimiento transitoria, pero sin disminuir las fuentes de creación monetaria. Este cóctel de magia monetaria posiciona al Banco Central en una difícil situación en el futuro cercano. Es decir que, de no crecer la demanda de medios de pago, el organismo no podrá pagar los intereses devengados por dichos instrumentos, lo que generaría, en el futuro cercano, fuertes inconsistencias monetarias.

Frente a este panorama, queda claro que el año próximo será mucho más complejo de lo que el Gobierno pretende y que, de no incluir un plan de estabilización y reforma del Estado, difícilmente podamos crecer sostenidamente y salir del círculo vicioso en el que estamos sumergidos.