Déficit fiscal: así como vamos… ¿chocamos?

Infobae. 20 de diciembre de 2017.

Venimos de un esquema perverso, vigente durante varios años, que ha dejado a nuestra economía entre la espada y la pared. Ya en el límite de lo soportable para los contribuyentes, el país sólo tiene dos caminos para afrontar el enorme déficit fiscal, derivado de un gasto público, inequitativo, ineficiente y desbocado.

Uno es el tradicional -llamémoslo así- que se basa en la emisión de dinero. Y el otro es el de la colocación de deuda.

Tan arraigada está la convicción de que el Estado termina quedándose con los activos de la gente, que la posibilidad de tomar deuda interna resulta prácticamente nula o, en todo caso, sólo es posible si se trata de colocaciones de muy de corto plazo. Ahora estamos pagando los platos rotos del populismo que, con vaivenes, desde la década de 1940 viene condicionando el desarrollo del país. ¿Los mayores recuerdan el ahorro postal? Y luego la irrupción del "rodrigazo", del plan Bonex, las expropiaciones derivadas de las hiperinflaciones… Y, además de estos, los más jóvenes deben acordarse muy bien del corralón, de los default y del manotazo sobre las AFJP.

Así, ¿quién se anima a ahorrar en nuestro país? Comparemos con Chile, un país con mayor estabilidad y seriedad institucional. Allí, el ahorro es del 100% del PBI. Acá, apenas del 15 por ciento.

Con este cuadro, no queda otra vía que la de la deuda externa, justamente la estrategia elegida por el Gobierno a fin de permitir el llamado gradualismo. Ayuda a que las cosas se desarrollen con cierta normalidad, el creciente stock de ahorro de China y otros países asiáticos que permite una gran capacidad de préstamos para nuestro país.

Obviamente, ésta es una vía de equilibrio inestable y de enorme dependencia del humor internacional. Y como, a mediano plazo, no se pude vivir con préstamos, sólo queda tomarla como transitoria y, gradualismo mediante, encarar la racionalización del gasto público. Pero la propia inestabilidad de este equilibrio promueve la duda sobre la sustentabilidad, aún de corto plazo, lo que obliga al Gobierno a acentuar el programa de disminución del gasto con los consecuentes costos políticos y violentas manifestaciones que debe sufrir la sociedad.

Además, el camino de la deuda externa genera una oferta de divisas que, si son adquiridos por el Banco Central, la tasa de interés se incrementa; por lo tanto se contrae la actividad. Y si no hace tal cosa, el mercado regula el valor del dólar a la baja lo que acentúa el atraso cambiario. Poco a poco, el peso se aprecia y, consecuentemente, aumenta el déficit comercial. Además de la colocación de deuda pública, nacional y provincial, actúa la demanda de divisas de los importadores y de los residentes que viajan al exterior que para este verano se presenta especialmente aguda.

Resumiendo, como vamos, la financiación del déficit fiscal, mediante deuda externa, tiende a bajar el valor del dólar y, así, se incrementa el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos.

Entonces, el déficit comercial es hijo del déficit fiscal. Ergo: el nudo central está en el gasto público.

El globo puede seguir flotando, pero no lo hará hasta el infinito; ni mucho menos. En algún momento, de seguir así, explotará. En consecuencia, el gradualismo debería ir abriendo el paso a políticas más estrictas en el plano fiscal, tendientes hacia una menor dependencia con la deuda externa, y así corregir buena parte del retraso cambiario. La dureza de tal senda podría ser amortiguada mediante una mejor comunicación con el electorado y con el aumento de las exportaciones en sectores especialmente competitivos, como es el caso del sector granario –también pecuario- y de sus subproductos, y con la vuelta del petróleo al ruedo exportador, para aliviar el problema comercial. Ambos podrían dar resultados con cierta agilidad y alejar el fantasma del choque, con expectativas positivas, siempre y cuando encuentren un propicio ambiente de negocios.