Tercera posición a la mexicana: López Obrador, ni castrochavismo ni neoliberalismo

Infobae. 27 de junio de 2018.

En los últimos meses han circulado análisis o, mejor dicho, deseos, del ala izquierda del círculo rojo argentino acerca de un doblete letal para lo que ellos definen como la restauración conservadora que representarían Donald Trump, Mauricio Macri, Iván Duque, Michel Temer, Sebastián Piñera, etcétera. La carambola sería el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el próximo 1º de julio por un amplio margen y, de manera casi simultánea, la supuesta liberación de Lula y su ascenso como candidato indiscutido para ganar las elecciones previstas a fin de año en Brasil.

Sobre esto último, las fuentes usualmente bien informadas dudan que sea algo inmediato y tienen la cuasi certeza de que, aun si sucediera, no cambiará su inhabilitación para ser el que encabece la boleta electoral del PT. Con respecto a la situación de México, con encuestas que lo colocan con casi el 50% de los votos y con la existencia de una sola vuelta electoral, pocas dudas caben del triunfo de AMLO y una sólida presencia en ambas Cámaras del Congreso.

La primera dificultad para establecer un análisis maniqueo de buenos y malos o izquierda y derecha es que uno de los principales aliados del próximo presidente azteca es un partido fuertemente de derecha y conservador. A lo que se suman los acuerdos electorales que el mismo AMLO ha establecido con sectores evangelistas, los cuales no ven con buenos ojos la prédica atea o las corrientes cristianas que no consideren mayor problema en interactuar con el marxismo. Otro matiz es que AMLO dista de ser un personaje nuevo de la política mexicana. En su juventud fue un activo militante de PRI y funcionario en varios cargos públicos por el ese entonces hegemónico partido. Luego, entre 2000 y 2005, ya militando en el PRD, un desprendimiento por izquierda del PRI, fue alcalde de la ciudad capital del país, con una gestión moderada en lo político y en lo económico.

Recientemente el empresario más importante de México y uno de los pesos pesados del capitalismo internacional, Carlos Slim, no dudó en destacar la conveniencia de un triunfo de este candidato y la posibilidad cierta de que logre combinar el reclamo de cambio que pide un amplio segmento de los mexicanos con políticas que no afecten la estabilidad económica del país.

En un juego de pinzas, sectores conservadores de Estados Unidos, por un lado, y simpatizantes del castrochavismo de nuestra región han subrayado que AMLO estaría en condiciones de ser un nuevo Chávez y que abriría las puertas a China y otros rivales estratégicos de Washington. Esta épica arenga dista bastante de ser real. Comenzando no solo por los largos años en la función pública, sino también por las características del país que le tocará gobernar. Comencemos con el 85% de exportaciones concentradas en el mercado de los Estados Unidos. En el 2017 el total de exportaciones e importaciones entre ambos países fue de 616,6 mil millones de dólares (poco más que el PBI total de Argentina). Con compras por 276,2 mil millones de dólares y ventas por 340,3 mil millones de dólares. Con un saldo favorable a México de 64,1 mil millones de dólares. A ello cabría agregar un sector económico y financiero privado fuerte y pujante, lo cual lo hace difícil de controlar o manipular por lógicas de economía planificada marxista o populista.

Ni que decir de fuerza y dinamismo de la sociedad civil. Otro buen anticuerpo a proyectos mesiánicos autoritarios. Venezuela fue y es un país monoproductor de petróleo y ese recurso está en manos del Estado. En el caso mexicano, los hidrocarburos son solo una parte de una economía dotada de una impactante industria privada, así como también en el sector servicios. Aun en el área petrolera, México exporta medio millón de barriles diarios a Estados Unidos, casi un cuarto de su producción, e importa 200 mil barriles de crudo refinado. Desde hace 4 años el monto total de dólares de productos derivados del petróleo que exporta Estados Unidos a México es mayor que lo que recibe ese país por sus exportaciones de petróleo crudo. Mala noticia para los que se ilusionan con el eventual poder extorsivo del cual estaría dotado un gobierno de AMLO en su relación con Trump.

En conclusión, ¿el próximo mandatario azteca sería más de lo mismo? No necesariamente. Lo más probable es que, luego de algunas recomendaciones retóricas en sus primeros meses de gobierno, y en especial hasta que Trump termine su campaña electoral para sumar diputados y senadores en las elecciones de medio término, en noviembre, AMLO tomará un rumbo más parecido al pragmático y pro mercado Lula de sus dos presidencias que el del irrepetible Chávez. De más está decir que si Trump se sentó a negociar con el estereotipo del dictador amenazante como es el mandatario norcoreano, no habrá mayores dificultades más temprano que tarde para charlar y negociar a fondo con su estratégico vecino del sur. Los rivales de Washington en el mundo y en la región estarán ansiosos de ver un fuerte deterioro de la relación bilateral. Ni que decir de los narcotraficantes y otras organizaciones terroristas y criminales que recibirían como una gran noticia la desarticulación de la cooperación entre México y Estados Unidos.