La inestabilidad del Medio Oriente e Israel como chivo expiatorio

Infobae. 27 de diciembre de 2017.

Se consolidaron los datos que muestran una firme intención del príncipe heredero saudí de potenciar los espacios de consulta con Israel.

Pocas días atrás, el círculo rojo o establishment de lo políticamente correcto a nivel internacional advirtió sobre las catastróficas y violentas consecuencias de la supuestamente apresurada decidió del presidente Donald Trump de reconocer a Jerusalén como la capital del Estado de Israel. El fantasma de masivas olas de violencia en el mundo musulmán enmarcaba estas alertas. A ello se sumaba otro elemento clave del saber convencional o cliché al momento de hablar sobre la realidad y la dinámica geopolítica del Medio Oriente tal como es la idea de que uno de los factores claves, si no el principal, de la tensión en esa zona del mundo es el Estado de Israel, que ha debido hacer frente a sucesivas guerras entre 1948 y 2006.

Repasemos un poco qué es lo que efectivamente sucedió después del anuncio de la Casa Blanca, así como cuánto tiene de fundamento la visión de la presencia de Israel en ese espacio geográfico signado por el islam como madre de todos los problemas. De más está decir que el espiral de violencia y las supuestas virulentas reacciones de los principales países árabes y musulmanes frente al paso dado por la administración Trump distaron mucho de lo previsto por los agoreros. Con particular atención se dirigió la mirada a Arabia Saudita, país que tiene a su cargo la custodia de los dos lugares sagrados más importantes de los creyentes del profeta Mahoma. El tercer emplazamiento se sitúa precisamente en Jerusalén.

Con el correr de las horas y los días, Arabia Saudita estuvo lejos de ponerse al frente de una oposición política y diplomática a lo decidido por los Estados Unidos y tan bienvenido por el Gobierno israelí. En todo caso, se consolidaron los datos que muestran una firme intención del príncipe heredero saudí de potenciar los espacios de consulta con Israel vis-à-vis el enemigo común que representan Irán y sus aliados como Hezbollah en Líbano y Siria, así como las milicias chiitas en Irak y los hutíes en Yemen. A ello se suma la decisión saudí de firmar un megacontrato con Washington para la compra de 120 mil millones de dólares en equipamiento militar. Al mismo tiempo, Arabia Saudita ha venido reforzando más y más su vínculo estratégico con el Gobierno militar de Egipto, que también tiene entre sus prioridades una fluida relación con la presidencia Trump.

Las guerras entre bandos del islam en Siria, Irak y Yemen son un claro ejemplo de que la remanida idea de percibir a Israel como actor disruptor e inestabilizador del Medio Oriente es al menos una gran sobresimplificación. Baste agregar algunos otros ejemplos como son la aguda tensión diplomática entre Arabia Saudita y Qatar, y entre Turquía y Siria hasta hace muy poco tiempo. La aparición del ISIS en 2014 y su avance relámpago sobre amplios espacios de Irak y Siria tuvieron como uno de sus principales objetivos reposicionar a sangre y fuego el poder de los sectores más fundamentalistas de los sunitas frente al creciente poder de los chiitas liderados por Irán.

La innecesaria y geopolíticamente torpe invasión y la desarticulación de la laica y sunita Irak en el 2003 no hicieron más que darle amplio margen de maniobra a Teherán, así como alienar y radicalizar a gran número de militares y civiles iraquíes que se sintieron avasallados por el poder logrado por los iraníes y sus aliados en su territorio nacional. El ISIS se nutrió de esta furia, que solo luego de poco más de tres años y de haber perdido en torno a 40 mil combatientes bajo los masivos ataques de Estados Unidos y Rusia, entra en su fase final de colapso como inviable intento de territorializar y darle un código postal a la versión más radical del mundo sunita.

El ISIS, a diferencia de la también sunita Al Qaeda, que tenía algún diálogo táctico con Irán pos 11/9/2001, como lo refleja el hecho de que parte de la familia de Bin Laden, así como varios mandos de la red terrorista se hayan refugiado en Irán, tenía a los persas como el objetivo clave de su combate. Ello derivó en el envío masivo a combatientes pro iraníes de la libanesa Hezbollah, así como guardianes de la revolución y la fuerza Quds, que forman parte de la élite de las fuerzas militares de Teherán a territorio sirio e iraquí para, primero, limitar el avance del Estado Islámico o ISIS y luego, más recientemente, avanzar en su desarticulación.

Todo lo previamente mencionado se enmarca en un cambio geopolítico más amplio. Uno de sus efectos, tal como mencionábamos, es ver a los sauditas con un intenso diálogo con Israel, así como la determinación del príncipe heredero de reducir fuertemente el poder y la influencia de los sectores más conservadores y fundamentalistas del clero saudita que, desde el 2001, son vistos por amplios sectores de los Estados Unidos como un caldo de cultivo que desde los años 80 y 90 fueron ayudando a dar forma a Al Qaeda y su salto al primer plano internacional cuando una docena sus miembros de nacionalidad saudita estrellaron aviones en diversos puntos claves de Estados Unidos.

Tal como analizamos en nuestra anterior columna, la recientemente publicada estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos asume con bastante claridad las mutaciones geopolíticas antes mencionadas. No casualmente le dedica un espacio sustancial y sumamente crítico a Irán, así como a la imprudente y voluntarista estrategia de George W. Bush pos 11 de septiembre que solo terminó potenciando a Irán luego de la destrucción de Irak, en el 2003. También dejó que Corea del Norte avanzara en su programa de cabezas nucleares y misiles de mediano y largo alcance, mientras Washington usaba inmensos montos de recursos militares, diplomáticos, económicos y humanos en las guerras civiles en Irak y Afganistán.

Los arquitectos intelectuales y políticos de la receta neoconservadora y muy poco realista implementada por la administración Bush fue lo hicieron bajo el lema de reformar a capa y espada Medio Oriente para hacerlo más estable y seguro para Israel como aliado clave de Estados Unidos. El resultado fue exactamente el opuesto, con un Irán con amplia presencia militar y religiosa en Irak, Siria y Líbano. Una medialuna geopolítica que envuelve al territorio hebreo. Los dos mandatos de Barack Obama distaron muchos de revertir ese cuadro tan crítico. Le toca a Trump ahora, y en especial al dream team que ha colocado al mando de los temas militares, de inteligencia y de seguridad nacional, moderar los efectos de todos estos años.

Por esas paradojas de la política y de la naturaleza humana, no pasa día sin que surjan críticas a lo que viene realizando el actual huésped de la Casa Blanca por parte de ex funcionarios de las dos administraciones antes mencionadas. Como decía el gran a Oscar Ringo Bonavena:"La experiencia es un peine que te lo dan cuando te quedás pelado". "Cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo". Me da la sensación de que Ringo y Trump hubiesen tenido una buena química entre ambos.