El país, rumbo a la apertura

La Nación. 12 de abril de 2016.

El dilema más importante que enfrentan los gobiernos en el mundo actual es el de qué hacer frente a la globalización: abrirse o cerrarse. Como señala la ex presidente de la International Studies Association, Etel Solingen (nacida en la Argentina y profesora en la Universidad de California en Irvine), la orientación internacional de los gobiernos influye críticamente en el patrón general de desarrollo de las naciones. En el mediano y largo plazo, los gobiernos de orientación abierta suelen generar prosperidad, paz y democracia, mientras que los de orientación cerrada producen todo lo contrario. Solingen señala las diferencias entre muchos países de Asia del Este como un ejemplo reciente del éxito de la primera trayectoria, y otros del Medio Oriente como evidencia de los peligros de la segunda. El contraste entre las dos Coreas es también ilustrativo.

La Argentina acaba de experimentar una alternancia política entre un gobierno de una orientación relativamente cerrada al mundo a otro con una visión más abierta. Los nuevos gobernantes y muchos ciudadanos comunes esperan que el cambio genere los beneficios del enfoque abierto identificados por Solingen (y por muchos otros). Es probable que esto ocurra. Pero como siempre en política, mucho depende de los detalles y del contexto global.

Ya hay algunos indicadores tanto en los discursos como en los hechos sobre la naturaleza, la intensidad y la secuencia de las nuevas políticas de apertura. La retórica ha sido muy clara. En enero mientras participaba en el Foro Económico Mundial de Davos el presidente Macri anunció al mundo que “nuestro país decidió tomar su lugar en el panorama mundial”. Después mencionó que su gobierno espera generar inversiones extranjeras importantes en infraestructura.

El discurso del Gobierno cultiva cuidadosamente un mensaje universal, lejos de visiones anteriores que asociaban la apertura a una vinculación privilegiada con Estados Unidos. Las visitas de los mandatarios de Francia, Italia y Estados Unidos, las tratativas con China, y las viajes de Macri al Vaticano y Davos fortalecen la idea de un enfoque multipolar.

Más allá de lo discursivo, en los hechos algunas prioridades también han sido muy claras. El cepo cambiario se eliminó una semana después del comienzo del nuevo Gobierno. Se levantaron muchas restricciones al capital y al comercio internacional, entre ellas las retenciones a las exportaciones. No menos importante, concretó un acuerdo con los holdouts con la aprobación del Congreso, que de implementase abriría los mercados crediticios globales al país.

En las decisiones claramente políticas ha habido más cautela que en las económicas. Los contextos globales y regionales están generando incertidumbre. La economía china se está enfriando y la mundial no repunta. Las peculiares elecciones presidenciales en Estados Unidos resultan un enigma difícil de descifrar. Brasil pasa por una crisis política y económica de enormes dimensiones. Sin socios estables y predecibles será especialmente complejo tomar decisiones sobre la proyección regional y mundial del país.

Para resumir, la implementación de las políticas de apertura será muy importante para el futuro del país, pero siempre opera en la sombra de factores globales que sus líderes no controlan. Ejecutar una política exterior profesional, vigilante de los cambios de la coyuntura global, y adaptable a circunstancias novedosas será central para el desarrollo del país.