Las lecciones del pasado

La Nación. 16 de noviembre de 2016.

A la economía argentina le está costando despertarse del letargo que le impuso una década de populismo. El gobierno, sin mayoría en el Congreso y al frente de una coalición frágil, considera que no tiene suficiente apoyo político para encarar las reformas estructurales que permitirían despertarla de golpe. Por lo tanto, por ahora, intenta despabilarla con suaves palmadas con la esperanza de que eso le alcance para obtener un triunfo en las próximas elecciones.

En su regreso a Ítaca, Ulises debía atravesar un estrecho canal flanqueado por dos monstruos terribles, Escila y Caribdis. Evitar uno podía significar caer en las garras del otro. En una situación parecida se encuentra el Gobierno. Una reducción del gasto público podría costarle un triunfo electoral, pero no hacerlo podría llevar a la economía a una nueva crisis. Cualquiera de estos escenarios pondría un fin prematuro a esta nueva oportunidad para salir de la farsa a la que Perón condenó a la Argentina hace 70 años. Esta farsa consiste en creer que podemos ignorar la restricción presupuestaria que enfrenta cualquier sociedad. Para el populismo todo es posible (y fácil). Parte del problema, es nuestra incapacidad colectiva de transformar la experiencia en aprendizaje. Debemos aprender de los errores del pasado.

En lo económico, la situación que heredó el Gobierno es similar a la que enfrentó la dictadura militar en 1976: recesión, alta inflación, elevado gasto público y déficit fiscal, ineficiencia económica, desajuste de precios relativos, aislamiento comercial y baja productividad. El régimen optó por mantener el sistema estatista e intervencionista heredado del peronismo. Aunque Martínez de Hoz liberó el sector financiero y abrió la economía, no redujo el gasto público ni privatizó empresas públicas. El gasto aumentó casi 10 puntos porcentuales en relación al PBI. Para financiar este aumento, se recurrió a la banca internacional, que en ese entonces reciclaba montañas de petrodólares a tasas de interés reales negativas. La llegada de Volcker a la Fed a mediados de 1979 preanunció el fin de la fiesta. La crisis no tardó en llegar y contribuyó a la caída del régimen.

El economista cubano Armando Ribas advirtió correctamente cuáles serían las consecuencias: la sobrevaluación del peso, la destrucción del sector privado y una crisis externa. Sus advertencias son relevantes hoy. "Una política monetaria restrictiva mientras el gasto público crece tiene un efecto perverso, ya que contribuye a reducir al sector privado," explicaba meses antes de la crisis. Y si además, el déficit fiscal era financiado con endeudamiento externo, esto llevaría a la sobrevaluación del peso y la suba de la tasa de interés real. Es decir, a la contracción del sector privado eficiente a costa del sector público ineficiente. Hoy estamos ante una encrucijada parecida. Los niveles de gasto público y déficit fiscal son inviables. Es cierto que el mundo ayuda. Los mercados financieros internacionales están más receptivos y le han dado un voto de confianza al Gobierno. Pero esta bonanza es un arma de doble filo. Enfrentamos el mismo dilema que un alcohólico que quiere liberarse de su adicción justo cuando el whisky está regalado.

No nos engañemos. Hoy pagamos casi tres veces la prima de riesgo que paga Perú, más que en noviembre de 2015. Además, la FED ya anunció una suba de tasas. Si los mercados perciben que la reforma del sistema económico heredado del populismo es políticamente inviable, exigirán primas de riesgo crecientes y será difícil evitar otra crisis externa. Sin embargo, como demostró Ulises, es posible evitar a Escila y Caribdis. Requiere no sólo mucha cintura política, sino también una clara determinación de reducir el gasto público y la presión impositiva y encarar reformas estructurales.