El mundo y Argentina

La voz del interior. 25 de octubre de 2016.

En los Juegos Olímpicos de 2016 participaron atletas de 206 países. De muchas de esas naciones, no conocemos su capital ni su ubicación en el mapa. Tal vez ellos tampoco nos conozcan. Son 205 potenciales clientes o proveedores para nuestros productos. Sobre todo, son 205 potenciales competidores.

Ahora que Argentina intenta abrirse al mundo, observamos que el mundo cambió. Ya no tenemos el superciclo de commodities de principios del siglo 21. Los países más grandes tienen un crecimiento muy moderado, y hay capacidad ociosa en muchos.

Por todo ello hay pocos incentivos para invertir. Asimismo, hay muchos países que quieren atraer inversiones. Competiremos contra otros con productos por los que se paga poco. No será fácil. En lugar de viento de cola, hay una brisa de frente.

No obstante, la Argentina cuenta con una inmensa ventaja: los recursos para invertir los tienen los propios argentinos, tal vez los más críticos respecto de las posibilidades de hacer buenos negocios aquí. Las tasas de interés bajas a nivel internacional hacen que una módica rentabilidad resulte interesante.

El tema es que haya un mercado para lo que se pueda producir. Y, por suerte, mercado hay: ¡podemos producir alimentos y energía! Dicho sea de paso, ya se eliminaron las prohibiciones para vender al exterior y prohibir vender es como prohibir trabajar. ¿Acaso no queremos fomentar el empleo?

Mercado hay, pero algo diferente es que haya precios atractivos. O, al menos, precios que cubran nuestros inflados costos. Debemos ver entonces qué producir. Llama la atención que Argentina tiene recursos de todo tipo: alimentarios, mineros, energía, servicios, y sigue la lista. El tema es poder desarrollarlos pensando en quiénes van a poder comprar en todo el mundo y no solamente a la vuelta de la esquina.

La obsesión argentina por producir para el mercado doméstico es un error manifiesto en el que llevamos décadas. No hay innovación. Nos obliga a producir productos en los que somos menos ineficientes y producimos menos de aquello en lo que somos más eficientes. Así es difícil crecer y, cuanto más cerrada la economía, más dificultoso es.

Actuar sólo en el mercado doméstico condena a tener un número reducido de clientes, poca variedad de productos y costos elevados por no afrontar una gran producción. Los consumidores tienen pocas opciones y hay cotos de caza por doquier. Quizás en esos cotos de caza esté la explicación de por qué se fomentan estas políticas.

El argumento de pérdida de puestos de trabajo “actuales” olvida que nunca se crearán otros empleos, ni habrá innovación ni podremos modificar nuestra medieval estructura económica.

Seamos claros: el mundo vivió 10 años sin Argentina, no nos necesita. Otros países crecieron y desarrollaron sus redes comerciales y sustituyeron gran parte de nuestros productos.

Somos nosotros quienes tendremos que hacer un esfuerzo extraordinario para poder crecer. Debemos insertarnos en el mundo no sólo con nuestros productos sino también con nuestras políticas. Debemos convertirnos en un país tolerante, abierto, que fomenta la paz. Lástima que la gente no lo percibe en su bolsillo inmediatamente y estas políticas no se valoran.

Aun así, creo que hay que estar del lado de los que ayudan y no de los que se quejan o amenazan. Abrir los brazos a ideas plurales, a la innovación y a la inversión propia o extranjera será un gran avance para Argentina.

* Economista, Universidad del Cema

EDICIÓN IMPRESA
El texto original de este artículo fue publicado el 25/10/2016 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.