Cambio de ministros: ¿Cambio de objetivos?

El punto de equilibrio. 27 de diciembre de 2016.

Recuerdo que al famoso ministro de economía chileno Hernán Buchi le decían "banana" porque repetía constantemente "plata no". Viene a cuento de la designación de dos ministros en lugar de uno. Nos gustaba el viejo y nos gustan los nuevos. Pero no hay que confundir la personalidad y conocimientos de los ministros (nuevos y viejos), con los objetivos que se plantean y las posibilidades de alcanzarlo.

Queramos o no, reducir el déficit es el único objetivo que le queda hoy a cualquier ministro de hacienda que quiera ser exitoso. Soy categórica: ya no es cuestión de ver cómo financiar el déficit, sino cómo reducir el déficit.

A fin de 2015 se evitó una catástrofe, y airosamente el ministro Prat Gay logró financiar un déficit descomunal. ¿Se podrá seguir avanzando en normalizar la economía? Hasta que no haya en toda la sociedad una cabal comprensión de la imposibilidad de mantener un déficit eterno, no tendremos ningún respiro.

Por otra parte, ¿tenemos déficit para lograr qué? ¿Para tener estos pésimos servicios y para competir en forma desleal con el sector privado? ¿Para tener impuestos exorbitantes que desincentivan el trabajo y la innovación? ¿Para tener alícuotas que impiden progresar? Muchos países ni siquiera en época de guerra han tenido un tamaño del Estado tan fenomenal como el que tiene Argentina en este momento.

Lo importante -sea quienes fueren las respetables figuras que lideran en el poder ejecutivo- es que haya coherencia en las medidas que se toman. Queda claro que no se puede vivir eternamente con déficit, pero no es nada claro cuáles son los gastos que pueden reducirse más rápidamente. Nadie quiere ser el que da las malas noticias. Nadie quiere ser el que da un paso al costado. Por suerte podemos reducir el déficit externo, reduciendo importaciones de energía. Claro, llevará tiempo, pero al menos los gastos serán en el país.

Los nuevos ministros, al igual que los viejos ministros, saben que la situación es insostenible. Todos quieren minimizar el costo de reducirlo pero no se debe demorar lo inexorable. Roguemos que la desaparición del déficit sea por las buenas: ¡creciendo! Si no es con crecimiento, ocurrirá de todas maneras, pero será mucho más antipático. No se puede gastar lo que no se tiene.