El olvidado objetivo del Barón de Hirsch: educar a los judíos en Rusia, no su inmigración a la Argentina

Por Edgardo E. Zablotsky, Vicerrector de la UCEMA.

En 1891 el Barón de Hirsch fundó la Jewish Colonization Association (J.C.A.), a través de la cual habría de conducir la inmigración de miles de personas desde el Imperio Ruso hacia nuestro país y su establecimiento en colonias agrícolas. Dichos inmigrantes habrían de tener el derecho de acceder a la propiedad de la tierra, pero no en forma gratuita sino luego de haberla abonado, al igual que los gastos del viaje y la totalidad de los préstamos recibidos. Un claro ejemplo de filantropía no asistencialista.

Esta nota sostendrá la hipótesis que la misma creación de la J.C.A. fue una consecuencia directa de un frustrado proyecto educativo de Hirsch, el cual tenía por objetivo mejorar la calidad de vida de los judíos en el Imperio Ruso. De haber tenido éxito nunca hubiese creado la J.C.A. ni llevado a cabo el proyecto inmigratorio a nuestro país. Veamos los hechos.

La visión de Hirsch sobre la filantropía es señalada por las más diversas fuentes. Por ejemplo, al día siguiente de su fallecimiento el Neues Wiener Tageblatt, matutino de Viena, publicó la siguiente necrológica: “Su dedicación a la filantropía fue aún más importante por su objetivo que por la magnitud de sus donaciones: la rehabilitación económica de los beneficiados”.

¿Cómo propone lograrlo? Hirsch sugiere sistemáticamente que la educación y el entrenamiento profesional son la única forma de romper el círculo vicioso de la pobreza. Por ejemplo, en 1873 Hirsch donó a la Alliance Israelite Universelle (A.I.U.) 1 millón de francos2 a los fines de aliviar la situación de los judíos en Turquía, mediante el establecimiento en Constantinopla de escuelas primarias y de escuelas técnicas. Al realizarla señaló en una carta dirigida al Directorio de la A.I.U.: “Durante mis repetidas y extensas visitas a Turquía me he sentido dolorosamente impresionado por la miseria y la ignorancia en las cuales habitan las masas judías en dicho Imperio. El progreso los ha dejado a un lado, la pobreza se origina en la falta de educación, y solamente la educación y el entrenamiento de las nuevas generaciones podrán remediar esta desafortunada situación”.

En realidad este fue tan sólo el comienzo de su colaboración con la A.I.U., posteriormente habría de realizar numerosas contribuciones. Su ideal de rehabilitación económica se ve reflejado en el hecho que dichas donaciones no fueron realizadas con un fin general, sino para ser dedicadas explícitamente a educación.

Dedicaremos el resto de esta breve nota a ilustrar cómo la creación de la J.C.A., con el fin de conducir la inmigración organizada de miles de judíos rusos hacia la Argentina y su establecimiento en colonias agrícolas, fue en realidad un hecho fortuito producto del fracaso del proyecto educativo que intentó llevar a cabo Hirsch en el Imperio Ruso, como lo había hecho anteriormente en otros países de residencia.

En 1888 el Zar intensificó las restricciones impuestas a los judíos, lo cual condujo a las autoridades provinciales a reducir aún más el territorio abierto a su asentamiento al redefinir a pequeñas villas y poblados como zonas rurales y, por ende, prohibidas para los judíos.

El confinamiento en el sobrepoblado Pale of Settlement (Zona de Residencia), la imposibilidad de adquirir tierras y realizar tareas agropecuarias, así como de acceder a la educación, sumado al fuerte crecimiento demográfico, deterioró considerablemente el nivel de vida, al incrementar la competencia entre los pequeños comerciantes y reducir sus ya minúsculos ingresos en virtud de la urbanización del Imperio Ruso durante la segunda mitad del siglo XIX. Dicha urbanización había creado una enorme demanda de bienes de consumo, desplazando el trabajo individual de los artesanos por la producción industrial, desarrollando redes ferroviarias que afectaron a muchos negociantes pueblerinos y prácticamente eliminó la función, típicamente judía, del carretero. El comercio en gran escala, alentado por la industrialización, pasó de largo al pequeño comerciante local, judío por lo general, en virtud de las restricciones impuestas al ejercicio de cualquier otra actividad.

Bajo este contexto, el Barón de Hirsch intentó mejorar las condiciones de vida en el Pale of Settlement, como ya lo había hecho en el Cercano Este y en el Imperio Austro-Húngaro. Con dicho fin propuso al gobierno del Zar crear un fondo dotado de 50 millones de francos con el objeto de fundar, y operar, escuelas técnicas y agrícolas en el Pale. Luego de una prolongada negociación con el gobierno del Zar, su iniciativa fue rechazada a no ser que el fondo fuese administrado por el mismo gobierno, condición por completo inaceptable para Hirsch, quien a partir de ese entonces consideró que la única alternativa viable consistía en la emigración organizada y el reasentamiento en otros países.

Pero, ¿por qué en la Argentina? El 14 de agosto de 1889 arribó a Buenos Aires el vapor Weser, el cual traía entre sus 1.200 pasajeros 820 judíos rusos, número equivalente a la mitad de la población judía de la Argentina.

Apenas desembarcados se enteraron que las tierras que habían adquirido no estaban disponibles, dado que en el transcurso del largo viaje el precio de la tierra había subido a más del doble. El rabino de la pequeña comunidad israelita de Buenos Aires, Henry Joseph, los contactó entonces con Pedro Palacios, poseedor de extensas tierras en la Provincia de Santa Fe, quien se ofreció a colonizarlos en tierras de su propiedad. La propuesta fue aceptada. A fines de agosto se firmaron los respectivos boletos de compra-venta y a los pocos días viajaron al lugar.

La primera impresión que recogieron fue desoladora, las familias fueron alojadas en vagones de carga estacionados al borde de la línea férrea en un galpón. Inútilmente los inmigrantes esperaron que se les trasladara a sus campos y que se les entregara animales y elementos de trabajo, como había sido el compromiso en el boleto de compra-venta.
Esta situación de miseria llegó al conocimiento de las autoridades nacionales, quienes dieron orden al Comisario General de Inmigración para que averigüe las causas que habían producido la difícil situación de los inmigrantes. Surge aquí la figura de Wilhelm Loewenthal, médico rumano egresado de la Universidad de Berlín, quien había sido contratado en París por el gobierno argentino para una misión científica. Previo a su viaje la A.I.U. le había solicitado que se ocupara de los inmigrantes del Weser.

De regreso a París, Loewenthal expuso por escrito al Gran Rabino Zadoc-Kahn un proyecto de colonización agrícola de familias judías en la Argentina, el cual habría de beneficiar en primer término a los colonos de Palacios.

El proyecto sugiere la constitución de una Sociedad Colonizadora y detalla la superficie a asignar por grupo familiar, cantidad de implementos, forma de capitalización, reintegros, etc. Propone que se entregue a cada familia una chacra de 50 a 100 hectáreas e indica que con 1 millón de francos sería factible colonizar anualmente a no menos de 100 familias, integradas por unas mil personas.

Loewenthal considera que lo ideal sería disponer de 50 millones de francos para poder colonizar en el corto plazo a 5 mil familias y no ignora que dos años atrás el Barón de Hirsch había intentado invertir precisamente esa cifra en la creación de escuelas técnicas y agrícolas en el Pale of Settlement; por ello piensa en él para financiarlo. Hirsch tomó conocimiento del proyecto por intermedio de la A.I.U. y en enero de 1890 dio su aprobación, emprendiendo una vasta empresa destinada a fundar grandes colonias en la Argentina y creando con dicho fin la J.C.A.

El círculo queda cerrado: el fracaso del proyecto educativo de Hirsch en el Imperio Ruso, el fraude sufrido por los viajeros del Weser y la intervención de Loewenthal, generaron las condiciones que motivaron a Hirsch a fundar la J.C.A. con el fin de llevar a cabo el proyecto inmigratorio hacia nuestro país.

Este hecho es de central importancia para valorizar la visión del Barón de Hirsch sobre la educación, como un instrumento para llevar a cabo su accionar filantrópico. Es claro que la colonización agraria judía en la Argentina nace de la imposibilidad de ofrecer una mejor calidad de vida a los judíos en el Imperio Ruso mediante la educación y el entrenamiento profesional.

Por ello no es atrevido concluir que, de haber sido aceptado por el gobierno del Zar el proyecto educativo de Hirsch, la inmigración a nuestro país nunca se hubiese llevado a cabo y la foto descripta por Elkan Adler en 1905 jamás hubiese existido: “cualquiera sea la opinión sobre el valor o éxito en sí mismo de las colonias de la J.C.A., no existe duda alguna que es casi exclusivamente su responsabilidad que exista una comunidad judía en la Argentina compuesta por 30 mil integrantes, un tercio de la cual reside en la Capital”.