Ayer, hoy y mañana para la economía argentina

Por el Dr. Alejandro Rodríguez, Director del Departamento de Economía de la UCEMA.

¿De dónde venimos?

Los últimos cinco años en Argentina han sido desastrosos en materia de política económica. El diagnóstico hecho por el gobierno de Cristina Kirchner fue equivocado y las medidas adoptadas perjudiciales. Perdimos los superávits gemelos que se obtuvieron gracias a la devaluación de 2002. Recuperamos los viejos vicios: financiar el déficit fiscal con emisión, atrasar el tipo de cambio real e imponer controles de capitales para que la fuga sea un goteo en lugar de un pluvial roto. Sin embargo, todos sabemos que por más pequeña que sea la filtración el agua no se detiene. Por ello, tarde o temprano aparecen las manchas de humedad y por más que pintemos una y otra vez estas volverán a aparecer hasta que cambiemos la cañería defectuosa.

¿Dónde estamos parados?

Lo triste es que realmente no lo sabemos con exactitud (la destrucción de la información del sector público es parte de la hipoteca recibida) pero hay un par de hechos que son indiscutibles. El primero y principal es que hay un nuevo gobierno que está dispuesto a cambiar el rumbo. Eso es esencial, ya que como dijo Albert Einstein “locura es hacer una y otra vez la misma cosa esperando resultados diferentes”. El segundo hecho que nos abre una ventana a un futuro mejor es que el Gobierno tiene un diagnostico más o menos acertado de los problemas económicos que deberá enfrentar. Entre ellos destaco: el déficit fiscal provocado por el crecimiento desmedido del gasto y no por la baja recaudación, un exceso de empleo público que funcionó como un seguro de desempleo encubierto, la inflación producto de la emisión monetaria para financiar el déficit anterior, las distorsiones de precios relativos originadas en los subsidios y controles de precios, y una economía que se encuentra estancada desde 2011 en un contexto regional y mundial desfavorable.

¿Dónde vamos?

Si bien el Gobierno reconoce que el déficit es insostenible, parece no estar dispuesto a atacar el problema directamente y busca diluirlo con la tan prometida lluvia de dólares que regará el suelo argentino con inversiones reproductivas en lugar de licuarlo con inflación o con un ajuste fiscal ortodoxo. El plan A o gradualista apuesta que en el mediano plazo la brecha entre gastos e ingresos del Estado se cierre con el incremento en la recaudación, producto del fuerte crecimiento que se espera lograr gracias a las inversiones, manteniendo más o menos constante los egresos. En el interín, el desequilibrio fiscal se financiará con deuda externa.
En materia de control de la inflación se eligió un camino más directo. Se levantó el cepo al dólar, en gran medida se eliminaron los controles de capitales, se contrajo el stock de base monetaria y se subieron fuertemente las tasas de interés con la promesa de alcanzar una tasa de inflación de un dígito en 2019. Desafortunadamente la lucha contra la inflación no es fácil. Los aumentos en tarifas empujan para arriba los índices de precios y nublan las expectativas de los agentes. Las altas tasas de interés que paga el Banco Central de la República Argentina, por las mismas letras que utiliza para contraer la cantidad de dinero, hipotecan la posibilidad de bajas metas de emisión futura ya que, eventualmente, habrá que devolver los pesos que se retiran hoy del mercado más los intereses. En el corto plazo se puede reducir la inflación a costa de una caída en el nivel de actividad pero, a la larga, el éxito del plan antiinflacionario también depende de las inversiones reproductivas que esperemos acompañen a la lluvia de dólares.

¿Llegaremos?

Como mencioné anteriormente el éxito económico del Gobierno se depende en gran medida del acceso al financiamiento externo, para balancear los desequilibrios fiscales de corto y mediano plazo, y solventar las inversiones reproductivas. En consecuencia, es fundamental ponerle un cierre definitivo al conflicto de la deuda externa y posteriormente normalizar nuestra relación con el Fondo Monetario Internacional, cumpliendo el artículo IV. Sin embargo, regularizar nuestra situación financiera frente al mundo no es suficiente. Además tenemos que volvernos un país “normal” y para ello necesitamos reformas estructurales e instituciones que garanticen que dichas reformas se mantendrán a lo largo del tiempo. Si no lo concretamos, el capital que logremos acumular hasta el 2020 será el combustible que alimentará al próximo ciclo populista.

Oportunidades para las empresas

Por la Mg. Diana Mondino, profesora full time de la UCEMA y Directora de Relaciones Institucionales.

Todo país trata de tener la mejor calidad de vida posible para sus habitantes. En Argentina discutimos eternamente cómo mejorar la distribución de la riqueza, como si fuera un juego de suma cero, es decir, que lo que reciben unos es a expensas de otros. Nos olvidamos que la mejor, por no decir la única, forma de que todos mejoremos es con crecimiento, y que la más simple receta es con un sector empresario pujante, dispuesto a arriesgar e invertir. Ellos son los que pueden generar empleo, innovar y brindar más y mejores servicios a la gente ¿Qué hacer entonces para facilitar el crecimiento de las empresas?

Veamos primero lo que no hay que hacer. Las empresas deben poder participar en condiciones de igualdad dentro de cada sector, no puede haber permisos otorgados discrecionalmente, ni beneficios fiscales. De lo contrario, los que triunfan en el sector no son los mejores sino aquellos con mejores conexiones políticas, o que pudieron aprovechar una reglamentación.

Tampoco deben haber normas que impidan el crecimiento, tales como las favorables hasta cierto número de empleados, o de límite de ventas. Una cosa es ayudar al pequeño a que crezca y otra es quitarle esos beneficios una vez que creció.
Las regulaciones respecto del personal deben estar apuntadas a normas de seguridad e higiene, a evitar discriminación, a inducir al progreso. Cuesta creer que haya tantas normas que impiden ingreso de tecnología o innovaciones, o que los salarios se pacten genéricamente por industria y no por lo que cada empresa en sí misma puede lograr.

Tampoco puede haber una carga impositiva mayor sobre inversiones que sobre gastos. Si se desea estimular la inversión, la misma debiera estar desgravada o, al menos, no tener cargas adicionales. Mantener impuestos a los activos, créditos fiscales imposibles de cobrar, piramidación de impuestos o, inclusive, impuestos sobre costos, no tiene sentido. Las retenciones de impuestos deben poder ser utilizadas en el mismo ejercicio. Podría seguir con una larga lista. Es cierto que el Estado tiene un gran déficit, pero asfixiar a los que pueden pagar los impuestos es extremadamente miope. Y las pruebas son evidentes: Argentina ha crecido en los últimos años a un ritmo menor al que creció su población. Es decir, el PBI per cápita es ahora menor que hace 15 años1.

La inflación es tan claramente un problema para todos que no vale la pena extenderse: impide ahorrar y genera fuertes traslaciones de riqueza, pero el peor de todos los males es que hace que el futuro no valga nada: el dinero hoy es mucho mejor que el dinero mañana.

A pesar de estas dificultades, el sector privado siempre ha logrado encontrar mecanismos para crecer, aunque a veces sea eludiendo regulaciones o accionando en una economía negra. Lo anterior empalidece frente a la mayor dificultad que tienen las empresas: mantener el capital de trabajo. Son los fondos mínimamente necesarios para comprar mercadería a un proveedor hasta que pueda venderse, o pagar salarios y alquileres. Este capital de trabajo se va logrando de a centavitos con cada transacción y desaparece de a miles con una mala transacción. Si se pudiera facilitar el capital de trabajo a las empresas sería muchísimo más fácil crecer y, sobretodo, más fácil iniciar una operación. Un joven con una idea brillante se enfrenta a la imposibilidad de empezar si no tiene el capital necesario.

Llegamos entonces a un segundo grupo de problemas, aunque se solucionaran las asimetrías y carga impositiva, y redujera el déficit fiscal y la inflación, y nos acercáramos al Nirvana marcoeconómico. Y este problema es la carga que el sector público representa. Si –exagerando un poco- reconocemos que el gasto público es casi del 50% del PBI, y que fundamentalmente brinda servicios de baja calidad, nos encontramos con que el restante 50% debe sustentar a la totalidad de la economía. Dicho de otro modo, quienes están en el sector privado y producen deben generar suficientes recursos para sí mismos y sus familias, más otro tanto para el Estado, que redistribuye a través de diversas prestaciones (educación, justicia, jubilaciones, etc.). Sin lugar a dudas, la calidad de las prestaciones incide muchísimo en el problema que tenemos. Todos sabemos que deben mejorar y mucho pero no asumimos que si los que producen están atendiendo a sus propias necesidades más las del Estado (en sentido amplio), poco resto queda para inversión y poder crecer. Ergo, quedaríamos siempre en el mismo nivel actual.

Agreguemos que la actividad privada tiene riesgos. Agreguemos que el Estado compite en muchas actividades (recitales musicales, fábricas varias, compras masivas, etc.). Agreguemos que el Estado en la actividad productiva es, por definición, lento (debe hacer licitaciones, procesos de contratación por antecedentes y oposición, etc.). Sumemos que el Estado es el principal deudor de la economía y, por lo tanto, absorbe los fondos del sector financiero. Adicionemos que el Estado fija un mínimo de tasa de interés para todo el resto. Es evidente que el propio tamaño del Estado es un obstáculo para el crecimiento.

Espero que la Argentina de 2020 logre reducir el déficit público a través de una racionalización del gasto, evitando despilfarros o corrupción. Las propias actividades del Estado deben ser brindar servicios que, por su naturaleza, tengan economías externas (aquellas donde es difícil identificar quiénes se benefician, o que nos beneficiemos todos). Y, aunque tenga menos glamour para los ministros, debe transitar el camino de regulaciones prudentes que nivelen la cancha para todos los actores sociales. No debe competir y anular al sector privado. Por el contrario, debe darle alas para crecer.

1) Cfr. PIB per cápita (US$ a precios actuales), Banco Mundial. Extraído de http://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.PCAP.CD