¿Argentina con visión internacional?

Por la Dra. Sybil Rhodes, Secretaria Académica del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, y Directora de la Maestría en Estudios Internacionales de la UCEMA.

El dilema más importante que enfrentan los gobiernos en el mundo actual es el de qué hacer frente a la globalización: abrirse o cerrarse. Como señala la ex-presidente de la International Studies Association, Etel Solingen (nacida en la Argentina y profesora en la Universidad de California en Irvine), la orientación internacional de los gobiernos influye críticamente en el patrón general de desarrollo de las naciones. En el mediano y largo plazo, los gobiernos de orientación abierta suelen generar prosperidad, paz y democracia, mientras que los de orientación cerrada producen todo lo contrario. Solingen señala a muchos países de Asia del Este como un ejemplo reciente del éxito de la primera trayectoria y a otros del Medio Oriente como evidencia de los peligros de la segunda. El contraste entre las dos Coreas es también ilustrativo.

La Argentina acaba de experimentar una alternancia política entre un gobierno de una orientación relativamente cerrada al mundo a otro con una visión más abierta. Los nuevos gobernantes y muchos ciudadanos comunes esperan que el cambio genere los beneficios del enfoque abierto identificados por Solingen y otros autores. Es probable que esto ocurra. Pero, como siempre en política, mucho depende de los detalles y del contexto global.

Ya hay algunos indicadores, tanto en los discursos como en los hechos, sobre la naturaleza, la intensidad y la secuencia de las nuevas políticas de apertura. La retórica ha sido muy clara. En enero, mientras participaba en el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente Macri anunció al mundo que “nuestro país ha decidido tomar su lugar en el escenario global”. Después mencionó que su gobierno espera generar inversiones extranjeras importantes en infraestructura.

El discurso del nuevo gobierno cultiva cuidadosamente un mensaje universal, lejos de visiones anteriores que asociaban la apertura a una vinculación privilegiada con los Estados Unidos. Las rápidas visitas del presidente Hollande de Francia y el primer ministro Renzi de Italia, las tratativas con China, y los viajes de Macri al Vaticano y Davos, fortalecen la idea de un enfoque multipolar. Refiriéndose al viaje del presidente estadounidense al país, la canciller Malcorra dijo que “la visita de Barack Obama es otra prueba fehaciente de lo que estamos diciendo: la Argentina está reinsertándose en el mundo, manteniendo y abriendo vínculos con todos nuestros interlocutores y los potenciales socios”.

Más allá de lo discursivo, en los hechos algunas prioridades también han sido muy claras. El cepo cambiario se eliminó a la semana de asumir el nuevo gobierno. Se han levantado muchas restricciones al capital y al comercio internacional, entre ellas las retenciones a las exportaciones. No menos importante, se concretó un acuerdo con los fondos holdouts, sujeto a la aprobación del Congreso, que abriría los mercados crediticios globales al país (aunque será muy difícil generar confianza acerca de la seguridad de esas inversiones más allá de los cuatro años de una presidencia y, por lo tanto, obtener las bajas tasas de interés que logran países comparables con la Argentina).

En las decisiones claramente políticas ha habido más cautela que en las económicas. El contexto global y el regional están generando incertidumbre. La economía china se está enfriando y la mundial no repunta. El mundo sigue estando sacudido por guerras civiles internacionalizadas. Las peculiares elecciones presidenciales en Estados Unidos resultan un enigma difícil de descifrar. Brasil pasa por una crisis política y económica de enormes dimensiones. Sin socios estables y predecibles será especialmente complejo tomar decisiones sobre la proyección regional y mundial del país.

¿Qué puede lograr una política abierta en cuatro años? Hay oportunidades y amenazas para Argentina en varias áreas y regiones.
Las derivaciones de las guerras civiles incluyen la amenaza del terrorismo internacional y las olas de refugiados. La geografía quizás proteja a la Argentina de lo peor de estas crisis, pero no será posible mantenerse completamente aislado. El país podría contribuir a la paz y la seguridad proponiendo políticas sensatas sobre estos temas en las Naciones Unidas y en sus diálogos con la diplomacia del Vaticano. En el mejor escenario, Argentina solidificaría su reputación como un país liberal, cooperativo y solidario. En el peor caso, estas iniciativas no tendrían gran efecto.

Quizás el cambio más dramático del nuevo gobierno ha sido el viraje desde Irán hacia Israel. La nueva política no garantiza que se podrán esclarecer los ataques a la Embajada de Israel y la AMIA pero, al menos, muestra claramente que se busca la verdad. Irán está reforzando sus relaciones con occidente luego del acuerdo nuclear. Si se consolida la nueva orientación en ese país, quizá una relación bilateral más productiva, que parece tan imposible hoy, no se verá tan difícil en el futuro.

Pasemos a las relaciones con los países europeos. Algunos analistas han hecho predicciones apocalípticas sobre la disolución de la Unión Europea (UE), que por varias décadas ha servido como modelo para la integración sudamericana. La aparente urgencia del Gobierno de concretar un acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur indica que está apostando a la supervivencia de ambos bloques. Si se logra ese acuerdo, se enviaría un mensaje geopolítico a favor de un orden mundial abierto y cooperativo.
El futuro del Mercosur (y de la Unasur y demás organizaciones multilaterales sudamericanas y latinoamericanas) depende del apoyo de Brasil. Tanto el escenario de la cooperación regional como la relación bilateral serán un desafío importante durante los próximos años por los problemas internos del país vecino. Es de esperar que Brasil salga de la crisis con las instituciones democráticas fortalecidas y su economía en recuperación. El peor escenario sería que lo que hasta ahora han sido protestas pacíficas se convierta en un conflicto político agudo y prolongado.

Las relaciones con Estados Unidos ya han mejorado. Es de esperar que la nueva relación bilateral genere comercio, inversiones y turismo. En un escenario más optimista también se podría construir un partnership, sea bilateral o a través de la incorporación de la Argentina a la Alianza del Pacífico para enfrentar el ascenso de Asia. Puede parecer poco probable por el momento, porque Donald Trump tiene un discurso abiertamente nacionalista y xenófobo y la campaña de Hillary Clinton ha criticado los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, vale recordar que en la historia de los Estados Unidos los candidatos casi siempre critican tales acuerdos mientras que los presidentes los implementan (como precedente inmediato tenemos el ejemplo de Barack Obama, quien en la campaña de 2008 dijo que iba a renegociar el Área de Libre Comercio de América del Norte y como presidente espera dejar como su principal legado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica-TPP).

La implementación de las políticas de apertura será muy importante para el futuro de la Argentina, pero tales políticas siempre operan a la sombra de factores globales que los gobernantes no controlan. Ejecutar en los próximos años una política exterior profesional, vigilante de los cambios de la coyuntura global, y adaptable a circunstancias novedosas será central para el desarrollo del país.