Educación para la Argentina por venir

Escriben Edgardo Zablotsky, Luisa Montuschi, Roberto Igarza y Alberto Taquini (h)

Punto de partida

Por el Dr. Edgardo Zablotsky, Miembro de la Academia Nacional deEducación y Vicerrector de la UCEMA.

Hace unos meses, el Lic. Federico Gómez, Responsable del Departamento de Comunicación de la Universidad del UCEMA, sugirió la posibilidad de dedicar la nota central del presente número a la educación.

Al consultarme, inmediatamente se me ocurrió la idea de tener el privilegio de contar en la revista con notas de tres renombrados académicos, quienes hace muchos años trabajan por una mejor educación para todos en nuestro país: la Dra. Luisa Montuschi y los Dres. Roberto Igarza y Alberto Taquini.

La vida me ha dado el privilegio de compartir junto a ellos, desde hace más de dos años, al menos un encuentro mensual en el cual intercambiamos ideas, usualmente sin una agenda previa, sobre distintos temas que hacen a nuestra realidad educativa y aquella que seguramente transitaremos dentro de no tantos años. Siempre privilegiamos lo importante sobre lo urgente, aún cuando la coyuntura que nos ha tocado vivir muchas veces hizo difícil realizar este ejercicio.

Al pensar cómo introducir tres notas que nos harán reflexionar sobre temáticas muy diversas, de la misma forma que lo hacen la mayoría de nuestros encuentros, decidí proseguir en dicha línea y aprovechar la ocasión para compartir con ustedes una experiencia que viví pocos días antes de escribir estos breves comentarios (la cual, si bien anticipaba que sería interesante, nunca imaginé que sería a tal grado fascinante).

El martes 28 de marzo dictó una conferencia en Buenos Aires el Dr. Fernando Mönckeberg. Más de 700 personas escucharon su disertación en el colmado Auditorio del Colegio San Pablo. La misma fue organizada por la Academia Nacional de Educación, gracias a la gestión del Dr. Abel Albino.

¿Por qué la Academia Nacional de Educación habría de organizar una conferencia de un reconocido médico y economista chileno, quien dedicó su vida a enfrentar en el país andino el flagelo de la desnutrición infantil? La mayoría de ustedes conocen la respuesta.

Como bien señala el Dr. Abel Albino, sinónimo en nuestro país de la lucha contra la desnutrición infantil, “para tener educación hay que tener cerebro. El 80% del cerebro se forma en el primer año de vida. Crece un centímetro por mes. La formación del sistema nervioso central está determinada en los primeros dos años de vida. Si durante este lapso el niño no recibe la alimentación y estimulación necesarias, se detendrá el crecimiento cerebral y el mismo no se desarrollará normalmente, afectando su coeficiente intelectual y capacidad de aprendizaje; corriendo el riesgo de convertirse en un débil mental. Con alimento y estímulo adecuado el individuo tendrá rapidez mental, capacidad de relación, de asociación”.

Un reciente informe elaborado por la Universidad Católica Argentina reporta que “en la Argentina, la mitad de nuestros chicos padece de alguna forma de malnutrición antes de cumplir los dos años de vida, solamente considerando anemia, baja talla, obesidad o bajo peso. Es decir que las consecuencias de una mala alimentación ya dejan su impacto en el momento de mayor crecimiento y desarrollo, donde se están conformando estructuras vitales”.

Creo que sobran las palabras, es imposible hablar de una revolución educativa frente a esta realidad.

El Gobierno nacional, lejos de desentenderse de tan grave problema como lo ha hecho la administración anterior, lo ha admitido. A modo de ejemplo, firmó acuerdos con la Fundación Conin, que posibilitarán abrir diez centros de prevención y tres de recuperación para casos severos de desnutrición y colaborará en el fortalecimiento de otros 20 espacios de prevención que ya funcionan bajo la órbita de la Fundación. Sin embargo, la magnitud de dicho apoyo es, a mi entender, insuficiente.

Cuenta el Dr. Mönckeberg que cuando a mediados de la década del 50 empezó a investigar la desnutrición infantil, Chile tenía los peores indicadores de la región. Hoy el fundador de Conin en Chile se enorgullece en contar cómo en su país “la mortalidad infantil pasó de 180 a 7 cada 1000 nacidos vivos; la cantidad de muertes en menores de 15 años bajó del 48 a menos del 1%, y la expectativa de vida pasó de los 36 a los 80 años”.

posible? Mediante una política de Estado que atravesó los diferentes gobiernos desde 1970 e implicó una inversión de más de 22 mil millones de dólares.
Por ello me pareció adecuado abrir este espacio de reflexión haciendo mención a aquella conferencia. Mal podemos hablar de educación si no contamos con un niño cuyo cerebro sea capaz de recibirla.

No existe una política educativa que favorezca más la igualdad de oportunidades que enfrentar el flagelo de la desnutrición infantil.

Es claro que la desnutrición infantil se asocia a la pobreza del grupo familiar. Por ello qué mejor que la Dra. Luisa Montuschi, mi profesora hace ya más de 30 años, mi colega desde hace 20, y mi dilecta amiga, nos comparta su trabajo sobre educación y pobreza.

Educación y pobreza

Por la Dra. Luisa Montuschi, Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Directora del Doctorado en Dirección de Empresas de la UCEMA.

La Cumbre del G8 realizada en el año 2000 en Okinawa se refería, con un exceso de optimismo, a un siglo XXI de prosperidad para todos y señalaba que el progreso sería posible siempre que se promovieran las condiciones para ello. En tal sentido, destacaba que reducir la pobreza y eliminar la marginalidad y la exclusión constituía una de las condiciones necesarias para recorrer el camino del progreso social y hacer frente a los desafíos de la globalización. Y en ese contexto, la mejora en la educación aparecía como requisito ineludible.

Han pasado más de dieciséis años desde las manifestaciones de la Cumbre del G8 y, lamentablemente, no se han observado los resultados que se esperaban. Podría decirse que no han desaparecido los desafíos que se mencionaban sino que los mismos aumentaron y variaron sus características. El objetivo de un progreso económico-social aún aparece lejano.

Ciertamente la pobreza pone un límite a toda posibilidad de progreso social. Y lo sorprendente es que, si bien se trata de un tema que se estudia y analiza en diversos ámbitos internacionales, no parece generar la preocupación que puede observarse respecto de otros fenómenos que afectan las economías, en particular las de los países más avanzados. Sin embargo, tal como se sostiene en varios informes de las Naciones Unidas, la pobreza se caracteriza por no posibilitar a las personas pobres el acceso a elecciones y a oportunidades, y esto les impide participar de modo efectivo en la sociedad.

La mejora en la educación está estrechamente vinculada con la problemática de la pobreza. Sin duda, la ignorancia puede ser considerada como un factor de permanencia de la pobreza. Así lo han señalado reconocidos autores, quienes han sostenido que no es suficiente remover los síntomas de la pobreza; la real solución consiste en luchar contra los factores que la originan y perpetúan. Entre ellos se ubica en primer lugar la “ignorancia” entendida como la falta de conocimiento e información. No se igualaría con la falta de educación general, sino que parecería referirse más bien a la falta de capacidades específicas. Pero, sin duda, la educación general básica constituye una condición necesaria, aunque no suficiente, para la adquisición de tales capacidades.

La base amplia de conocimientos proporcionada por el sistema de educación formal habrá de constituir el fundamento sobre el cual se deberá construir la empleabilidad individual, generando las habilidades y competencias que demanda el mercado de trabajo.

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que se han producido cambios trascendentes, y que continúan, en los procesos de aprendizaje. Lamentablemente tales cambios no parecen haber sido incorporados a los procesos educativos argentinos, especialmente en lo referido a la educación pública, que más bien parecería haber retrocedido en sus enfoques y alcances. Se esperaría que la educación formal provea los fundamentos para sostener un posterior proceso de aprendizaje continuo. Estos fundamentos deberían ser los de una sociedad del conocimiento y del aprendizaje, y tendrían que permitir aprehender el significado de las cosas, comprender y crear. No hay que dejar de tener presente que desde el comienzo la escuela deberá proporcionar los elementos que eviten una ulterior segmentación entre quienes saben y quienes no saben, entre quienes sólo pueden usar y quienes pueden interpretar. El objetivo estaría referido a las habilidades y competencias que, se estima, son y serán necesarias para el mundo del trabajo presente y futuro.

Es indudable que los sistemas educativos del presente, en particular en Argentina, no parecen dar muestras de estar adaptados a los cambios que se están produciendo en el mundo del trabajo, que son un reflejo de la nueva sociedad y sus demandas. En la misma, el conocimiento se convierte en el principal recurso de los individuos y en el mayor capital de las empresas.

Son necesarios cambios en la estructura de los sistemas educativos que no admiten demoras y que habrán de implicar ingentes esfuerzos y un nivel de compromiso de los gobiernos, los trabajadores, las empresas y la sociedad, hoy inexistente en el marco institucional vigente. La persistencia del viejo modelo está originando una espiral descendente (pérdida de empleo, desempleo de largo plazo, obsolescencia de habilidades, pobreza) difícil de revertir si se deja pasar mucho tiempo.

Tecnologías: de la ilusión determinista al paradigma de la calidad

Por el Dr. Roberto Igarza, Miembro de la Academia Nacional de Educación. Docente-investigador.

Nunca como ahora las personas, las familias y las empresas participaron y dedicaron tanto esfuerzo a la Educación. Son sujetos individuales o colectivos que deciden esforzarse para completar y reforzar el rol del sistema educativo. Saben que en una sociedad cuyo desarrollo acompasa el sentido y la intensidad de la producción de conocimiento, la forma en que éste se adquiere y se pone en valor (competencias y habilidades) es clave para su integración. Sólo con un esfuerzo distribuido a lo largo de toda la vida (long life learning) esta integración deviene sustentable.

El sistema formal que opera etaria y temporalmente en limitadas franjas de la vida, sigue siendo considerado el responsable de distribuir lo más democráticamente posible las instancias de formación que brindan, al menos, las competencias básicas para la integración cultural, social y económica de las personas. Frente a las inequidades que evidencian sus resultados, distintos segmentos sociales, desde hace mucho tiempo, dedican crecientes esfuerzos complementarios o paliativos, con el consecuente involucramiento social (más tiempo dedicado a) y económico (más inversión presupuestaria). Independientemente que se trate de idiomas, expresiones artísticas o recursos para el acceso a la información (por ejemplo bibliotecas hogareñas), las personas se esfuerzan crecientemente en ampliar las vías de acceso a un conocimiento que se vuelve cada vez más plural, abierto y global, y en desarrollar alternativas para adquirir las competencias complejas que la sociedad le exige para su integración plena. A su vez las empresas ponen más énfasis en la formación, porque su integración en sistemas productivos altamente competitivos demanda dinamizar los métodos y recursos laborales de manera colaborativa, creativa y eficaz.

A la ampliación del interés por más y mejor educación por parte de los particulares, los Estados han respondido con mejoras en los presupuestos específicos que, por el momento, se reflejan de manera muy inequitativa en los resultados. Jornada completa, inicio temprano del período escolar (salas de 3 años), distribución capilar del sistema universitario en el territorio y desarrollo de la formación de pregrado y posgrado, son estrategias de mejora de un sistema formal que sigue siendo visto por una amplia mayoría de la población como la principal fuente acreditadora de los conocimientos. En su conjunto, el Estado, las familias, las personas y las empresas, nunca han destinado tanto esfuerzo a la Educación como ahora.

Con la ampliación de los accesos a Internet de los últimos tiempos, tanto unos como otros han interpretado con celeridad que la metared representa una oportunidad para moderar el costo de ese esfuerzo y mejorar los resultados. El acceso a Internet y los dispositivos de conectividad, especialmente los móviles, parecen ser recursos insustituibles a la hora de pensar en mejoras.

Hasta hace poco tiempo, el acceso a las redes era una condición de la que disponían desigualmente las personas y las familias, y la inversión particular era desproporcionada respecto del esfuerzo del Estado. Con la introducción de programas de distribución masiva de dispositivos tecnológicos y la conectividad en las escuelas, universidades y algunos espacios sociales, ese diferencial esfuerzo se moderó. Aún así, a la luz de los resultados, el sistema educativo no parece haber cambiado significativamente el modo en que se distribuyen los déficits entre segmentos sociales. Lo que era esperable no resultó, al menos no en la magnitud proporcional al incremento del esfuerzo, aunque puedan reconocerse otras resultantes, sobre todo efectos en la sociabilidad, algunos alineados con las finalidades de la Educación y otros no tan benéficos. Es evidente. La tecnología no es ni buena ni mala, pero tampoco es nuestra. En cada caso, depende de la finalidad con la que se introduce y cómo se gestiona el carácter cada vez más inextricable de sus aspectos positivos y negativos.

La experiencia indica que introducir tecnología en los procesos de enseñanza y aprendizaje no es suficiente para producir el salto cualitativo en los resultados. Es probable que, al menos para una parte de los desafíos actuales de la Educación, la tecnología resulte un factor ineludible. Sin embargo, la apuesta por la tecnología como el atajo para resolver problemas del orden del aprender-a-aprender y de la didáctica, no solamente es erróneo desde el punto vista educativo sino que es ineficiente desde el punto de vista del esfuerzo que realizan los privados y el Estado. La formación de los docentes, por ejemplo, es un factor crítico para la calidad más allá de la disposición tecnológica que adopte el aula. La inversión que demanda aumentar la calidad de la formación docente podría resultar sorprendentemente baja frente a los costos del imperativo tecnológico.

Las mediatizaciones que atraviesan una creciente cantidad de actividades humanas aportando múltiples formas de representar y acceder a los conocimientos, adicionadas a una tecnologización exponencial de los métodos de producción sustentada en elementos inorgánicos (computadoras, robots), fuerzan una renovación de la agenda educativa y un salto de paradigma. La competitividad de la producción es cada vez más dependiente de algoritmos. Inferenciales, predictivos y estratégicos, o simplemente como factor clave en la flexibilización de las rutinas de producción, superobjetos de toda índole exigen renovar las habilidades que la educación provee u optimiza. Independientemente de quién es el proveedor, dónde está situado y las formas económicas en que el acceso es ofrecido (los sistema de “evidente pago” interactúan con formas “aparentemente gratuitas”), la educación a lo largo de toda la vida está más sujeta al acceso de las personas a los sistemas no formales que al formal, y está cada vez menos vinculada a operaciones cognitivas rutinarias y más a una diversidad de formas de expresión creativa, de interacción y colaboración, muchas de ellas sustentadas en una presencialidad que adopta nuevas acepciones (remota, virtual). El vector tecnológico no puede sino aumentar su incidencia en los aprendizajes devenidos cada vez más ubicuos.

Del mismo modo que los resultados de la Educación no están excluyentemente vinculados a la inversión estatal, tampoco son inequívocamente dependientes de las tecnologías que soportan la enseñanza y los aprendizajes. Es relevante mantener distancia con los determinismos tecnológicos que nos orientan a pensar que la calidad es tecnodependiente. El cambio de paradigma implicará más y novedosos medios y recursos y éstos, a su vez, pueden generar la percepción de una mayor inclusión, pero en ningún caso deben servir a crear una nueva ilusión de calidad en Educación.

Despertar de la educación

Por el Dr. Alberto C. Taquini (h). Miembro de la Academia Nacional de Educación. Autor del Plan de Creación de Nuevas Universidades (1968) y el Plan de Creación de Colegios Universitarios (1989).

El sistema educativo duerme y, sin percibirlo, la sociedad lo penetra y sustituye con nuevas formas. El problema, a nivel mundial, va mucho más allá de que se preste o no el servicio en forma adecuada o que el rendimiento se acredite fehacientemente. El desafío es no más de lo mismo, otra educación.

Despiertan múltiples expresiones disruptivas: Uber compitiendo con los taxistas y avanzando a su reemplazo con el automóvil autónomo; las bitcoins acelerando desde China las transacciones financieras y desplazando la banca; Hennna, el primer hotel en que los robots son los nuevos empleados ¡Los robots ocupan y desplazan empleos!

Irrumpe la inteligencia artificial. En 1996 Kasparov perdía con la Deep Blue. El año pasado un software ganó al Go y ahora lo hace al Póker, más complejo aún. La computación cuántica, ya en desarrollo comercial, incrementará la escala de procesamiento de información exponencialmente.

La nube acumula información por milisegundo. Las editoriales ya sistematizan y fragmentan descendentemente la información y los tesauros facilitan la búsqueda por conceptos. En el mundo hay más teléfonos celulares que habitantes. La conectividad se expande y se incorporan anualmente mil millones de teléfonos superiores.
Estamos en un proceso de aceleración fenomenal y la inercia institucional retarda. Necesitamos nuevos modelos educativos que den un salto cualitativo y adaptativo a la sociedad global.

El despertar de la educación ya está ocurriendo. Cuesta percibirlo, pero mientras el sistema formal se resiste, otros actores sociales encaran caminos alternativos válidos.
Resultante de los cambios educativos, serán necesarios nuevos y globales sistemas de evaluación y acreditación para garantizar la fe pública de las aptitudes y competencias de las personas.

El mercado laboral privado hoy acredita para el empleo recursos más allá de los títulos, basados en competencias y aptitudes personales. La mejora de la administración pública tiene que prever nuevas y mejores acreditaciones. Los “títulos nobiliarios” del sistema formal ya entran en crisis.

La universidad no monopoliza la creciente expansión de la educación superior: institutos técnicos, colegios universitarios, empresas, y sindicatos compiten por la educación superior y certifican competencias.

La educación universitaria online crece aceleradamente. En 2012, el 20% de los estudiantes de universidades norteamericanas hacía cursos online. En 2014 superaron el 30% y en 2015 se arrimaron al 40%. Nacen “universidades 100% virtuales”, sin edificios y sin contar necesariamente con investigación científica. En Argentina, menos del 5% de los universitarios estudia a distancia.

Las universidades líderes del mundo ofrecen en la nube, transnacional y gratuitamente, los mismos cursos que tienen sus alumnos presenciales. Se redefine la universidad, se modifica la formación de sus alumnos y el desafío que se les presenta es ahondar en la investigación científica para darle valor e identidad al modelo cultural con que piensan y enseñan.

Para este nuevo alumno requerimos un graduado de secundaria distinto, autónomo, capaz de tener, mejor definidos a su deseo, caminos múltiples y permanentes de trabajo y capacitación. En el mundo se transforma el nivel secundario: más orientaciones contemplando el vínculo del aprendizaje con las áreas de trabajo correspondientes.

Existen secundarios totalmente online. En el Belgrano Day School se ha logrado una experiencia exitosa con alumnos y graduados que acompañaron el nivel medio con cursos internacionales 100% online, lo que les otorgó la certificación binacional con Estados Unidos.

Hace 100 años Bertrand Russell criticó el sistema educativo, concebido como sistema de transmisión crítica de la cultura, y planteó la necesidad de formar desde la escuela primaria en el pensamiento lógico matemático, el método científico y el manejo de la comunicación oral y escrita.

Lo que hoy llamamos el aprender a aprender aspira a otorgar a los jóvenes las habilidades suficientes capaces de desarrollar autónomamente la instrucción. Por ahora escudriñando en la nube, asistidos personal y grupalmente. Pero incorporando la asistencia artificial que nos proveerá de programas de complejidad diversa para cada paso del aprendizaje, extendiendo a estos niveles la realidad actual de los programas de los juegos complejos mencionados.

¿Queda claro que el nuevo proceso disruptivo de la educación formal está despertando? Entonces aceleremos la transformación educativa actual para acompañar esos progresos. Desde esta óptica parece lógico reorientar la inversión educativa y no repetir recientes errores históricos. Hay que influir liberando los caminos del debate para el despertar educativo, sumando actores y sectores, haciendo participar en esta discusión a todos. La humanidad progresa con el aporte cultural de las personas. El sistema educativo tiene que garantizar la diversidad y la autonomía que promueva y respete estos valores y los inserte en las necesidades de todos los congéneres y del mundo en que habitan.

A modo de epílogo

Edgardo Zablotsky

Creo adecuado concluir esta nota sencillamente proponiéndole al lector algunas reflexiones motivadas a partir de los ensayos de mis colegas.

Nos decía la Dra. Montuschi que “la mejora en la educación está estrechamente vinculada con la problemática de la pobreza. Sin duda, la ignorancia puede ser considerada como un factor de permanencia de la pobreza”. ¿Cómo no compartirlo? Al escucharla me hizo recordar una cita del Barón Maurice de Hirsch, quien en 1873 expresaba: “La pobreza se origina en la falta de educación, y solamente la educación y el entrenamiento de las nuevas generaciones podrán remediar esta desafortunada situación”. 150 años después parece increíble que todavía no se entienda que sin educación no existe forma de combatir con éxito la pobreza.

Pasemos ahora al trabajo del Dr. Roberto Igarza. El mismo nos permite considerar la contribución de la tecnología en su justa medida. A modo de ilustración, veamos la siguiente cita: “La experiencia indica que introducir tecnología en los procesos de enseñanza y aprendizaje no es suficiente para producir el salto cualitativo en los resultados (…) La apuesta por la tecnología como el atajo para resolver problemas del orden del aprender-a-aprender y de la didáctica, no solamente es erróneo desde el punto vista educativo, sino que es ineficiente desde el punto de vista del esfuerzo que realizan los privados y el Estado. La formación de los docentes, por ejemplo, es un factor crítico para la calidad más allá de la disposición tecnológica que adopte el aula”.

¿Quién mejor que Steve Jobs para opinar sobre el tema? En 1995 Jobs concedió una entrevista al Instituto Smithsoniano sobre diversas temáticas, entre ellas el rol de las computadoras en la educación. Su opinión fue contundente: “He donado más computadoras a más escuelas que nadie más en el mundo y estoy absolutamente convencido de que de ninguna manera es lo más importante. Lo más importante es una persona. Una persona que incite y alimente la curiosidad de los alumnos, y las máquinas no pueden hacerlo de la misma manera que una persona es capaz”. Además agregó: “las computadoras (…) no son maestros, si se quiere. Lo que los niños necesitan es algo más proactivo. Necesitan un guía. No necesitan un asistente”.
Es claro que la tecnología en los procesos de enseñanza cumple cada vez un rol más importante pero, como bien advierte el Dr. Igarza, no nos olvidemos de la relevancia del maestro. Sin un maestro calificado no es posible dar un salto de calidad. La tecnología es un complemento cada vez más importante en el proceso educativo, pero no es un sustituto de un docente calificado y motivado.

Para terminar, permítanme reflexionar sobre el ensayo del Dr. Alberto Taquini (h).
Creo que frente a su pregunta sobre si “queda claro que el nuevo proceso disruptivo de la educación formal está despertando”, nadie puede tener duda alguna.

Como señala el Dr. Taquini, “La educación universitaria online crece aceleradamente. En 2012, el 20% de los estudiantes de universidades norteamericanas hacía cursos online. En 2014 superaron el 30% y en 2015 se arrimaron al 40%”. Sin embargo, también advierte que “en Argentina, menos del 5% de los universitarios estudia a distancia”.

Argentina forma parte del mundo. ¿Por qué, tal como lo hizo Sarmiento, no aprender de otras sociedades? Hoy es mucho más fácil lograrlo que hace 150 años. El proceso disruptivo que enfrenta la educación formal no puede ser ignorado. Cuanto más tarde nos demos cuenta de ello, más costos pagarán las nuevas generaciones.