¿Cuál es el Trump verdadero?

Por Sybil Rhodes

Las inconsistencias y las contradicciones expresadas durante la campaña presidencial del candidato Donald Trump generaron predicciones muy diversas sobre su estilo de gobernar. Entre muchos comentarios se dijo que, como presidente, Trump sería un constructor de puentes entre los dos partidos tradicionales, un reformador audaz, un republicano conservador tradicional, un nacionalista xenofóbico al estilo europeo, un populista destructor de la economía e instituciones, un capitalista de amigos par excellence, y un dictador personalista y/o desequilibrado.

Han transcurrido más de tres meses de su gobierno. Aunque no se ha resuelto el enigma básico de la naturaleza y objetivos de su presidencia, pueden señalarse algunas tendencias. ¿Cuál es el verdadero presidente Trump? Hasta ahora, ¿ha predominado alguna de esas siete predicciones? ¿O el presidente desempeña algunos de estas más que otras?

Por el momento puede eliminarse completamente una categoría, la de constructor de puentes. Hasta ahora Trump no ha buscado colaboración con el partido Demócrata, ni siquiera durante el discurso inaugural, un momento que históricamente los presidentes han usado para promover, al menos retóricamente, la unidad nacional.

Los que quieren que sea un reformador audaz podrían señalar algunas evidencias, en el sentido de que ha sido propenso a implementar cambios drásticos. La orden de congelar y luego reducir las regulaciones económicas, incluyendo la eliminación de algunas restricciones ambientales que impedían grandes inversiones en infraestructura (por ejemplo, el oleoducto Keystone XL), podrían ubicarlo en esta categoría.

Algunas de sus últimas medidas serían consistentes con la postura de un republicano conservador tradicional. Uno de los gestos más visibles es la nominación de Betsy DeVos (activista a favor de la educación privada y especialmente la religiosa) como Secretaria de Educación. Este nombramiento puede rotularse de tradicional pero no es una reforma audaz dado que la educación en los Estados Unidos se lleva a cabo de una forma muy descentralizada. Seguramente podrá impulsar un debate pero DeVos no podría implementar una revolución educativa porque carece de la autoridad necesaria.

¿Puede ser Trump un nacionalista xenófobo de extrema derecha? Está claro que ha abierto un espacio a grupos favorables a causas como el nacionalismo blanco y cristiano. Esto se manifestó, por ejemplo, en la selección de Steven Bannon como jefe de estrategia, y en la primera medida migratoria que implementó el Gobierno: la prohibición de entrada al país a todos los refugiados y a las personas de varios países con mayorías musulmanas.

El sistema judicial por el momento ha frenado este decreto. No se puede descartar que la tendencia ultra nacionalista aumente su influencia dentro del Gobierno. Sin embargo, los críticos esperan que la diversidad de la población y la tolerancia básica de la sociedad estadounidense limiten esta tendencia.

Llegamos a la categoría de populista destructor de la economía y de instituciones. No hemos visto gastos insostenibles todavía (si vienen será cuando presente el presupuesto al Congreso). El proteccionismo ya llegó: tenemos, por ejemplo, la obligación de usar acero “Made in America” para construir oleoductos.

Uno de los pilares del sistema republicano del país es la existencia de mecanismos de pesos y contrapesos. Al respecto, el Presidente ha dicho abiertamente en sus comunicaciones personales que no quiere respetar los controles judiciales. En vista de ello, estas instituciones ya están siendo sometidas a una dura prueba. Sin embargo, hay lugar para el optimismo, dado que ya han resistido desafíos en ocasiones anteriores y probablemente podrán procesar institucionalmente los peores impulsos extralegales de Trump.

Quizás hay mayor peligro para las instituciones internacionales que para las nacionales. Si bien es cierto que se registra mucha hipocresía en la cooperación internacional, el liderazgo por parte de los Estados Unidos de un orden global liberal tiene también muchos méritos. Algunas de las acciones de Trump, como anunciar que el país se retira del Trans Pacific Partnership pueden ser interpretadas como el abandono simbólico de una política externa que los Estados Unidos mantuvieron desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en la política externa, Trump está enfrentando la oposición no solamente del partido Demócrata sino también de algunos republicanos.

Con la excepción de la crítica que el presidente hizo a la tienda Nordstrom por dejar de vender la línea de ropas de su hija, no se tiene todavía un ejemplo de capitalismo de amigos de Trump, pero sí habría mucho potencial para adoptarlo si se concretan las reformas de infraestructura.

Sus críticos alegan que el presidente Trump es un autoritario personalista y/o desequilibrado. Aunque él quisiera serlo, no se convertirá en un dictador si las instituciones y la sociedad lo controlan. Sí ha mostrado que tiene una personalidad narcisista y autoritaria que se manifiesta en colgarle el teléfono a líderes de países aliados importantes, y en sus ridículos y mentirosos tweets que son demasiado numerosos para enumerarlos.

La conclusión hasta ahora pude resumirse en: nada de constructor de puentes, algo de reformador audaz y de republicano conservador, bastante de nacionalista xenófobo; mucho de populista y gran potencial para convertirse en capitalista de amigos. Y, fundamentalmente, ha mostrado más de una vez que es un líder que se guía más por los impulsos de su personalidad narcisista y las obsesiones personales que la acompañan, que por convicciones ideológicas propias o de su partido.

Un punto a favor de la política y las instituciones que caracterizan a los Estados Unidos ha sido la reciente derrota de su intento por reformar el sistema de salud conocido como Obamacare y la separación de Bannon de su cargo en el National Security Council (se queda como chief strategist). De este modo, Trump se vería más acotado o alineado con el partido Republicano.