Los países ricos, enloquecidos

Revista UCEMA, diciembre de 2017
Por Federico Pelayo, Licenciado en Economía, UCEMA. Máster en Políticas Públicas, Universidad de Chicago. Máster en Economía, Universitat Pompeu Fabra (2016). Profesor visitante de la UCEMA.

Durante el kirchnerismo no era extraño que varios opinadores televisivos de renombre afirmaran que la Argentina ha carecido de la condición de “país normal”, debido a un extraño hechizo caído sobre nuestro país que nos impide “ponernos de acuerdo”, lo que produce “bandazos” de tipo pendular en nuestras políticas públicas cada vez que cambiamos de presidente, e incita a nuestros políticos a comportarse como arriesgados adolescentes. Basta seguir las noticias que nos llegan de los países ricos, o haber vivido recientemente en alguno de ellos, para darnos cuenta que la incertidumbre política no es patrimonio exclusivo de países como el nuestro, y que es fácil reprobar a la opinión pública del mundo desarrollado en lo que a coherencia respecta.

Da la impresión de que el mundo rico, que otrora se pensaba como la vitrina de las políticas “responsables”, ha caído en ciertas trampas o tentaciones que se creían superadas. Algunos de estos cantos de sirena nos son excesivamente familiares. Por ejemplo, el mismo día de su investidura, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, retiró sin ambages a su país de las negociaciones del Acuerdo Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), un tratado de libre comercio con Asia. En medio de su política antiinmigrantes, amenazó a México con imponer un control de capitales. Propone retirarles las licencias de televisión a los medios que lo critiquen y convierte a sus conferencias de prensa en verdaderos circos tercermundistas. Culpa a otros países, como Alemania, China o Canadá, de sus problemas.
Con menos rimbombancia pero igual peligrosidad, del otro lado del Atlántico florecen los nacionalismos que intentan dinamitar el proyecto europeo. Varios partidos populistas –como el Frente Nacional francés, Alternativa para Alemania, los Hermanos de Italia, el Partido de la Libertad holandés, el Partido del Progreso noruego o el Partido por la Independencia (UKIP) británico- ganan escaños o influencia a pasos agigantados en sus respectivos países, al punto que algunos –el Partido de la Libertad austríaco- podrían llegar a cogobernar. Suelen emparentarse, con matices, en su rechazo al libre comercio, la inmigración, los flujos de capitales y el euro.

En el Reino Unido, un irresponsable e innecesario referéndum convocado por el ex primer ministro David Cameron ha dejado al país fuera de la Unión Europea. Para peor, el gobierno conservador actual pretende, para satisfacer a la ultraderecha xenófoba, retirarse de la unión aduanera y del mercado único con el solo motivo de “recuperar el control sobre las fronteras”, y abraza la tonta tesitura de hacer que Reino Unido sea “menos atractivo para los migrantes económicos”. En España, el populismo es representado por Podemos, un partido de izquierda, y por los separatistas catalanes, una variopinta confluencia de partidos de derecha e izquierda tradicionales con un movimiento anticapitalista.

¿Cómo se ha llegado a tan trágica situación? Está claro que establecer causalidad sería pretencioso, pero hay algunas variables que vale la pena tener en cuenta, al menos, por su correlación con los problemas actuales. Lo más obvio es echarle la culpa a la Gran Recesión iniciada en 2008 como consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense el año anterior. Caídas en el Producto Bruto Interno (PBI) como las observadas en Estados Unidos (EE.UU.) (4%), España (9%) o Grecia (25%), no dejan indiferentes a nadie, máxime cuando algunos países han acabado perdiendo una década (Portugal) o dos (Italia). Ha sido estudiada la tendencia de las economías avanzadas por la cual la extrema derecha suele cosechar victorias electorales luego de las crisis financieras, lo que puede ralentizar la recuperación de las mismas1. Así como Italia y Alemania fueron las víctimas de la Gran Depresión, bien podrían ser Estados Unidos y Reino Unido las de la Gran Recesión.

Sin embargo, se ha hecho principalmente hincapié en factores de más largo aliento. La desigualdad es, sin duda, una de las preocupaciones más importantes –si no la más- en los países de ingresos altos2. Ha cobrado especial trascendencia tras la crisis pero su incubación tiene una historia más dilatada: en los países anglosajones industrializados, el “uno por ciento más rico” –hoy tan de moda- ha pasado de recibir entre el 4% y el 8% del ingreso nacional hace 35 años a entre el 9% y el 18% hoy, según el país3. Se han notado numerosas causas posibles tras este fenómeno, desde el precio de la educación superior hasta la revolución tecnológica, pasando por la globalización o el sistema fiscal. Es común asociar la desigualdad con la polarización política, aunque establecer causalidad entre ambas es complejo4. El salto de la desigualdad, a primer plano tras la crisis, ha llevado a la propuesta de soluciones innovadoras, como el ingreso universal, el cual, sin embargo, está solamente en fase de experimentación5.

La globalización también ha sido señalada como causa de la situación actual. Se ha notado que los países más abiertos al comercio suelen tener Estados de bienestar más grandes, posiblemente como seguro contra shocks en los términos de intercambio6. En esa línea, quizá tengan algo que ver las tensiones proteccionistas en EE.UU. con el escaso apetito por aumentar la redistribución de renta7. A través de las migraciones, la globalización puede aumentar la desigualdad y la polarización política, ya que los migrantes suelen ser complementarios a los trabajadores ricos y sustitutivos de los pobres8. Además se piensa que, a medida que la globalización hace desaparecer los “efectos frontera” (gracias a la armonización de regulaciones, bajas arancelarias, entre otros aspectos), las economías de escala de los Estados se reducen –y por ende el tamaño óptimo de los mismos-, lo que aumenta el atractivo de los movimientos independentistas9. Esto es preocupante en especial en la zona euro, la que podría necesitar de una unión fiscal para corregir su suboptimalidad como área monetaria10 y de una unión bancaria plena para evitar llevar a la ruina a sus miembros más débiles.

Sean las razones que sean, está claro que el mundo rico está pasando por tiempos desagradables. Podemos estar seguros de que ciertas debilidades de los países desarrollados han salido a relucir. El mundo ha sido víctima de las vulnerabilidades de ciertos sistemas electorales, como las bajas tasas de participación, la escasa información del público, o la predilección por los referéndum -que reducen complejos problemas a decisiones binarias abiertas y riesgosas manipulaciones, más aún en el contexto del voto voluntario-. Un público hastiado y en pánico ha decidido agitar un poco las cosas, y solo el tiempo dirá si esto se trata de un truculento paripé o de algo más serio.