Sobre las zonceras argentinas y nuestra decadencia

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Por Emilio Ocampo

Blog Personal. 3 de diciembre de 2019

En su “Manual de Zonceras Argentinas” Jauretche explica como el imperialismo logró adoctrinar al pueblo argentino y hacerle creer un montón de zonceras fácilmente refutables que han sido dañinas para el desarrollo del país. Inmune a la colonización cultural, con gran verba en su manual Don Arturo encaró impiadosamente una tarea que pretendió fuera pedagógica:

“Falsificar la historia, achicar la extensión, dividir ideológicamente con planteos ajenos a la realidad, crear intereses vinculados a la dependencia y dotarlos de un pensamiento acorde, controlar el periodismo y todos los medios de información, enfrentar proletariado y burguesía cuando son sólo incipientes para impedir el surgimiento de los dos, manejar la cátedra, elaborar o destruir los prestigios políticos o intelectuales o morales, y orientar toda la enseñanza, disminuir la fe en el país y en sus hombres, proponer modelos imposibles y ocultar los posibles, son las variadas técnicas de esa colonización para que la semicolonia no se independice y construya su economía en razón de sus verdaderas posibilidades que la llevan a la liberación”

Después de leer este párrafo y sabiendo que en 2009 el gobierno nacional creó la Universidad Nacional Arturo Jauretche para promover las ideas de este señor nos confirma que en Argentina tenemos un serio problema cultural: una notable incapacidad de comprender la realidad.

La paradoja es que si alguien se propusiera compilar el catálogo de zonceras argentinas debería incluir no sólo a este manual sino también al resto de la bibliografía jauretchiana. También debería incluir los escritos de muchos de sus discípulos, un grupo inmune a la lógica y al análisis de la evidencia. Entre ellos, Mario Rapoport, un economista, historiador y especialista en relaciones internacionales doctorado en la Universidad de la Sorbonne (París).

Recientemente Rapoport, que es profesor emérito de la UBA e investigador del CONICET, escribió un artículo en Página 12, órgano oficial de comunicación de las zonceras vernáculas, en el que pretendió refutar al historiador Roberto Cortés Conde. La disputa entre ambos concierne las causas de la decadencia argentina. Según Rapoport, no fue el peronismo el que condenó a Argentina a su decadencia secular como alega Cortés Conde. Hasta 1975 veníamos fenómeno, dice. Fue la implementación de políticas “neoliberales” por el Proceso y los gobiernos que lo sucedieron la que condenó al país a caer en los rankings mundiales de PBI per cápita. A partir de 1976, explica don Mario, se revirtió un fuerte proceso de industrialización que había sostenido un extraordinario crecimiento de la economía argentina desde 1945. Se trató de un intento “de volver al pasado agroexportador de endeudamiento externo y apertura total de la economía”. Rapoport concluye su artículo explicando que “desde 2015 la vuelta del neoliberalismo creó la fantasía de poder llegar a ser un hipermercado del mundo, acentuando la desindustrialización y conduciendo a la crisis actual”.

Esta tesis es tan burda que merece estar en los primeros puestos de cualquier ranking de zonceras argentinas. En primer lugar, Rapoport nunca explica que es una política “neoliberal”. De su artículo uno podría deducir que, en su opinión, se trata de una combinación de apertura comercial con endeudamiento externo y fuerte sesgo anti-industrial. El primer criterio permite descartar por completo la idea de que Argentina es un ejemplo de la implementación exitosa de políticas neoliberales ya que, aun hoy luego del supuesto “neoliberalismo” de Macri, sigue siendo uno de los países más cerrados al comercio internacional. El segundo implica una contradicción, ya que el endeudamiento público surge de la acumulación de déficit fiscales, lo que a su vez implica que el gasto público excede a los ingresos, lo cual es un anatema para lo que usual e incorrectamente se denomina “neoliberalismo”. En tercer lugar, la industrialización no necesariamente tiene que ver con la ideología ni tampoco con la decadencia sino más bien con el costo relativo de los factores de producción. Estados Unidos y Reino Unido, que supuestamente bajo Reagan y Thatcher iniciaron la era “neoliberal” que tanto deploran Rapoport y sus acólitos, se “desindustrializaron” pero mantienen en 2019 la misma posición en el ranking mundial del PBI per cápita que tenían en 1980. El otro ogro neoliberal del progresismo es Chile. Otro artículo reciente de Página 12 nos explica que la crisis por la que atraviesa el país trasandino es una muestra de la “la debacle neoliberal”. Si Chile es el máximo exponente del experimento neoliberal en América Latina, resulta obvio que Argentina no puede serlo. La lista de razones es interminable pero destaco algunas. Primero, Chile tiene acuerdos comerciales con 27 países que representan el 80% del comercio mundial y en 2018 su arancel efectivo fue inferior a 1%. Argentina en vez sigue encerrada mayormente en Mercosur, tiene acuerdos comerciales con países que representan solo el 30% del comercio mundial y un arancel promedio que supera el 12%. O sea Chile es uno de los países más abiertos al comercio internacional y Argentina uno de los más cerrados. Segundo, en Chile la libertad sindical es un derecho constitucional mientras que en Argentina hay sindicato único y afiliación obligatoria. Tercero, desde 1990 en adelante tanto el gasto público, como el déficit fiscal como el endeudamiento público en relación al PBI de Chile han sido significativamente inferiores a los de Argentina. Resulta obvio que el endeudamiento no es una política liberal o neoliberal sino todo lo contrario. A menos que decidan cambiar el significado de la palabra.

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Cuarto, en los últimos quince años Argentina ha ocupado los últimos puestos del ranking mundial de libertad económica mientras que Chile ha estado consistentemente entre los veinte primeros. Quinto, en ambos países el peso de la industria cayó en los últimos cincuenta años, sin embargo en Chile el valor agregado por la industria y la construcción en 2018 representó casi 30% del PBI total mientras que en Argentina sólo 23%.  De hecho, en las últimas cuatro décadas la industria chilena ha crecido a una tasa que triplica la de la industria argentina.

Como consecuencia de la implementación de una política de apertura comercial, desregulación de los mercados, privatización del sistema jubilatorio y disciplina fiscal, la economía chilena ha crecido a tasas muy superiores a las de Argentina. De hecho, si desde 1975 Argentina hubiera crecido como Chile, su PBI per cápita hoy sería equivalente al 85% del de España en vez de ser menos de un tercio. En las últimas cuatro décadas, la zoncera argentina de insistir con una industria protegida, un sindicalismo corporativo y un estado elefantiásico le costó al país el equivalente del PBI de Alemania y Japón.

El principio de no contradicción de la lógica aristotélica enseña que una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Rapoport y sus compañeros de ruta deben elegir entre dos proposiciones: Chile es y ha sido neoliberal desde 1976 hasta hoy o lo ha sido Argentina. Ambas proposiciones son contradictorias. Si aceptan la primera, resulta obvio que no se puede culpar al neoliberalismo por la decadencia argentina desde entonces. Si prefieren la segunda, entramos en terreno orwelliano donde se les da a las palabras el significado opuesto al que tienen. Sea cual fuera la inconsistencia que elijan, resulta obvio que lo que deberían haber hecho los gobiernos argentinos, por lo menos a partid de 1989, es emular las políticas económicas implementadas por Chile. La crisis reciente en este país es otro tema que merece ser tratado por separado.

Volviendo al tema de la decadencia argentina el análisis de la evidencia no deja lugar a dudas. Empezó de manera irreversible a partir de 1947 y se aceleró, como bien señala Rapoport, a partir de 1975. Pero la causa de la decadencia no fue el “neoliberalismo” sino la vigencia de un sistema económico basado en un sindicalismo corporativista y un sector industrial ineficiente y prebendario, ambos sostenidos por un proteccionismo cerril y subsidios estatales. Los intentos fallidos de reformar este sistema también contribuyeron a la decadencia, ya que le agregaron inestabilidad institucional a la economía. Estos intentos fracasaron porque, en su mayoría, pretendieron hacer cambios graduales al sistema recurriendo al endeudamiento externo para paliar los posibles efectos negativos sobre el empleo y la tranquilidad social. En 1979 Armando Ribas describió a esta receta como “monetarismo cum estatismo”. Es decir, la adopción de políticas monetarias restrictivas con altas tasas de interés y políticas fiscales expansivas financiadas con endeudamiento externp. Definir a esta receta como liberal es una zoncera. A lo sumo podría decirse que fue seudo liberal. Su aplicación tuvo como consecuencia extender la vida del sistema económico peronista al que podría definirse como socialismo sin plan, capitalismo de amigos con mercados protegidos y sindicalismo corporativista.

Al promover una industrialización ineficiente y dependiente de insumos extranjeros el peronismo inauguró los ciclos de expansión económica y crisis externa que hasta hoy siguen limitando el crecimiento de la economía argentina. Por otro lado, los intentos fallidos de reformar este sistema agregaron otro factor de inestabilidad e irónicamente extendieron su vida. Con el paso del tiempo, las reformas estructurales incompletas artificialmente sostenidas con deuda externa dejaron al desnudo su inconsistencia temporal generando pérdida de confianza, suba del riesgo país y crisis externa. A los ciclos stop-go del peronismo, le agregamos los sudden stops de gobiernos seudo liberales. Fue una combinación letal para la economía argentina que explica la aceleración de la decadencia en las últimas décadas. Lo mejor que nos podría pasar es que el resto del mundo deje de financiarnos. Es la única manera de que el sistema perverso que gobierna nuestra economía desde 1946 colapse de una buena vez.

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