Hablando de precios: ¿Cuánto vale la vida?

Por Vanesa D’Elia

Por Vanesa D’Elia

Ámbito 4 de agosto de 2022

Desde un punto de vista moral, la vida tiene un valor incalculable. Sin embargo, desde la economía, es posible darle un valor monetario a la vida humana.

Kenneth Feinberg, un prestigioso abogado de Washington D.C. se enfrenta a lo que para él era una tarea sencilla: ponerle un valor monetario a las muertes que ocurrieron en los atentados del 11 de septiembre de 2001. Así arranca la trama de la película ¿Cuándo vale la vida? Desde un punto de vista moral, la vida tiene un valor incalculable. Sin embargo, desde la economía, es posible darle un valor monetario a la vida humana.

El análisis microeconómico deriva el valor de la vida a partir de la disponibilidad a pagar individual por reducir el riesgo de una fatalidad. Por ejemplo, si a un grupo de 100.000 individuos se les preguntara cuánto pagarían por evitar 1 muerte el año próximo (de alguno del grupo, no de una persona en particular) y en promedio dijeran $10, entonces todo el grupo estará dispuesto a pagar $1 millón para salvar una vida. Este concepto se lo conoce comúnmente como valor la vida estadística (VSL, por sus siglas en inglés).

Si bien es fácil de entender, no es fácil de calcular. Una de las razones es que se necesita mucha información para identificar las preferencias de los individuos por el riesgo y por el consumo que permitan estimar una función de demanda. En este sentido, la literatura ofrece dos métodos principales: uno basado en encuestas, que se crea un mercado ficticio (para la vida) y otro basado en mercados reales. Sobre este último, uno de los métodos más usados utiliza información del mercado de trabajo para valorar el riesgo. Más precisamente, se calcula la variación del salario según los niveles de riesgo de muerte asociados a cada tipo de trabajo. Así, el mayor salario promedio que un trabajador requiere para hacer una tarea que es más riesgosa que otra podría pensarse como la disponibilidad a pagar del individuo para tener menos riesgo de una fatalidad. Esta técnica, conocida como salarios hedónicos, requiere la aplicación conocimientos econométricos específicos.

Dada esta dificultad, un camino que se suele utilizar es la transferencia de los VSL calculados en estudios ya existentes. Sin embargo, el valor económico resultante podría no ser adecuado para una realidad en particular. El VSL no es universal, depende de cada sociedad y de cada época. Pero a no desanimarse, la literatura nos ofrece un método alternativo. Este enfoque (distinto al de reducción de riesgo) se basa en el concepto de Capital Humano y es la técnica que Kenneth pretende seguir para llevar a cabo su tarea.

Se trata de una técnica actuarial que calcula el VSL en base a la productividad perdida por el hecho de que una persona muera prematuramente. ¿Qué variables intervienen en el cálculo? En la versión más simple, la fórmula necesita el flujo de ingresos laborales futuros y la probabilidad de que el individuo se encuentre viva para obtener esos ingresos en cada momento del tiempo. Los ingresos futuros se proyectan según una tasa de crecimiento real y se descuentan a una tasa de interés que refleja el valor social del consumo presente.

Siguiendo esta fórmula, alguien con mayores ingresos tiene un VSL mayor que un individuo con ingresos más bajos, o los ancianos tienen menor valor que los más jóvenes con similares características. Y esto es así porque según este enfoque, tienen aporte económico diferente en la sociedad.

Kenneth tenía una fórmula impecable, pero en un momento comienza a dudar de esa exactitud que le daba la matemática. Lo cierto es que no hay procedimientos perfectos para encontrar la equivalencia en dinero de una vida. De hecho, el enfoque de la disponibilidad a pagar resulta en un VSL mayor que el actuarial porque además del valor de la producción perdida, el cálculo incluye el valor de la desutilidad que significa perder la vida.

A modo de cierre, calcular el valor de la vida es importante. No sólo es útil para un juez que debe decidir una indemnización ante una fatalidad, sino que también para los gobiernos al momento valuar proyectos de políticas públicas que signifiquen menos fatalidades en la sociedad. Y este es un desafío para nuestro país.

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Vanesa D’Elia

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