El mundo, de cara a la pandemia: El equilibrio entre libertad y seguridad, en vilo

Mariano Turzi

Por Mariano Turzi

Clarín. 18 de marzo de 2020

¿Qué efectos tiene una pandemias sobre el orden social? Si bien depende del tipo de agente patógeno, la historia nos ofrece valiosas lecciones acerca de la intersección de medicina, defensa, política y economía.

La plaga de Atenas devastó la ciudad-estado en el segundo año de la Guerra del Peloponeso en el 430 a. C. El origen de la epidemia ocurrió en Etiopía y a través de Egipto y Libia entró en Atenas a través de la ruta comercial hacia el puerto del Pireo.

El gran historiador griego Tucídides dejó registrado que “la catástrofe fue tan abrumadora que los hombres, sin saber lo que sucedería a su lado, se volvieron indiferentes a todas las reglas de la religión o la ley”. La plaga tuvo serios efectos en la sociedad ateniense: las leyes se volvieron más estrictas y dieron como resultado el castigo de los no ciudadanos.

Las personas dejaron de temer a la ley ya que sentían que ya estaban viviendo bajo una sentencia de muerte. Se negaban a comportarse honorablemente porque la mayoría no esperaba vivir lo suficiente como para disfrutar de una buena reputación. Comenzaron a gastar dinero indiscriminadamente como sentían que no lograría vivir para disfrutar de los frutos del ahorro. Otros, inesperadamente, se hicieron ricos heredando la propiedad de sus familiares muertos repentinamente.

La Peste Antonina, a veces conocida como la Peste de Galeno, estalló en el año 165, en el apogeo del poder romano durante Marco Aurelio. La epidemia probablemente surgió en China poco antes de 166 y se extendió hacia el oeste a lo largo de la Ruta de la Seda por barcos mercantes que se dirigían a Roma. Fue un punto de partida para comprender el declive del Imperio Romano: un menor crecimiento de la población condujo al reclutamiento militar de más campesinos y funcionarios locales, lo que resultó en una menor producción de alimentos y disminuyó las capacidades administrativas, debilitando las capacidades de Roma para defenderse de los bárbaros.

Durante el emperador Justiniano I tuvo lugar uno de los peores brotes de peste, que cobró la vida de millones de personas. Llegó a Constantinopla en 542 originada también en China y el noreste de India. La yersinia pestis atravesó la región de los Grandes Lagos de África a través de rutas comerciales terrestres y marítimas hasta Egipto. La rata negra, que viajaba en los barcos de grano y los carros enviados a Constantinopla como tributo, fue el huésped de la pulga que extendió el contagio.

El episodio de la peste contribuyó al debilitamiento del Imperio Bizantino: a medida que la enfermedad se extendió por todo el Mediterráneo: el comercio en todo el imperio se vio interrumpido. En particular, el sector agrícola quedó devastado. Menos gente significaba menos agricultores que producían menos grano, lo que hacía que los precios se dispararan y que los ingresos por impuestos bajaran. Como resultado, la capacidad del imperio para resistir a sus enemigos se debilitó. En 568, los lombardos invadieron el norte de Italia y los árabes tomaron posiciones en las provincias romanas del norte de África.

Las similitudes son muchas: contexto ambiental para la introducción de nuevas enfermedades (cambio climático), competencia entre grandes potencias (el Centro de Virologia dependiente de la Academia China de Ciencias investiga armas biológicas y tiene sede en Wuhan), extensas redes comerciales (globalización), dietas pobres que requieren proteína animal (¿hubo un murciélago vector?), falta de medidas sanitarias (mercados al aire libre), ciudades superpobladas como epicentros de transmisión de enfermedades y rutas comerciales trasnacionales terrestres y marítimas que conectan las ciudades con provincias periféricas (Wuhan).

En la antigüedad, los escenarios post-pandemia ocurrieron cambios sociales y políticos profundos, decidieron guerras, derrumbaron gobiernos y revirtieron patrones de riqueza y poder.

La reacción del mundo posmoderno a un virus relativamente poco letal es histéricamente similar a la de sociedades pre-modernas. El pánico alimenta el s salvajismo nihilista o el fundamentalismo supersticioso.

La desesperación frenética corroe las bases del orden social y la civilización. Y restaurarlas puede implicar un nuevo equilibrio entre libertad y seguridad.

Mariano Turzi es profesor de Relaciones Internacionales (UCEMA)

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