Cuando prevalece la política de la presión

Mariano Turzi

Por Mariano Turzi

Clarín 7 de agosto de 2020

La pandemia mundial ha acelerado el consenso académico y político sobre la dinámica cada vez más conflictiva de los asuntos mundiales y el retorno de las rivalidades entre las grandes potencias. La cooperación ha caído y el diálogo debilitado.

Los intereses son cada vez más incompatibles, las ideas más irreconciliables y las instituciones internacionales más irrelevantes. No parece posible sentar a las potencias sobre la mesa, mantenerlas en sus asientos o encontrar un terreno común para las soluciones multilaterales.

Centrando el análisis en las relaciones entre las potencias que compiten por el futuro del orden internacional, es fácil pasar por alto que son fundamentalmente diferentes a las relaciones que esas grandes potencias establecen con los actores más débiles del sistema. Para los Estados más pequeños, la política del poder equivale a una política de la presión.

Las asimetrías crean perspectivas fundamentalmente diferentes en las relaciones internacionales. Los Estados más débiles -desde América Latina hasta África y el Sudeste Asiático- están más preocupados por que se respete su identidad que por aspirar a ser una gran potencia.

Sus políticas exteriores se basan más en la preservación de la autonomía que en la maximización del poder. El principio rector de estos países en la post-pandemia será preservar sus objetivos en un entorno internacional cada vez más restrictivo y hostil. Mantener capacidad de maniobra es más importante que construir una coalición para balancear a Washington o a Beijing.

Para los Estados más pequeños del sistema, la era de renovada competencia global es alarmante no por cuál vaya a ser su resultado final; sino por los efectos que se manifestarán durante su desarrollo. Inmersas en un juego de alto riesgo, las grandes potencias tendrán más capacidad y voluntad de infringir los intereses de los actores con menores grados de poder.

Los intereses mutuos se perderán cada vez más en las rigideces de un juego global de suma cero. Esto debilita las tres principales vías de avance de la autonomía: la distancia, la participación y la diversificación. Más competencia de poder significa que más temas de la agenda global serán capturados por la dinámica de la rivalidad.

El cambio climático, los derechos humanos o los estándares tecnológicos se convertirán en campos de batalla bilaterales de un enfrentamiento multidimensional. Se absorberá en un espiral de polarización cualquier espacio para la agencia creativa, la autarquía parcial o la diplomacia no alineada.

La participación en instituciones internacionales o la adhesión a regímenes internacionales se verán a través del prisma maniqueo de alineamiento o enfrentamiento y se decodificarán como acciones que sustentan los principios del orden liberal internacional o iniciativas que tratan de sentar las bases de uno alternativo. La diversificación -ya sea en las cadenas de valor mundiales, en los acuerdos comerciales o en las alianzas de seguridad- ya no se considerará un intento de reducir las asimetrías con respecto a los países poderosos sino un esfuerzo voluntario y deliberado de socavar al lado no favorecido.

Esta era de la política de la presión se traduce en una mayor inclinación a la negación en lugar de la negociación por parte de las grandes potencias. También implica una probabilidad mucho mayor de intimidación incluso para los países que han optado por el alineamiento.

La intensificación de los conflictos dará lugar a una dinámica mundial de presión no sólo por un imperativo expansivo, sino también por el aumento del miedo -real o percibido-. El retorno a una mentalidad de la “teoría del dominó” que reducirá a los países pequeños a ser atraídos por la afinidad a Estados Unidos o sucumbir a la sugestión de Beijing.

Mariano Turzi es profesor de Relaciones Internacionales (UCEMA-Universidad Austral)

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