Una economía vulnerable y a la espera

Por José Dapena

Clarín. 10 de febrero de 2019

Enero sorprendió con la noticia de que la formación de activos externos netos acumulada entre 2017 y 2018 asciende a más de US$59.000 millones (incluye los dólares hacia el “colchón”) y refleja que el argentino promedio no es tonto en materia económica: confía, pero se asegura.

¿Tenemos en Argentina una economía normal? Si bien el adjetivo es difícil de definir en un mundo disruptivo, se puede evaluar si lo que pasa localmente sucede en la mayoría de los países a los cuales deseamos parecernos.

No es normal una economía con persistencia de inflación. Destruye el mercado de crédito, la confianza en la moneda, los proyectos de largo plazo y estimula la incertidumbre en precios y costos. Sin embargo, desde 2009 en adelante, una vez que se agotaron los beneficios de la capacidad instalada ociosa como producto de la crisis de 2001, el exceso de emisión de dinero se ha trasladado a una inflación persistente, con promedio mayor al 25% anual (y excluyo los trece ceros de inflación de los últimos setenta años). Como referencia, en 1997 la moneda brasileña equivalía a un peso y a un dólar. Actualmente se necesitan 38 pesos para comprar un dólar, pero solo 3,8 reales.

No es normal una economía donde el gasto público en relación al PBI es tan alto, sobre todo considerando que la productividad del empleo en el sector público es menor que en el sector privado, y que este último es generador de crecimiento a largo plazo. Sin embargo, en estos años hemos visto incrementarse la cantidad de ciudadanos que reciben un cheque por parte del Estado.

No es normal una economía con una complejidad y carga impositiva significativa; desalienta la inversión, la actividad privada, la generación de empleo y el crecimiento. Se necesita generar exportaciones, trabajo y ahorro, y paradójicamente los tres tienen una alta carga impositiva.

Existe doble o triple imposición (dos o más impuestos sobre la misma base imponible) e impuestos al cuadrado (impuesto sobre impuestos). A nivel corporativo el trabajo, por ejemplo, se encuentra gravado por impuestos al trabajo y por impuesto al valor agregado, pero no termina allí, ya que al impuesto al trabajo también se le cobra IVA. Por otro lado las ventas de una firma se encuentran generalmente gravadas por IVA, ingresos brutos y tasas municipales. Todas las transacciones bancarias se encuentran alcanzadas por el impuesto a los débitos y créditos. En lo que hace a renta del capital, motor genuino de la inversión privada, se encuentra afectada por la inflación, ya que el impuesto a las ganancias grava ganancias nominales (impuesto a renta financiera por ejemplo grava en 2018 intereses de plazo fijos que rindieron en promedio 30% anual con inflación de 47%; esto en empresas es moneda común, con la diferencia que la tasa impositiva es 35% y no 5%).

Tampoco es normal el sistema de retenciones, anticipos y pagos a cuenta, donde el recaudador traslada parte de sus obligaciones a las empresas y bancos, haciendo incurrir en costos operativos y responsabilidades que no son retribuidos. Adicionalmente, el sistema de anticipos significa prestarle dinero por anticipado al Estado, con el agravante que, en caso de no cumplir, se cobran intereses. ¿Se entiende? El Estado les cobra intereses a los que no le prestan dinero.

El marco previsional y laboral que rige la legislación argentina es antiguo, y no es normal que los sindicatos manejen obras sociales (prebenda otorgada por un gobierno de facto). Tampoco es normal una economía que exporta poco más del 10% de su PBI, cuando la media a nivel internacional es superior al 35%.

La falta de normalidad tiene consecuencias, como la que abre esta nota, o la alta informalidad económica como defensa en el plano impositivo y laboral, o una menor inversión. Desde 2011 que la economía argentina no crece, perdiendo representatividad a nivel internacional, y las anomalías mencionadas no han hecho más que acentuarse. Una cuenta corriente deficitaria, emisión de moneda y mayor presión del Estado sobre la economía aún con un déficit fiscal bastante significativo, amplificaron fuertemente los efectos de la retracción del financiamiento a emergentes de 2018. El efecto fue la inflación, la devaluación y la caída del PBI.

La reacción fue el auxilio del FMI con un plan monetario y fiscal consensuado, con eje en equilibrio fiscal y emisión controlada de dinero. Con el acuerdo, el Gobierno se aseguró financiamiento hasta las elecciones. ¿Los problemas están resueltos? No, ya que las anomalías persisten. Sin embargo, la reacción se dirige en el camino adecuado.

En el plano fiscal, el anuncio de déficit primario cero es buena noticia, pero queda ver si es suficiente para convencer a los mercados financieros, ya que habría un déficit financiero del 3% del PBI, que debe cubrirse con emisión adicional de deuda. Sin embargo, parte de esa deuda es intraestatal, que alivia parcialmente al problema. No es menor el hecho de que el plan fiscal tenga el respaldo de la comunidad internacional, expresado en el acuerdo con el FMI y que, de a poco, se ve reflejado en el riesgo país.

En el plano monetario, el esquema de control de agregados monetarios para contener a la inflación tendría un efecto positivo en diciembre que, de mantenerse en el tiempo, contribuiría a mejorar las perspectivas respecto de la evolución de la inflación. Queda ver si se recupera la demanda de dinero a partir de la caída de la inflación y de la tasa de interés (aunque los pasivos remunerados del Banco Central le dan una cierta dosis de inestabilidad al sistema).

En el sector externo, la cuenta corriente comienza a dar señales de mejora, aunque principalmente por una caída de las importaciones producto de la recesión. Las perspectivas de la cosecha en el primer semestre ayudarían, quedando para el segundo semestre una eventual dolarización de cara a las elecciones.

Los cambios sugieren un camino hacia una mayor normalidad, sin por ello dejar de lado los verdaderos cambios que se necesitan en la economía.

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