Evitar lo peor, pero aún están pendientes los problemas de fondo

Emilio Ocampo

Por Emilio Ocampo

Clarín, 16 de octubre 2018

Por su relación con Donald Trump y el manejo en rol protagónico de la política exterior, el presidente Macri negoció hábilmente el préstamo con el FMI. En el corto plazo, esto evita la hiperinflación y el default. Sin embargo, no resuelve los problemas de fondo de la economía argentina. 

Haber conseguido la asistencia financiera del FMI para evitar la profundización de la crisis es un gran logro del Gobierno, especialmente del presidente Macri, protagonista central de la política exterior. El apoyo de Donald Trump fue clave para conseguir esa asistencia. A nivel global, el Presidente norteamericano tiene buenas relaciones personales con tres líderes. Uno de ellos es Macri.

Sin embargo, hay dos problemas. Primero que la crisis es, en parte, consecuencia de las políticas adoptadas por el Gobierno. Segundo, la receta que proponen Macri y el FMI para salir de ella, en el mejor de los casos a corto plazo, evita la hiperinflación y otro default pero no resuelve los problemas de fondo de la economía argentina.

Así lo demuestran las proyecciones del propio FMI. En abril y en octubre de cada año este organismo publica el World Economic Outlook que incluye proyecciones macroeconómicas para los próximos cinco años de sus 194 países miembros. El último fue publicado hace unos días. Es interesante analizar sus predicciones para la economía argentina.

Lo primero que surge de este análisis es que usando cualquiera de las metodologías habituales (precios constantes medidos en pesos y PPP o corrientes en dólares) y en relación a los ocho países más relevantes de América Latina (Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, México, Paraguay, Perú y Uruguay), la economía argentina es la que crecerá menos entre 2018 y 2023.

La tasa de crecimiento de esos países será, en promedio, tres veces superior a la de Argentina. No sólo eso sino que en 2023, el PBI per cápita de Argentina a precios constantes en pesos será 1,2% inferior al de 2015 (y 4,1% inferior al de 2011).

Lo curioso es que estas proyecciones se sustentan en un fenomenal aumento de la tasa de inversión (de 17,6% del PBI en promedio en el período 2008-2017 a 30,3% en 2018-2023).

Este paupérrimo crecimiento significa que la larga decadencia argentina continuará. Según las proyecciones del FMI, Argentina caerá de la posición 54 en el ranking de PBI per cápita que ocupaba en 2015 a la posición 75 en 2023.

Si comparamos la evolución de otras variables económicas para Argentina y esos ocho países las conclusiones son igualmente deprimentes: entre 2018 y 2023 habremos tenido la mayor tasa de inflación y, al final de ese período, tendremos una de las tasas de desempleo más altas y el gasto público más alto (en relación al PBI). Eso sí, tendremos superávit fiscal.

La primera pregunta que se hace el lector es hasta qué punto estas proyecciones son confiables. La respuesta obvia es que ninguna proyección macroeconómica a cinco años es confiable.

En 2013, el FMI pronosticaba un PBI per cápita de US$13.422 para 2018, mientras que hoy estima que alcanzará apenas US$10.667. Si algo se puede decir de las proyecciones del Fondo es que, en general, pecan de optimistas.

La segunda pregunta, y la más importante, es: ¿cómo es posible que según estas proyecciones, después de ocho años, los argentinos seamos más pobres que al final del kirchnerismo?

La respuesta también surge de las proyecciones del FMI. Mientras que en el período 2008-2015, el gasto público alcanzó en promedio y según la metodología del FMI, 36% del PBI, durante el período 2016-2023 alcanzará, en promedio, 39% del PBI. Además, mientras que en 2023 para Argentina el gasto público representara 36,2% del PBI, para el promedio de los ocho países mencionados es sólo 27,6%. Es decir, no se habrá resuelto uno de los problemas centrales de la economía argentina: el enorme gasto público (que las cifras del FMI subestiman), piedra basal del sistema populista.

Dicen que hacer siempre lo mismo y esperar un resultado distinto es una señal de locura (yo diría más bien de estupidez). Insistir con un populismo redistributivo, ineficiente y derrochón con la soja a mitad de precio garantiza el estancamiento por más que se elimine la corrupción.

Desde el punto de vista económico, el gradualismo con deuda fue la peor estrategia que se podría haber adoptado en diciembre de 2015, ya que implicó mantener los rasgos esenciales de un sistema que hace 70 años nos condena a la decadencia al costo de una creciente vulnerabilidad externa. Sólo un milagro nos podía salvar de una crisis.

El futuro de la economía argentina no está determinado por las proyecciones del FMI sino por las políticas que adopte el Gobierno y valide el electorado.

Para revertir la decadencia es necesario que los argentinos trabajen más (y mejor) y que inviertan más (y mejor). Si no desmantelamos el sistema populista –reduciendo el gasto público y los impuestos, desregulando la actividad económica y reformando las leyes laborales– es imposible que eso suceda.

Quienes creen que estas medidas eran políticamente inviables porque la oposición radicalizada hubiera “incendiado” el país se equivocan, porque el gradualismo no eliminó la probabilidad de ese escenario sino que la aumentó. Y los “incendiarios” ahora están más motivados y cuentan con más argumentos y apoyo. Es posible un futuro distinto al que proyecta el FMI pero requiere un cambio de políticas. Cambiemos.

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