Malvinas, deseos e intereses

Andrés Cisneros

Por Andrés Cisneros

Clarín 28 de abril de 2020

Vicente Palermo es muy inteligente y ha escrito un libro notable sobre Malvinas. Por ello, urge que, cuando lo consideremos equivocado, nos atrevamos a señalárselo, como sucede con su artículo publicado en Clarín el pasado 2 de abril.

Empecemos por criticarle la conclusión: aceptar los deseos de los isleños supone que inmediatamente pedirán la autodeterminación, con lo que terminada toda discusión y adiós al reclamo argentino. Sostiene que, si la cuestión es “respetar los intereses de los isleños, un modo razonable de hacerlo es preguntarles qué desean”, reduciendo a los argentinos a la incómoda posición de la gallina a la que el cocinero solicita que sea tan amable de introducirse en la cacerola.

Argentina acepta respetar los intereses, mas no los deseos de los isleños. Si tienen deseos, que se los transmitan a los británicos, ellos son los que los representan ante el mundo. La sociedad malvinense se conecta con el mundo a través de la soberanía británica, no de una soberanía por separado. Tierra del Fuego podría desear fervientemente convertirse en chilena, pero no lo permitiríamos porque los territorios subnacionales no tienen ese derecho.

A Malvinas, los británicos las consideran como un territorio de ultramar, en situación subnacional finalmente similar, en el mejor de los casos, a una provincia. De sus intereses y de sus deseos en el mundo se ocupa Londres, no Port Stanley. Ni gobernador propio eligen, se los mandan cada tanto el Foreign Office, trece hasta ahora, y nunca es un isleño, ni nativo, ni siquiera un residente. Sus “deseos” no parecen incluir mucha independencia política que digamos.

Además, después de 1982 los ex kelpers son ciudadanos británicos, y si accediéramos a sus deseos, los convertiríamos en juez y parte, algo inaceptable al menos para el entero derecho occidental, que es de lo mejorcito que hay.

Palermo participó destacadamente en un documento titulado “Una Visión Alternativa”, aparecido en 2012. Allí, diecisiete intelectuales proponen abiertamente la aceptación de los deseos de los isleños. Su prácticamente nula repercusión en la opinión pública puede servirnos para testear el calado de tal propuesta, pero contamos con otras mensuras objetivas: no se conoció que las firmas aumentaran y la prensa británica no consideró valioso difundirla más que como una curiosidad.

Palermo ha efectuado aportes muy valiosos al tema Malvinas, que me temo no aumentan tomando esta posición por los deseos. Completa el trabajo con un lúcido paneo de lo que considera las cuatro salidas posibles: “el reclamo, el arbitraje, la fuerza y la negociación bilateral”.

Siendo que él mismo señala que tres de ellas ya han fracasado, solo quedaría el arbitraje, una contienda de puro derecho que el Reino Unido siempre ha esquivado. Y afirma, no sin sorprendernos, que nuestros derechos no son mejores que los británicos y que ambas partes están flojas de papeles. No tiene razón, pero acá no se cuenta con suficiente espacio.

No importa si analizamos cuatro o cuarenta posibles caminos de salida. Argentina está tan débil en el mundo y tan enfrentada internamente que equivaldría a alguien que estudia por cuál portón ingresar a un garaje pero está sentado en un auto sin combustible. No tenemos la fuerza.

Malvinas tendría solución solo si reunimos dos condiciones. Una, asociarnos con Brasil, Uruguay y, lateralmente, con Chile para que cualquier cosa que suceda en el Atlántico Sur deba contar con la aprobación de esa entente, vinculando la negociación por Malvinas a la del destino final de la Antártida, donde nunca hay que olvidar que Gran Bretaña aspira al mismo sector que nosotros, precisamente alegando su cercanía soberana en Malvinas. Y la otra y principal condición, en diez períodos presidencial, es recuperar el peso en el mundo que nunca debimos perder, con un PBI semejante al brasileño y alianzas un tanto mejores que Maduro, los Castro o Hassan Rohani. Lo demás es ruido.

Andrés Cisneros, abogado y analista internacional, fue vicecanciller en la presidencia de Carlos Menem.

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