Las raíces marxistas de la presunta ganancia extraordinaria del campo

Manuel Alvarado Ledesma

Por Manuel Alvarado Ledesma

Clarín. 28 de junio de 2020

Hoy, la pretensión de avanzar, aun más, sobre la actividad privada por parte del Estado es una muestra clara de la vocación de poder con sesgo absolutista de aquellos gobiernos conocidos como progresistas. En el actual gobierno advertimos signos evidentes de tal pretensión. Parce obvio su interés en ingresar en la cadena agroindustrial e intervenir en el mercado agrario.

El progresismo, con influencias marxistas, ha equivocado el sentido de las ideas de David Ricardo. Que el pensamiento de este gran economista inglés siga vigente responde a su atinado análisis sobre las ventajas comparativas en el comercio internacional (1817).

Su análisis ha inducido al desarrollo de los pueblos mediante la apertura comercial. Tal apertura, dentro de algunos límites según sean las características y tamaño de cada país, ha permitido una notable mejora en la calidad de vida de muchos países. Lamentablemente, permanece en buena parte de la dirigencia su teoría del valor-trabajo que es la que inspira parte del libro “El capital” de Marx.

Para el marxismo, la cuestión de la renta gira en torno a la apropiación por parte del terrateniente de la porción el ingreso que excede la “ganancia normal”. Sostiene que la renta agraria proviene de la intervención de una “fuerza natural” que no es resultado del trabajo humano y que tampoco es reproducible. Así las cosas, se generarían ganancias extraordinarias.

En suma, Marx cree que esta “fuerza natural”, monopolizada o a punto de serlo, permite una ganancia extraordinaria que se convierte en renta de la tierra para el terrateniente.

Las ideas de Ricardo presuponen que la producción agropecuaria no exige inversión e incorporación de innovación y tecnología. Además, se sustentan en que la tierra no se degrada y que la oferta de tierra es inelástica, es decir que es fija. Hay que recordar que éstas fueron desarrolladas más o menos por los años de la independencia de nuestro país. Resulta increíble que todavía hoy condicionen muchas de las políticas económicas. Han pasados doscientos años.

En su libro “Principios de economía y tributación” sostiene que “el interés del terrateniente siempre es opuesto al de todas las demás clases de la sociedad. Su situación resulta más próspera cuando los alimentos son escasos y caros, mientras que para los demás es un gran beneficio tener alimentos barato.” Recordemos que en la Inglaterra de aquellos tiempos, donde la posibilidad de acceder a la propiedad de la tierra era casi imposible, recién comenzaba la revolución industrial.

Esta es la base de la teoría del valor-trabajo de Ricardo que fue refutada décadas más tarde por los economistas que le siguieron. También lo han hecho con el economista John Maynard Keynes.

El pensamiento de Keynes fue adaptado a las necesidades políticas del momento. Así pudo argumentarse que su libro “Teoría General” fundamentaba la despreocupación por el excesivo gasto público que deriva en el déficit fiscal, lo que a su vez termina generando inflación.

La mala aplicación de las ideas keynesianas ha llevado a nuestro país a mantener elevados niveles de déficit fiscal. Y éstos a su vez han exigido políticas tributarias en desmedro de la producción y de la productividad agraria. ¡Qué alejadas están estas ideas de la realidad actual!

Entender el agro es comprender que forma parte de una cadena agroindustrial. El agro es el eslabón que induce a la creación de múltiples industrias, tanto aguas arriba como abajo.

Entenderlo, significa saber que la productividad tiene límites aun lejanos. El aporte central no viene tanto de la naturaleza como de la organización, de la innovación y de la tecnología.

Nota de Redacción: el autor es director de Consultoría Agroeconómica.

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