Para el líder mítico, el culpable siempre está afuera

Manuel Alvarado Ledesma

Por Manuel Alvarado Ledesma

Data Clave 15 de julio de 2021

El líder argentino muestra una tendencia a dar dirección e imponer, lo que genera obediencia en lugar de compromiso, algo típico del liderazgo mítico, caracterizado por su inmovilidad frente al cambio al que aprecia como una amenaza

¿Es factible convivir sin instituciones? Sin ellas, no hay posibilidad alguna. Para guiar y limitar las interacciones políticas, económicas y sociales, las sociedades a lo largo de la historia han creado las instituciones.

Las hay informales, como sanciones, tabúes, costumbres, tradiciones, y “códigos de conducta”, así como también formales (constituciones, leyes, o reglamentos). Toda ley, por ejemplo, es una institución formal. Y sortear asiduamente determinada ley es una institución informal. Los actores económicos, la gente, los empresarios, los obreros, los profesionales, etc. actúan ante la incertidumbre según la calidad de las instituciones donde operan. 

También lo hace el líder político y económico. Según sea la fortaleza de las instituciones, formales y, sobre todo, las informales, el liderazgo tiende a ser más o menos genuino. El líder genuino está lejos del papel que cumple el mítico quien asume que toda ley es para los demás.  

A diferencia del genuino, muchos son los ejemplos de líderes míticos de nuestra historia. El líder argentino muestra una tendencia a dar dirección e imponer, lo que genera obediencia en lugar de compromiso,  algo típico del liderazgo mítico, caracterizado por su inmovilidad frente al cambio al que aprecia como una amenaza.  En las últimas décadas, los que ejemplos de míticos son  mayoría en nuestro país.

Mientras el líder genuino posee la capacidad de unir voluntades, con el fin de avanzar en la concreción de proyectos comunes, el mítico es una suerte de ídolo y, en tal condición, cree que está por encima de todos y que, a toda costa, debe convencer de su visión.

El primero hace de la persuasión su bandera y el segundo, de la manipulación, su herramienta. El genuino es auténtico.  Su autoridad viene de su propia conducta y, contrariamente al mítico, se siente a gusto con el debate y es consciente de la transitoriedad de su poder. 

El mítico se percibe a sí mismo como protagonista de la historia; así, habla de refundación en lugar de continuación. Y trata de llevar adelante un proyecto que, por sostenerse en fantasías y en mitos, termina en mal y, para tratar de escapar del final, echa la culpa a otros del resultado de sus decisiones.

El agro, pese a su demostrada competitividad, es el preferido en su elección de culpables. Acusado de ser responsable de la escasez en la mesa de los argentinos, no sólo sufre la mayor carga impositiva sino también suele ser presentado como insensible frente a las necesidades del pueblo.

Al acusar a un eslabón -que es el menos concentrado de todos de los de las diferentes cadenas de valor, compuesto por cientos de miles de argentinos-  recurre a su estigmatización y con ello, el líder mítico despierta multitudes contrariadas, como bien ejemplifica el largo conflicto del año 2008, hoy revivido, por sus medidas y palabras provocadoras.

Con instituciones débiles o contraproducentes, el mítico encuentra tierra fértil para su desarrollo. Por el contrario, el genuino, además de fortalecerse como tal en un mapa de instituciones positivas, puede acrecentar sus bondades y promover nuevas, que con el tiempo, llegan a hacerse carne en la sociedad. Con sus limitaciones, Alfonsín, por ejemplo, en el aspecto político fue un líder genuino que promovió el renacer de la democracia, estable.

Así también, se han establecido instituciones informales (negativas) contrarias al funcionamiento de la República, que en los últimos años, se han arraigado y naturalizado. El abuso de los Decretos de Necesidad y Urgencia es claramente una institución negativa y que muestra la tendencia autoritaria del líder mítico, dispuesto a interpretar a su conveniencia el artículo 99 de la Constitución Nacional.

¿Cuál es el desafío de aquellos que tienen posiciones de liderazgo? Abandonar la mezquina y obsesiva lucha por el poder, a fin de brindar un sentido de propósito común y colectivo, que nos una, tanto como cuando enfrentamos la adversidad como cuando transitamos la normalidad, promoviendo el trabajo colaborativo. Y… ¿cuál es el reto de la sociedad? Limitar y denunciar todo tipo de abuso, para afianzar las instituciones formales e informales positivas.

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Manuel Alvarado Ledesma

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