En la era del “media supression”, ¿qué será de la reputación de China?

Cavalli

Por Patricio Cavalli

El Economista. 18 de marzo de 2020

En el otoño de 1981, un Jumbo de Air France Cargo aterrizó en el aeropuerto de Shanghai -no la Shanghai moderna que conocemos hoy, sino la antigua de edificios coloniales, baños compartidos en la calle y sanpanes en la bahía- con la avanzada cultura francesa descendiendo de sus entrañas.

Unas semanas después, el músico e investigador Jean Michel Jarre presentaría a un público de cientos de miles de personas -en su mayoría oficiales del Partido Comunista de China- sus épicos ‘Concerts en Chine’, una obra maestra de la música y el espectáculo al aire libre.

Desconocido por muchos es lo que ocurrió detrás del evento. La potencia eléctrica consumida por los parlantes, proyectores, rayos laser, cámaras 3D y marionetas gigantes usados por el músico dejaron sin luz a buena parte de la ciudad por unas cuantas horas.

El corte de luz fue tan avergonzante para el Gobierno chino que el líder del partido, Deng Xiaoping, lo utilizó para “demostrar lo errado del plan de infraestructura del Presidente [Ye Jianying]”, quien fue en muy poco tiempo desplazado por Li Xiannian.

El argumento de Deng era que si China no podía mantener las luces encendidas para un concierto de música, mucho menos podría mantenerlas en caso de guerra, o para posicionarse como líder mundial. Y menos, mucho menos todavía, para posicionarse y ser vista como una Nación fuerte, pero serio y responsable en el gran esquema internacional.

Mucha de la estrategia de posicionamiento chino de los últimos cuarenta años se basan en esos ejes directores: China es grande, sí; poderosa, también, pero seria, confiable y responsable. “En Occidente juegan al ajedrez, donde quien gana elimina al otro. En China Jugamos GO, donde siempre quien pierde se queda con algo. No buscamos eliminar a nadie, jugamos a ganar, pero queremos ser un actor y un jugador responsable”, dicen muchas veces los oficiales y diplomáticos chinos a sus interlocutores internacionales. Las palabras clave son “amigos” y “responsables”. Hasta el 31 de diciembre de 2019.

El punto es saber si hoy, en plena crisis global por el coronavirus, esa reputación tan pacientemente construida no se resquebrajará. ¿Qué será del sonriente Xi Jinping parándose frente a la Asamblea General de la ONU en 2020? ¿Pedirá disculpas por no haber tomado medidas a tiempo, por haberse escondido y por haber escondido la gravedad de la situación al mundo? ¿Verá su reputación disminuida, sentirá el golpe en su orgullo y tratará de aprender alguna lección que cambie el curso de la Historia, o se ahogará en la soberbia del “club de los hombres fuertes que gobiernan el mundo por ahora”?

Porque en la era de la hiperconectividad, la reputación no lo es todo, pero es una gran parte.

Según Mariela Mociulsky, CEO de la consultora Trendsity y Presidente de la Sociedad de Investigación de Mercados y Opinión (SAIMO): “Ya sabemos lo difícil que es construir una reputación, y lo fácil que es perderla. Lo que no se sabe con tanta facilidad es cómo medir esa pérdida de reputación a niveles globales y con actores tan grandes como una potencia mundial. Es un escenario fascinante para nuestra actividad poder ver y comprender cómo se puede medir la reputación internacional de un país, y cómo trabajará China en el futuro para volver a posicionarse. En este sentido, la tecnología, las herramientas de ‘social listening’ y otros mecanismos nos ayudarán con el tiempo a conocer cuál es la situación real de la ‘marca China’ y cómo la afecta esta crisis”.

Los países milenarios no se preocupan tanto de los que los afecta hoy, y saben pensar a futuro. Y si bien deseamos que el futuro del dragón sea brillante y próspero, también es esperable que tenga un cambio de actitud.

Que en vez de perseguir a sus ciudadanos con drones y reconocimiento facial, les inculque mejores hábitos de sanidad pública, y les acerque los medios para ponerlos en práctica.

Que no silencie -o desaparezca, o asesine- a los médicos que suenan la alarma a tiempo (Libération), si no que los escuche y sea el Gobierno quien suene esa alarma a tiempo.

Que deje de lado las imágenes de Xi caminando por Wuhan aplaudido por -algunos, muy pocos (AFP)- ciudadanos y repudiado por miles, o las de los médicos y médicas sacándose el barbijo en cámara -lo último que necesitan esos y esas héroes y heroínas es ser objeto propagandístico- y muestre la de sus científicos encontrando la vacuna para la próxima pandemia. Y la produzca y embarque gratis a todo el planeta.

Que el titular de la agencia Xinhua no sea “Xi saluda a los médicos jóvenes que son el futuro y supieron estar dónde la nación y el partido los necesitaba” -y firma, por si a alguien podría olvidársele, recordando que es el titular del Comité Central del Partido Comunista Chino y Presidente de la Comisión General del Ejército Popular de China- y sea la de esos médicos y médicas jóvenes pudiendo votar en libertad.

Que el gesto no sean embarques de barbijos para Italia sino la forma en la que su multimillonario Gobierno va a compensar a los familiares de las víctimas por sus pérdidas, y a la economía del mundo por el desastre.

Que invierta más en investigación que en policía.

Que deje el viejo axioma de “el único objetivo de China es China” y empiece a pensar en objetivos de bien común para un planeta que necesita liderazgos fuertes, pero responsables.

Y el resto del mundo, quizás, debería dejar de genuflexionarse frente al poder de los yuanes, y empezar a reclamarle a China transparencia, responsabilidad, solidaridad temprana y, por sobre todo, libertad y democracia.

Porque acabamos de ser recordados que todas las redes sociales del mundo no salvan vidas, y que -oh, qué sorpresa- las dictaduras matan, intra y extra fronteras. Y que las medidas tardías, el ocultamiento, el ajuste de los hechos para encajar en la narrativa, el “media supression”, los médicos desaparecidos, el “no social media”, la infraestructura “tofu” de medicina, y los miles de muertos no deberían olvidarse tan fácilmente.

Veremos en breve si el mundo está a la altura de exigirle al pretendiente líder mundial lo que claramente todavía no puede dar. No es solamente una cuestión de imagen, es de solidez personal y colectiva. En el Siglo XXI, no sólo hay que parecerlo, también hay que serlo.

“¿Sabe qué pasa, maestro?”, le dijo a este autor el encargado del lavadero de coches de la esquina. “No hay que dejar que manden el mundo estos países subdesarrollados, ¿vio? Usted no se me ofenda por lo que le voy a decir pero a la larga, esto con (Ronald) Reagan no pasaba”. Y quizás por una vez, este hombre y yo estemos un poquito de acuerdo.

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