Elecciones en Estados Unidos: es la convivencia, estúpido

Andrés Cisneros

Por Andrés Cisneros

Infobae 1 de Noviembre de 2020

El país enfrenta divisiones con características de verdadera grieta global, lo que, entre otras cosas, amenaza la subsistencia misma del bipartidismo y la imagen de solidez que transmite

Estados Unidos lleva más de un siglo practicando un muy sólido bipartidismo, al que algunas tercerías finalmente no alteraron. Razones hay muchas, pero una de las principales es el carácter sólidamente asentado de un modelo de sociedad en el cual la discusión se centraba básicamente en las cualidades de gestión de los candidatos que, en última instancia, podían exhibir fuertes diferencias pero sin sacar los pies del plato en el acuerdo social básico. Hasta que llegó Trump. Y el modelo de convivencia parece entrar en cuestión.

Trump se pareció tanto a un tornado en un bazar que ganó la última vez y se candidatea ahora sobre la base de un partido Republicano prácticamente cataléptico. Como resultado, tenemos a un líder muy fuerte al frente de un partido muy débil versus a un partido Demócrata entero que solo pudo producir antes a una poco atractiva Hillary Clinton y ahora a un Biden que dista mucho de un perfil de liderazgo. Un líder sin partido versus un partido sin líder, eso veremos el martes 3 de noviembre.

Hace unos días, una inteligente periodista me comentó: “En el círculo de mis relaciones norteamericanas no conozco a nadie que va a votar por Trump”. Descarto que el caso inverso sería muy probable, apenas uno salte a otro universo de consultas. Esto no ha sido hasta ahora frecuente en la sociedad norteamericana. Tras 229 años de convivencia democrática solo interrumpida por la guerra civil, hoy enfrentan el principio de una inesperada grieta que la campaña electoral viene poniendo tan en evidencia que crecen las sospechas de que, quien quiera que gane, la impugnación del resultado será de una magnitud nunca antes vista en una democracia de tan sólidos antecedentes históricos.

Antes de Trump, de los últimos diez presidentes cinco fueron de cada partido, confirmando que la alternancia es un signo de salud en un esquema de convivencia. Ellos administraron un modelo de raíces largamente anteriores pero que en el último medio siglo podría describirse como democrático, republicano, de ambiciones hegemónicas, más frecuentemente intervencionista que aislacionista, atlantista y, en las últimas décadas, globalizante y tolerantemente multipolar en sus relaciones exteriores.

Hasta que llegó Trump y su America First y Make America Great Again en una versión poco gentil de su tradicional software del Destino Manifiesto, acentuada por un estilo personal avasallante, no siempre necesario. La evidente empatía con líderes considerablemente autoritarios como Vladimir Putin o Benjamin Netanyahu o extravagantes como Boris Johnson pudo aportar evidentes progresos, por ejemplo en la OTAN o en Medio Oriente, pero confirmaron los trazos gruesos de una personalidad poco afecta a tomar en cuenta al sistema institucional del mundo y de su propio país e incluso a sus mismísimos asesores personales, a algunos de los cuales ha maltratado de manera asombrosa.

Seguramente nada más opuesto al perfil de Biden, típico resultado de un largo y meticuloso cursus honorum en la farragosa estructura de ascensos de un partido, que aparece mucho más como un producto casi de marketing que como un líder que haya hecho algo más que los deberes apropiados en días de clase. No es poca cosa: no se llega seis veces a senador y dos períodos vicepresidenciales si se carece de altas capacidades, pero su imagen personal hoy aparece lavada, más propia de alguien que ha prosperado acomodando su voluntad a las circunstancias que a las circunstancias a su voluntad.

La admirable sociedad norteamericana es compleja, pero una explicación gruesa de sus inclinaciones políticas pasa por ubicar a los “liberals” en ambas costas y a los más conservadores en el centro. Llevan más de un siglo debatiendo por ejemplo una mayor o menos apertura al mundo o cuestiones domésticas vinculadas a las razas, las religiones, las sectas, el medio ambiente, el uso de armas o las cuestiones de género e identidad. Y han venido llevando bien ese debate interno, siempre con empuje y muchas veces con gran violencia, pero continuaron conviviendo y eligiendo presidentes sin cancelar la vigencia de la Constitución y los compromisos adquiridos.

Trump ganó hace cuatro años porque supo subirse al profundo fastidio de las regiones centrales, lejanas a las costas, que acumulaban sensaciones de postergación histórica muy acentuadas por la avasallante globalización, que atribuían a la cultura que ellos llaman liberal, a la que sindican debilitando a la Nación y a Occidente. Son apasionadamente patriotas y no carecen de muchos valores, aunque todavía hoy en no pocos lugares de esa America tradicional, devota de la Rifle Association, se discuta el terraplanismo, la existencia de los ángeles o el creacionismo bíblico, que incluso se enseña orgullosamente en algunas escuelas. Si a ello se suma el legítimo agravio porque la globalización hizo cerrar fábricas y fuentes de trabajo que emigraron a México o China, el cóctel explosivo permitió a Trump convertirse en vocero de un sector que, en esos momentos, no pareció sentirse suficientemente bien defendido por el tradicional partido republicano, al que Trump primero ignoró y luego postergó gravemente en el peso de las decisiones. En términos de conducta, con lo bueno y con lo malo, Trump es un evidente populista, solo que limitado por la formidable capacidad institucional del sistema político norteamericano. Con los liberals en las costas y sus oponentes en el heartland central, lo que estamos viendo es a la América de los bordes versus la América profunda, muchas veces muy enfrentados en temas puntuales, pero nunca de manera tan abarcante, como en el concepto de qué país debieran todos aceptar para vivir en el futuro. Innecesario advertir sobre las consecuencias para el resto del mundo si este conflicto cultural interno no consigue resolverse.

Los dos debates presidenciales sumieron a buena parte de la población en una desagradable sorpresa que seguramente dejó preocupados a millones de votantes de ambos lados por la evidencia de un enfrentamiento sin la grandeza que una elección presidencial amerita. Fue una advertencia semanas antes desoída cuando turbas descontroladas destruyeron estatuas de personajes históricos hasta ahora respetados por todos los norteamericanos. Ni Miguel de Cervantes se salvó.

Es la primera vez que, desde la guerra civil, el país enfrenta divisiones con características de verdadera grieta global, lo que, entre otras cosas, amenaza la subsistencia misma del bipartidismo y la imagen de solidez que transmite. Así pone en evidencia el agravamiento de una situación que lo alejaría aún más de ese orgullo norteamericano por la ejemplaridad de sus instituciones, desafiando a una sociedad que comenzaría a temer por su admirable capacidad de convivir en la diversidad, transando sus diferencias dentro del sistema institucional más sólido del planeta.

El autor fue vicecanciller

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