El impacto del fracaso venezolano en el discurso socialista

Fabián Calle | UCEMA

Por Fabián Calle.

Infobae. 7 de febrero de 2019.

La agudización extrema del drama social, económico y humanitario en Venezuela presenta desafíos inéditos y sumamente complejos para los países de la región y del hemisferio. Los tres millones de refugiados económicos y políticos, y el estimado de otros tantos en los próximos 2 años, son solo la punta de un inmenso iceberg. Pocas dudas caben que el regreso de la democracia, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos es una condición básica para iniciar ese largo camino. No obstante, el foco del presente artículo se orienta a uno de los efectos menos debatidos de esta tragedia. Nos referimos al impacto simbólico, político y electoral que tiene y tendrá sobre aquellos sectores que en la región se identifican con discursos progresistas, de centroizquierda y aun de izquierda democrática.

Un segmento importante del electorado de muchos de nuestros países adhiere con algunas de las variantes de estas corrientes. En el caso más concreto de la Argentina, tenemos ejemplos dentro de la Unión Cívica Radical (UCR). Desde el ascenso de la línea interna liderada a partir de la década de los 70 por Raúl Alfonsín, enarboló la idea de una corriente socialdemócrata dentro del partido centenario. Incluyendo el trunco proyecto del Tercer Movimiento Histórico que comenzó a circular allá por 1985, en plena euforia del Plan Austral y que luego se iría desvaneciendo por la crisis económica.

Como siempre nos recuerda la ciencia política, una gruesa anomalía de esta visión es que la socialdemocracia tiene como unos de sus cimientos históricos y activos vitales al movimiento obrero organizado y sindical. De lo cual la UCR en gran medida carecía. En todo caso, las 13 huelgas generales que se dieron entre 1983 y 1989 lo pusieron en evidencia claramente. Asimismo, dentro del peronismo, en sus constantes mutaciones y readaptaciones en su condición del partido del poder, las corrientes de centroizquierda y con discurso progresista estuvieron fuertemente presentes dentro de la llamada Renovación que tuviera sus auge entre 1985 y 1988. Momento en que Cafiero pierde la interna con Menem. Luego encarnaría, a mediados de los 90, en lo que sería el Frepaso y su participación activa en el triunfo de la Alianza, en 1999.

Después de la crisis política desatada en el 2000 por la renuncia del vicepresidente, esos sectores se fueron nucleando en torno a la candidatura de Kirchner, en el 2003, con el apoyo clave y decisivo del peronismo bonaerense. De manera inteligente y dentro de la larga tradición de adaptaciones al momento que le toca vivir, el peronismo se alineó, a partir del 2005, con la orientación discursiva hacia la izquierda que asumió el entonces Presidente como forma de acumulación política y sabiendo leer pragmáticamente los efectos que la crisis del 2001 tuvo sobre amplios segmentos de la sociedad argentina. En especial frente a temas como la apertura económica, la relación con el FMI y los Estados Unidos, etcétera.

Esta tendencia se agudizaría luego de su muerte, dentro del gobierno de ese entonces. El trato más que cordial entre Kirchner y Chávez, la compra de bonos argentinos por parte de Caracas, acuerdos en materia de energía, etcétera, irían, a partir del 2010, tomando más fuerza retórica y de convergencia discursiva con el chavismo y sus aliados regionales. El Brasil de Lula da Silva, de manera inteligente combinaba el respaldo discursivo a estas tendencias con el cuidado extremo en mantener canales de contactos bilaterales fluidos y constructivos con Washington. En otras palabras, Brasilia estaba en el mejor de los mundos. Era bien visto y elogiado por el kirchnerismo, los bolivarianos, etcétera, pero también por Washington, Wall Street y la prensa dedicada a las finanzas internacionales.

El fallecimiento de Hugo Chávez y su sucesión por Nicolás Maduro fueron acompañados por una más clara visualización por parte de la comunidad internacional de crecientes alteraciones en el Estado de derecho. Que se terminó de sincerar con el desconocimiento del régimen de Caracas a la amplia victoria electoral de la oposición en el 2015 y la marginalización de la Asamblea Nacional. Todo lo cual fue coronado con la detención o el exilio de dirigentes opositores y la brutal represión del año 2017 contra marchas y protestas.

El colapso del PBI en más del 50% en los últimos 5 años y una hiperinflación de 1.000.000% en el 2018 y un proyectado de aumentos de precios en 2.000.000% para el presente año completaron ese cuadro dantesco. Frente a todos estos hechos, amplios sectores de la centroizquierda y la izquierda han optado por el silencio y en otros casos, por la relativización. Atribuyendo, por ignorancia o mala intención, los problemas a supuestas sanciones o bloqueos económicos de los Estados Unidos, los cuales recién se han comenzado a efectuar con fuerza en enero del presente año.

Dos banderas claves del discurso progresista de la región fueron a lo largo de las últimas décadas la cuestión de la democracia y la de los derechos humanos. La situación venezolana los obligó a hacer malabares discursivos como la supuesta diferencia entre la democracia real y popular que existiría en Venezuela versus la idea burguesa y capitalista de república y de división de poderes. No casualmente, como acertadamente afirma Andrés Malamud, la línea discursiva de Juan Guaidó presenta fuertes semejanzas con la desarrollada magistralmente por Raúl Alfonsín en la campaña de 1983. Sin olvidar la pertenecía del partido político del joven estrella de la política venezolana al espacio de la Internacional Socialista y no a la derecha. Ni que decir el esfuerzo que han tenido que hacer para omitir o tratar de explicar la militarización de la política en ese país. Mientras que cuando se trata de analizar la situación de los militares en sus países, en Argentina, por ejemplo, estos grupos tienden a ser hipersensibles al rol de lo castrense en cualquier actividad ligada a la seguridad y la vida pública.

En este contexto, uno de los grandes desafíos de los dirigentes y los votantes que se identifican con el campo autodenominado "nacional y popular" y "de izquierda" es hasta qué punto tirarán al bebé con el agua sucia de la bañera. En otras palabras, si hipotecarán sus banderas, historias reales o retóricas, y propuestas, en la defensa un gobierno que ha llevado al colapso a un país con las riquezas naturales y la calidad humana y profesional que tiene y tuvo Venezuela. Como decía el general Perón, del único lugar de donde no hay regreso es del ridículo. Sin olvidar otra máxima del mismo ex mandatario argentino, tal como era que la única verdad es la realidad.

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