Por qué fracasamos

Manuel Alvarado Ledesma

Por Manuel Alvarado Ledesma

Infobae 7 de septiembre de 2020

Los prejuicios sobre el liberalismo han permitido la concreción de grandes males para nuestro país

Es más que evidente el desprecio por el liberalismo en gran parte de la sociedad, que últimamente suele denominárselo “neoliberalismo”. La palabra, como tal, es un neologismo formado por el elemento compositivo “neo”, que significa ‘nuevo’.

No importa si es nuevo o viejo. A mi entender, importa cuál es la filosofía que encierra. Y ¿por qué es despreciado?

En primer lugar, voy a tratar de responder ¿qué es el liberalismo?

Se trata de una filosofía política y económica que aboga por salvaguardar la libertad de la persona humana en las distintas facetas de la vida y se opone a la coerción de terceros sobre las decisiones y acciones individuales, bajo el principio de no agresión. Es decir que la persona, a nivel de derechos y libertades, es entendida como un ser independiente, cuyas asociaciones con otros se realizan voluntaria y pacíficamente.

Los primeros antecedentes del liberalismo se encuentran en la escuela de Salamanca, en el siglo XVI. Formada por un grupo de teólogos, sacerdotes y juristas españoles, a partir del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, introducen avances dentro del humanismo renacentista. Además de la propiedad privada, que defienden a capa y espada, propician la competencia, la libertad económica y la naturaleza dinámica de los mercados.

El liberalismo se vigoriza en Inglaterra, a mediados del siglo XVII, mediante sólidos argumentos en contra de la monarquía absoluta. Es decir del absolutismo y a favor del libre pensamiento. Y se pronuncia claramente por el librecambio y en desmedro del proteccionismo comercial.

Quizás sea Adam Smith quien represente con mayor autoridad esta filosofía dirigida a la promoción del desarrollo económico y a la manera en que las fuerzas del mercado coordinan las decisiones económicas individuales. Sus ideas se enmarcan en lo que, posteriormente, pasa a llamarse la escuela clásica. Con él, comienza el período clásico (1776-1890), junto al pensamiento de David Ricardo y de John S. Mill quienes entienden que los mercados tienden a proporcionar soluciones armoniosas a los conflictos surgidos de la escasez relativa.

En La riqueza de las naciones (1776), Smith muestra gran desconfianza en los políticos. Sí, en los políticos que pretenden dictar normas en favor del bienestar general. Por el contrario, cree en las acciones humanas que, en su vida cotidiana, generan comportamientos sociales favorables al desarrollo. En La teoría de los sentimientos morales (1759), Smith escribe: “El hombre de la más perfecta virtud es quien asocia al más perfecto autodominio de sus sentimientos de beneficio propio, la más exquisita sensibilidad para los originales y compasivos sentimientos hacia otros”.

Aunque no lo crea el lector, Smith propicia la educación pública y gratuita. Porque cree en el hombre. Y afirma: “Con un gasto muy pequeño el Estado puede facilitar, estimular e incluso imponer sobre el pueblo la necesidad de adquirir los elementos esenciales de la educación”. También, escribe: “Cuando más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición. Un pueblo educado e inteligente, además, siempre es más decente y ordenado que uno ignorante y estúpido”.

Es que en rigor, el liberalismo propone que solo aquellos bienes y servicios públicos deben ser brindados por el Estado.

En segundo lugar y finalmente, habrá que preguntarse cuáles son las razones del desprecio. Sin dudas, la sociedad ha sido inducida a incorporar prejuicios y argumentos contrarios al liberalismo. Grandes intereses por parte de quienes buscan el poder, seguramente por el poder en sí mismo, están detrás de este cometido. Y, por supuesto, razones económicas sectoriales.

Los prejuicios sobre el liberalismo han permitido la concreción de grandes males para nuestro país. No es fácil establecer un punto de inflexión en nuestra historia; quizás esté en la irrupción de la Gran Crisis, que de a poco va alejándonos del ideario alberdiano.

A partir de la década de 1940, fundamentalmente, se abandonan las ideas de libertad, gestándose una nueva visión general, con prácticas limitantes al comercio internacional y de escaso respeto a las instituciones inclusivas. Acá es cuando van emergiendo instituciones negativas (no inclusivas) que desprecian el derecho de propiedad para beneficio de algunos y en desmedro de la gran parte del pueblo.

Con visibles rasgos populistas, tanto los gobiernos de extracción democrática como los militares, a lo largo de las últimas décadas, han seguido caminos semejantes en el diseño de sus políticas económicas. El creciente papel del Estado, como consecuencia de las políticas económicas de corte keynesiano, ha sido propulsado por los distintos gobiernos –unos más, otros menos– para el incremento de su poder. La denuncia de Friedrich von Hayek es contundente cuando afirma que los líderes populistas pretenden saber más que los propias personas aquello que le conviene a cada uno; y que terminan, con el paso del tiempo, en determinado formato totalitario o dictatorial.

¿Hasta cuándo insistiremos en el estatismo corporativo? Es decir, en el camino directo al populismo.

La sociedad puede prosperar y mejorar sus ingresos y su nivel de vida solo cuando existen claros incentivos para producir y obtener las ganancias de la cooperación social mediante la especialización y el comercio.

Permítanme finalizar con estas palabras de Mancur Olson: “Cuando existen derechos individuales claros y seguros, hay fuertes incentivos para producir, invertir y embarcarse en un comercio mutuamente ventajoso.”

El autor es economista

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