La derrota de Trump y el retorno a una cierta normalidad

Alejandro Corbacho

Por Alejandro Corbacho

Infobae 11 de Noviembre de 2020

Como hace más de 200 años, el sistema político funciona manteniendo el sano ejercicio de la alternancia entre visiones que son distintas pero reunidas alrededor de un centro

La noche del 3 de noviembre pasado marcó el fin de una larga campaña presidencial que se desarrolló en medio de una pandemia y con extrema pasión. Al mismo tiempo, se generaron posiciones muy polarizadas sobre lo que estaba en juego. El escrutinio finalmente dio por ganador al candidato opositor Joe Biden.

Para derrotar al histriónico candidato Donald Trump los demócratas aplicaron algunas enseñanzas aprendidas de la derrota en las elecciones del 2016. Se alejaron de las posturas extremas dentro de su partido. Propusieron a un candidato proveniente de la política y moderado. Este ex vicepresidente de Barak Obama cuenta con gran experiencia política y fue capaz de atraer a los votantes medios o aquellos que habiendo votado por los republicanos estaban ahora dispuestos a cambiar por una postura y un estilo más sereno.

Frente al sistema electoral cargado de una incertidumbre inherente, lograron captar las preferencias de los ciudadanos que, en esta oportunidad, decidieron hacer valer su voto y fueron a votar, ya sea de modo personal o por correo. Los comicios alcanzaron el récord histórico de participación electoral.

A diferencias de los pronósticos sombríos sobre su futuro, los resultados de electorales mostraron que el partido Republicano sigue siendo robusto. Perdió la presidencia de la nación, pero retuvo su predominio en el Senado. En la Cámara baja tampoco le fue tan mal: no domina el recinto, pero mantiene un número de representantes cercanos al de los Demócratas. En el nivel estadual obtuvo ocho de las 11 gobernaciones en juego. El partido mantiene una fuerte presencia territorial concentrada en el centro y sur del país. Por su parte, los Demócratas agruparon sus votos en las costas, predominaron en las zonas urbanas y recuperaron tres estados del Cinturón del Oxido o Industrial (Pensilvania, Michigan y Wisconsin).

En un régimen democrático funcionando a pleno puede decirse que la llegada de Donald Trump a la presidencia se debió a tres factores. Primero, a que fue exitoso presentándose como candidato de afuera de la política. En segundo lugar, a que identificó la existencia un sector de la ciudadanía con importantes carencias que no habían sido debidamente atendidas por otros participantes de la política. Por último, como respuesta a una necesidad de enfrentar los desafíos provenientes del exterior a la posición global del país. Pero en la implementación durante su mandato recurrió a un estilo áspero, insensible y unilateral. Hoy en día, estos desafíos siguen en pie, pero se necesitan otras aproximaciones y otro estilo de relacionamiento. Es quizás el momento para que el país retome la reconstrucción de poder blando.

La democracia de los Estados Unidos ha dado una vez más una lección de democracia. A pesar de los temores iníciales que veían en Trump un iconoclasta, las instituciones del país resistieron el embate a las que las sometió con el objeto de moldearlas a su gusto. A diferencia de lo que ocurre en nuestras latitudes, quien es electo a ocupar la presidencia sabe que es un ocupante temporal del Poder Ejecutivo. En 2020 Trump no aprobó el examen de las urnas y debe retirarse al término de su primer mandato. Como hace más de 200 años, el sistema político funciona manteniendo el sano ejercicio de la alternancia entre visiones que son distintas pero reunidas alrededor de un centro. Así son capaces de procesar con éxito las tensiones que quieren imponerle desde los extremos, salvaguardan el principio del equilibrio y permiten el control cívico para bienestar de todos sus ciudadanos. De este modo, se retoma el camino de una cierta normalidad.

El autor es director de la Carrera de Ciencia Política de la Ucema

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