Deuda: una renegociación ágil y amistosa para volver a los mercados en 2021

Manuel Alvarado Ledesma / UCEMA

Por Manuel Alvarado Ledesma

Infobae. 11 de diciembre de 2019

Es imprescindible decirlo claramente: el acreedor financiero no está precisamente interesado en la devolución del capital prestado sino en recibir la renta correspondiente. Obviamente, si el deudor demuestra racionalidad en el destino de los fondos y voluntad de pago.

En nuestro país existe un mito popular referido a la codicia del acreedor, que como un ente desesperadamente ansioso por alcanzar ganancias desmedidas, sin ningún límite ético, trata de otorgar préstamos para satisfacer la gula financiera que lo carcome.

La realidad es diferente. Se trata, en general, de inversores institucionales y sus administradores que operan tras la mayor renta posible y, además, que buscan que su capital esté a buen resguardo.

Lógico es que, así las cosas, el acreedor exija que los deudores honren los servicios de su pasivo voluntariamente contraído. Y que lo hagan sin descuidar las condiciones generales que puedan agregar mayor riesgo al inicialmente asumido por el inversor respecto del capital aún no amortizado.

El destino de los fondos es lo primero que éste considera. No resulta igual, por ejemplo, conceder un préstamo en la Argentina que en Dinamarca.

Cuando el instrumento que representa ese compromiso financiero puede transferirse en mercados de capital, la variación de su precio de compra/venta reflejará las percepciones subjetivas del conjunto de agentes intervinientes en el mercado respecto de la evolución del riesgo asumido.

Dos preguntas surgen antes de la concreción de cualquier operación de crédito: ¿Qué espera recibir el acreedor? Y ¿qué espera el que va a recibir el crédito? El acreedor aguarda recibir parte del beneficio que el capital aportado genera en el deudor. Y quien toma prestado espera aplicar los fondos a una actividad que rinda por encima del costo financiero.

Toda deuda legítima tiene un destino favorable al deudor y, también, al acreedor. Toda operación de préstamo encierra una particular forma de asociación, de intercambio o de comercio. Porque, a la postre, se trata de una suerte de sociedad entre dos partes.

Nuestro país tiene un pasado complejo como deudor, que a muchos argentinos avergüenza. Por lo tanto, la medición del riesgo toma en cuenta, muy especialmente, su comportamiento de otrora.

Hoy enfrenta un cuadro delicado. Debe renegociar, teniendo en consideración los compromisos asumidos. A partir de 2020, el Gobierno tendrá que llevar adelante procesos de negociación con los acreedores de su deuda soberana.

La pregunta es si el próximo Gobierno querrá asumir las consecuencias económicas de honrar los servicios de deuda, en un momento donde el país tiene cerradas las puertas a nuevos financiamientos. O, quizás, ¿decide tomar el camino más fácil y atractivo que es el de llevar a los tenedores privados a pagar parte del costo?

Vale recordar el mandato de Alberdi: “Realicen las transformaciones imprescindibles con coraje y determinación. El esfuerzo cuyo fin último no es otro que alcanzar el bienestar general, objetivo de todo Gobierno como un árbol que tiene raíces, como la propia vida, a veces un poco amargas pero que al final da frutos extremadamente dulces”.

En caso de seguir el pensamiento alberdiano, el Gobierno deberá asumir el costo de honrar la deuda. Porque una reestructuración, basada en acuerdo amistoso, abrirá las puertas para un rápido regreso a los mercados, para no caer en default.

En tal caso, necesitará actuar más bien como bombero y dejar para más adelante la prevención de incendios. Tendrá que resolver la coyuntura antes de enfocarse en los problemas estructurales, a los que, sin duda, deberá acometer.

Para tal fin, requerirá que la confianza se restablezca. El equipo de Gobierno será fundamental en tal proceso. Urge contar con un altísimo nivel profesional y, además, con un amplio prestigio. Como Julio César, le dijo a Pompeya: “Señora mía, no basta que la mujer de César sea honesta, también tiene que parecerlo”. Así, deberá reestructurar la deuda de forma ágil y amistosa apuntando a lograr un ambiente de deuda voluntaria para el 2021 y tratar de renovar los próximos vencimientos.

Estos principios, acá recordados, son la piedra angular para un entendimiento mutuamente beneficioso, a partir de circunstancias menos favorables que las originarias.

Muchas de las variables económicas que influirán en la capacidad futura de honrar la deuda no sólo son impredecibles sino, en algunos casos, volátiles. La tarea a desarrollar es grande, más cuando se pone sobre el tapete el cuadro de inestabilidad política y de disturbios de buena parte de la región.

Si se elige el camino alberdiano, el acuerdo deberá sujetarse a una gran prudencia en las estimaciones, con el planteo de soluciones factibles para eventuales escenarios adversos. A ello deberá unirse un presupuesto de utilización de las facilidades solicitadas en la consolidación de un programa macroeconómico coherente y sustentable.

El autor es economista.

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