Deuda soberana: ¿dónde está el plan económico?

Alvarado Ledesma / UCEMA

Por Manuel Alvarado Ledesma

Infobae. 16 de marzo de 2020

Es cierto que la Argentina enfrenta un problema muy serio: la actual deuda soberana opera como una horca. Y el tiempo que queda para ser colgado es breve. La metáfora podrá parecer demasiado trágica, pero creo que ilustra la situación. Han sido años de irresponsabilidad, sin reparar que el pan que hoy come la gente deriva en el hambre de mañana. Es el resultado de la política de exprimir la ubre sin contemplaciones.

Sin embargo, no está en el patíbulo el problema central de este momento. Acá lo que importa es salir de allí, no acercarse a éste. Para salir, se necesita crecer. Y ello exige inversión, la que a su vez requiere, sí o sí, confianza.

Como dice mi colega Héctor Mario Rodríguez, con confianza duradera, el capital financiero para efectivizar cualquier inversión puede provenir de dos fuentes fundamentales. O de acreedores financieros o de accionistas. Los primeros prestan dinero y, como retribución, reciben un determinado interés. Los segundos, en cambio, no aguardan precisamente la devolución del dinero, sino la percepción de dividendos según sea el resultado del destino elegido.

Merced a los mercados de capital, los derechos de estos acreedores y accionistas pueden transferirse o venderse, según sea la voluntad de arriesgar. De allí surge lo que se conoce como “prima de riesgo país”.

Se trata del sobre-precio que paga un país en los mercados para financiarse, en comparación con otro país. Tal sobre-tasa de la deuda pública resulta de la confianza de los inversores en la solidez de la economía del país de que trate. En otras palabras, es la presunción sobre la recompensa que debe recibir cualquier inversor que acepta, por ejemplo, deuda soberana argentina en lugar de estadounidense.

El rendimiento proveniente del valor de cotización de la Deuda del Tesoro de EEUU emitida a través de bonos se ubica por debajo del 1% anual en dólares. El sobre precio que debe abonar nuestro país supera el 20% anual en dólares. Por lo tanto, el Tesoro argentino sólo podría endeudarse si paga una tasa anual que responda a la suma de ambos coeficientes.

La pregunta ahora es qué se requiere para llegar a un acuerdo mutuamente conveniente, tanto para nuestro país como para los acreedores. Es cierto que no se puede pagar con el hambre de los ciudadanos. Pero, también, lo es que los compromisos deben honrarse.

El papa Francisco lo resume al citar a Juan Pablo II, quien durante su pontificado afirmó: “Las deudas deben ser pagadas”, pero “no es lícito exigir o pretender su pago cuando este vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran el hambre y la desesperación a poblaciones enteras”. Entonces… ¿qué? Los negociadores no deben dejarse llevar por la cerrazón mental que deriva en posiciones pasionalmente maniqueas.

Estimo que para cumplir con tal meta es necesario sentarse a la mesa de la negociación con un plan económico, al menos provisorio, que establezca los parámetros centrales sobre los que se guiará el país. A partir de éste, con un comportamiento interactivo, podrán conjugarse los intereses nacionales con los de los acreedores.

Si éste es el camino elegido, hay que poner la proa hacia el Fondo Monetario Internacional (FMI), pues con éste es más sencillo comenzar a acordar. En definitiva es el que otorgará una suerte de “sello de calidad” para avanzar sobre un acuerdo posterior con los demás acreedores. Con el FMI se puede abrir la senda, en camino a la solución del problema.

El autor es Economista y Profesor de la UCEMA (esta opinión no representa necesariamente la de la Universidad).

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Manuel Alvarado Ledesma

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