Bailando en el Titanic

Diana Mondino / UCEMA

Por Diana Mondino

Infobae. 23 de mayo de 2020

Argentina lleva casi 200 años coqueteando con el abismo. En julio de 1824 Rivadavia contrajo el primer empréstito que se terminó de pagar 120 años después. Desde entonces hemos incumplido varias veces más. Sin embargo, aquí estamos. Eso puede llevar a la conclusión de que pagar a tiempo no importa, que siempre se puede conseguir un descuento de alguna especie o como mínimo, ganar tiempo hasta que… ¡sea otro gobierno el que deba pagar!

Cada vez que Argentina ha dejado de pagar sus deudas las consecuencias han sido terribles en términos de menor crecimiento y familias con problemas. Cada vez que hubo recuperación ha buscado nueva financiación y los acreedores esperan que “esta vez sea diferente”. Sin embargo, caemos cada tanto en las mismas dificultades.

Si Argentina pudiera o quisiera pagar sus deudas, la presente negociación no sería necesaria. Tengamos en cuenta que el costo que se impone a los acreedores actuales, con sustanciales quitas de capital, derivan justamente del riesgo que significa confiar en el pago. Si realmente hubiera credibilidad en el futuro pago, la tasa de interés sería sustancialmente menor y entonces el costo tanto para el país como para los acreedores sería menor y no tendríamos problemas en refinanciar nuestra deuda.

¿Cómo puede ser esa magia de menor costo para ambos? Bastante simple: los flujos de fondos futuros se están calculando a tasas muy elevadas. Es imperativo cumplir para que esa tasa se reduzca. No será instantáneo, pero debemos intentarlo. Ya lo dice la vieja frase: ¡los bancos le prestan solamente a quien tiene dinero para devolver! Si Argentina no devuelve a tiempo, se le pide una tasa más alta. Eso hace que el costo sea mayor, con lo cual no hay recursos para otros gastos u otras inversiones.

La actual negociación de la deuda se ha prolongado y el riesgo de default es fenomenal, con consecuencias similares a bailar en la cubierta del Titanic. Si chocamos con el iceberg seremos muchos los que suframos. Las razones son múltiples: si no se paga no habrá financiación para proyectos importantes (rutas, puertos, hospitales, etcétera) que no podrán realizarse. Por si fuera poco, Argentina tiene más gastos que ingresos, y ninguna fuente de financiación adicional salvo emisión monetaria. Si negociamos amenazando, imponiendo restricciones severas o simplemente con ultimátums que después no se cumplen, la credibilidad del país será cada vez menor.

La propuesta inicial argentina parte de un error más grave que no reconocer un iceberg a la distancia. Supone que todos los acreedores han comprado a los precios de los últimos días, olvidando que muchos de esos bonos ya fueron defaulteados en 2005 o emitidos recientemente a valor nominal ($100 en lugar de alrededor de los $30 actuales). Habrá acreedores con fenomenales pérdidas.

Las solicitadas a favor de Argentina parecen la orquesta que tocaba mientras el barco se hundía. Si no se conoce el peligro que se enfrenta la solución propuesta será ingenua. Tiene el agravante que la sociedad en su conjunto llega a creer que pagar las deudas no es un beneficio ni una obligación.

Los acreedores que formaron el grupo de negociación son grandes fondos. No por eso son perversos sino que tienen muchos recursos para analizar la propuesta. Ellos serán los sobrevivientes del Titanic. Posiblemente sí hayan comprado a bajos precios, y algunos esperan una atractiva ganancia, a diferencia de la gran mayoría de los ahorristas argentinos o pequeños que son la mayoría, ya que los fondos extranjeros que se encuentran negociando representan mucho menos de un tercio de los acreedores. No digo que el resto seremos náufragos pero sí que la situación económica será muy mala, con pocos botes (empresas) que quedarán sólidas en Argentina.

La negociación debe ser realizada sobre la base de la buena fe y contemplar la capacidad de pago Argentina, que está muy deteriorada. Tampoco tendría sentido que Argentina prometa grandes pagos ya que no podrá cumplirlos. Estamos en una difícil situación. Esperemos que se rompa este ciclo de 200 años, evitemos un default, y comprendamos que no hay mejor negocio que ser confiables y respetar nuestros compromisos. Llegaremos así a buen puerto.

La autora es economista de la UCEMA

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Diana Mondino