El neo-mercantilismo argentino para la concentración de poder

Manuel Alvarado Ledesma

Por Manuel Alvarado Ledesma

Infobae 24 de agosto de 2021

El proclamado “Estado presente” es burocrático e ineficiente; amplio pero débil; generalmente cooptado por coaliciones distributivas

El siglo anterior se puede partir en dos: una es la Argentina de la primera mitad y otra es la de la segunda. Obviamente, a grandes rasgos.

En la primera, campea el optimismo y la visión de grandeza. En la segunda, prima la acción coyuntural y el estancamiento. ¿Y los primeros años de este siglo? Pues bien, siguen la tendencia de la segunda mitad del pasado, con una suerte de neo- mercantilismo que desprecia las ideas de libertad.

El modelo de industrialización por sustitución de importaciones, impulsado a lo largo de varias décadas, todavía sigue vigente a consecuencia de una suerte de mercantilismo, sujeto al path dependence, según lo describe el Nobel en economía Douglass North, establecido en la historia argentina desde el tiempo colonial, algo común en gran parte de la región. Las elites latinoamericanas están acostumbradas según Guillermo O’Donnel (1936-2011) “a vivir a costa de la generosidad del estado y colonizar sus agencias”.

¿Por qué lo llamamos mercantilista? El mercantilismo creyó encontrar una fuerte asociación entre balanza comercial y balanza de poder. Esta idea –sustentada en un claro juego de suma cero– parte de la base de que lo que uno pierde es ganado por otro. Tal concepción lleva a cualquier economía a una espiral proteccionista y es fuente de conflictos a nivel internacional.

Así, se sienta la base el empobrecimiento de todos los participantes en el juego no cooperativo. No se trata de entregarse a la ingenuidad de que todos están únicamente detrás del interés común; pero tampoco de pensar escépticamente de que el otro es siempre enemigo.

Adam Smith, por el contrario consideraba que el comercio era una fuente de unión entre países, al igual que lo es entre individuos. Ricardo profundizó la cuestión cuando explica que, merced a las ventajas comparativas, el libre comercio “une a la sociedad universal de las naciones en todo el mundo civilizado con un mismo lazo de interés común a todas ellas”. No debe interpretarse mal su teoría de los costos comparados: no dice que los países tienen que dedicarse a producir exclusivamente un determinado bien y depender de otro país para el suministro del otro bien. A lo que apunta es a una mayor eficiencia comercial y a la eliminación de los aranceles y cuotas; en suma, a la libertad de comercio.

Para el prolífico autor y economista británico Tim Harford, las barreras arancelarias permiten ingresos adicionales a los gobiernos y ayudan a proteger los negocios de sus amigos. Con total acierto, sostiene que un país pequeño, de reducido mercado interno, requiere más que ninguno de la conexión mundial. La Argentina, con una población de apenas 45 millones de habitantes y un PBI reducido, menor al de Austria y similar al de Filipinas, es claramente un país pequeño, aunque su extensión pueda llevar a engaño.

¿Camina la Argentina por esta senda? Todo indica que marcha por un camino cerrado o, al menos, demasiado sinuoso como para dirigirse hacia la estabilidad con progreso económico y social. Hoy, la Argentina está en el grupo de las naciones más cerradas del mundo.

Justo es destacar que el neo-mercantilismo argentino se diferencia del mercantilismo. En lugar de una política económica de acumulación de riqueza, mediante la consecución de saldos favorables en los intercambios exteriores, el neo-mercantilismo argentino se focaliza en la captación de votos aún a costa de las exportaciones.

Más que preocupado por la acumulación de reservas, está dirigido no solo a desincentivar las importaciones sino, también, a determinadas exportaciones con el objeto de elevar los ingresos fiscales y con la presunta idea de reducir el precio de productos como la carne. Este esquema de incertidumbre castiga la propensión a invertir y a emprender. Y lo hace sobre las áreas donde el país cuenta con ventajas competitivas.

El neo-mercantilismo argentino se caracteriza por la presencia de un Estado despótico, arraigado en una cultura extractiva y una concentración económica que no permite movilidad social.

El proclamado “Estado presente” es burocrático e ineficiente; amplio pero débil; generalmente cooptado por coaliciones distributivas.

Hay un Estado de legalidad –y no un Estado de derecho– que se caracteriza por una legislación particularista y clientelar, donde la ley no limita el poder; más bien es su instrumento.

La realidad es que detrás de este neo-mercantilismo se esconde la tendencia de muchos dirigentes a la acumulación de poder. Se trata de una alteración en el comportamiento de ciertos políticos donde cualidades como la confianza y la seguridad en sí mismos tienden a transformarse en arrogancia y prepotencia. Este fenómeno se conoce como ”hyibris”, un concepto griego que, en la actualidad, refiere al orgullo o a la autoconfianza exagerada cuando se tiene alguna posición de mando. Este problema se incrementa en cada persona que ejerce determinado liderazgo conforme aumenta la duración en el cargo de poder. Por ello, es fundamental la limitación de la permanencia en el poder, porque como dice lord Acton: “El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Las constricciones institucionales, como es el caso de las provenientes del Congreso, a nivel provincial y nacional, son fundamentales para evitar la concentración de poder.

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Manuel Alvarado Ledesma

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