Finanzas sostenibles y bonos verdes: fondos para un desafío urgente

Pablo Cortinez / UCEMA

Por Pablo Cortínez

La Nación. 2 de febrero de 2020

Unos meses antes del cisne no tan negro chileno, el país trasandino había emitido el primer bono verde soberano de América por US$1400 millones.

La primera encuesta de sostenibilidad en bancos de la Argentina se realizó en 2014. El nivel de desconocimiento en la temática no resultó una sorpresa. Lo que sorprendió fue la voluntad de las instituciones financieras de recibir información y training sobre esta "rareza que sonaba bien".

La segunda encuesta, hecha en 2017, mostró que, si bien los principales beneficios que los bancos esperaban a partir de integrar los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza, por sus siglas en inglés) continuaban siendo los relacionados con acotar su riesgo reputacional, los vinculados con la posibilidad de nuevos negocios tuvieron un crecimiento considerable.

A nivel internacional, la estrella de las finanzas sostenibles son los bonos verdes (unos US$250.000 millones emitidos en 2019). El ingreso de la Argentina a ese mercado fue tardío, comparado con otros países de América Latina. Los montos emitidos en el país ascienden a US$610 millones. Los emisores fueron las provincias de La Rioja y Jujuy (2017) y Banco Galicia (2018). Podrían sumarse el Préstamo Verde que recibió Itaú Argentina y el Bono Sostenible emitido por el BICE, por US$50 millones y US$30 millones, respectivamente. Los dos bonos verdes provinciales fueron colocados offshore y los restantes fueron private placements suscriptos por IFC y BID Invest. El destino común de estos instrumentos fue el desarrollo de energías renovables.

En 2019 la Comisión Nacional de Valores (CNV) publicó un marco para la emisión de Bonos Sociales, Verdes y Sostenibles, en tanto BYMA cuenta con un flamante panel para estos bonos.

Las finanzas sostenibles no consisten en donaciones a ONG para que planten árboles que compensen la huella de carbono de los donantes. Se trata de la identificación y la mitigación de riesgos ambientales y sociales, así como del financiamiento de proyectos y la inversión para el desarrollo de negocios verdes, en beneficio propio y del planeta.

Actualmente son 19 las entidades financieras que respaldaron esta visión, al firmar el Protocolo de Finanzas Sostenibles lanzado en julio pasado, que contó con las asociaciones de bancos ABA, Abappra y Adeba como Testigos de Honor, y con Fundación Vida Silvestre y BID Invest como impulsores de la iniciativa: es un hito para el sector. En momentos difíciles, estos bancos, que representan 80% del sector, dieron muestra de una visión del negocio que va más allá del business as usual.

Estos logros deberían ser un incentivo para focalizarnos en las asignaturas pendientes, de modo de consolidar y crecer a partir de lo realizado: 1) estructurar y colocar "genuinamente" bonos verdes (y líneas) en el mercado local (al menos parcialmente); 2) diversificar el destino de los fondos (sector agropecuario, otros); 3) incorporar criterios ESG al análisis de riesgo crediticio tradicional; 4) involucrar a otros subsectores (seguros, fondos de inversión); 5) identificar el rol de inversores institucionales locales; 6) contar con una política pública que fije objetivos, guíe y allane el camino al resto de los actores, en línea con los ODS y el Acuerdo de París.

Los bonos verdes soberanos chilenos tuvieron una sobre-suscripción de trece veces: los inversores existen. La delicada situación macro brinda tiempo para preparar proyectos bankables y dotar a los green bonds de segundas opiniones y verificaciones, para seducir a inversores cada vez más exigentes.

El progreso durante el último lustro ha sido relevante. Pero se trata de un camino que recién comienza.

El autor es economista y director del Programa Ejecutivo en Bonos Verdes y Finanzas Sostenibles en la Ucema

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