Necesaria lucha contra la corrupción

Por Carlos Rozen

La Nación. 19 de junio de 2019.

"Por lo general, uno busca tres cosas en una persona -dice Buffett, exitoso empresario norteamericano y gurú del mundo de las inversiones-: inteligencia, energía e integridad. Y si las personas no tienen la última (integridad), ni siquiera se moleste con las dos primeras". La máxima de Buffett tiene lógica cuando se busca sustentabilidad en todos los órdenes de la vida. ¿A dónde nos llevaría una persona muy capaz y con elevados niveles de energía si se mueve por senderos de la deshonestidad? Tarde o temprano nos arrepentiríamos de la decisión.

El comportamiento ético tiene dos manifestaciones cognitivas. La primera, relacionada con la educación y la comprensión, un concepto tan simple como profundo: "No hagas a otros lo que no te gustaría que te hagan a ti", o: "Trata a los demás como te gustaría que te trataran". Pero a medida que vamos tomando mayor conciencia de nuestras acciones, el tema se resume en un acto de libertad: elegir hacer lo correcto. Las antiguas comunidades descubrieron en forma pragmática algo que no suele ser ningún secreto: "El dinero alcanza cuando se trabaja para generarlo y cuando nadie roba". Si combinamos lo que llamamos "codicia" (ambición desmedida no realista) con el "robo" (quedarse con lo ajeno), cualquier grupo de personas se tornará inconveniente.

Cuando hablamos de "transparencia" (palabra tan usada que nos hace perder la perspectiva de su importancia), se trata de la preocupación por explicar, por hacer comprender, por reconocer errores u omisiones, por mostrar información relevante, por describir honestamente hechos y circunstancias. Se trata de "ser y parecer". La transparencia tiene como efecto natural la confianza. Es por ello que una gestión transparente, por ejemplo, al reconocer errores (que todo humano suele tener), manifiesta su buena fe. Por el contrario, al esconder, al tergiversar, al engañar, es decir, al ser poco transparente, se pierde confianza y se genera sensación de "defraudación".

Si tomamos conciencia de que los costos de la corrupción en países como el nuestro generan perjuicios de entre 2 y 4 puntos en el PBI (según cómo se lo mida), y que el impacto de muchos años de corrupción a gran escala destruye literalmente las economías de países que se dicen "emergentes" (con remota posibilidad de levantar cabeza), tomaríamos mayor conciencia de lo que significa para una sociedad que ser o no corrupto sea igual. Pues no lo es.

Cuando un candidato establece en su discurso la transparencia como uno de los pilares de su campaña, debemos considerar que está haciendo algo necesario, porque la transparencia parte de la convicción, de la comunicación, de un acuerdo, y luego de la efectiva rendición de cuentas. No resulta sencillo mantener en el tiempo un discurso donde la cantidad de actores, los conflictos de interés, una Justicia poco confiable como institución, los problemas de la economía y el día a día desvían la atención hacia lo urgente por sobre lo importante.

Es imprescindible no claudicar en la tarea de concientizar a la sociedad acerca de la necesidad de iniciar un diálogo diferente. Más allá de las diferencias políticas y económicas, estamos perdiendo la oportunidad de remediar los agujeros más grandes que tiene este barco. Necesitamos algo superador de lo que ya hemos pasado. Con todos los baches económicos que la sociedad está sufriendo, no debemos justificar, admitir ni tolerar nuevamente la corrupción.

Abordar la lucha contra la corrupción no nos garantiza que saldremos adelante como país. Pero no hacerlo nos asegura perecer en la desgracia de esos países que no podrán salir de la pobreza estructural. De esas naciones cuyos habitantes han confundido el rumbo, engañados, privilegiando los atajos y el corto plazo que benefician los bolsillos de muy pocos en detrimento de la felicidad de todos.

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Carlos Rozen

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