Cómo dirigirse a las Fuerzas Armadas y no ser cuestionado

Por Alejandro Corbacho

Por Alejandro Corbacho

Perfil. 7 de marzo de 2020

 

Pese a que no defendió su convicción, el Presidente no se equivocó al pedir que se deje de endilgar a los militares del presente los horrores cometidos hace cuarenta años.

Durante la campaña electoral, el presidente Alberto Fernández había declarado querer cerrar la grieta que divide a la sociedad argentina. Con ese objetivo en mente, días atrás intentó una acción en una de las muchas grietas existentes, que podría describirse como la estigmatización de las Fuerzas Armadas contemporáneas por hechos aberrantes cometidos en el pasado. Pero por su intento fue fuertemente cuestionado y se retractó públicamente más tarde.  

El 21 de febrero, en un acto público, despidió al contingente de soldados que partieron a Chipre como Cascos Azules a cumplir una misión de paz como componente de las Naciones Unidas. En su discurso expresó su “alegría por el hecho de que hoy todos los oficiales y suboficiales son hombres de la democracia, egresaron de sus escuelas en democracia y esto amerita que de una vez por todas demos vuelta la página y celebremos”.

Esta declaración pública ante los soldados y familiares generó una fuerte reacción de Nora Cortiñas, de las Madres de Plaza de Mayo Lìnea Fundadora, que afirmó que el Presidente había tenido un gesto “negacionista” porque acá había habido un “genocidio y no tiene más reparación que la justicia” y agregó que no había “posibilidades de reconciliación con los genocidas”. Por lo  tanto, concluyó que no iban a “dar por cerrada ninguna causa”.   

Excepto por ese grupo, nadie de buena fe puede creer que el mensaje y el propio presidente Fernández fueran “negacionistas”. Pero él sintió el reproche y fue para atrás en su palabras al pedir “que un error mío no nos divida” y reafirmó que nadie dudara de dónde está parado o crea que negaba el “horror vivido”.

El pasado. La posición de la señora Cortiñas expresó el pensamiento de un grupo de la sociedad que, aunque legítimo, se ha quedado en el pasado tanto en tiempo como en espacio: la Argentina del Proceso. Cualquier comentario u opinión que no concuerde o que no sea aceptado por ese grupo es inmediatamente etiquetado con el sello condenatorio de “negacionista”. Este término es aceptado y aplicado a aquellas personas que niegan que en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi y sus aliados hayan producido el Holocausto. Cabe destacar  que en Alemania y Austria el negacionismo es considerado un delito que se penaliza con prisión.

En nuestro caso, el Presidente se estaba dirigiendo a un grupo de miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias actuales, cuya formación y carrera profesional se habían desarrollado íntegramente en tiempos de democracia. No se trata más de las Fuerzas Armadas descriptas, por ejemplo, en los libros de Robert Potash o Alain Rouquie. Estas, a lo largo de muchos años, se habían creído y habían actuado como factor de poder preponderante de la vida política de los argentinos.

Desde el retorno a la democracia, hace ya más de una generación, una vez resueltos los planteos del movimiento Carapintada a principios de los años 90, las Fuerzas Armadas o parte de sus miembros no han sido generadores de “planteos”, acuartelamientos, ni ningún otro intento de imponer su voluntad a través de amenaza de empleo de las armas que la sociedad originariamente les confirió para su defensa. Las actuales son las Fuerzas Armadas argentinas que, aunque condicionadas por una crónica penuria presupuestaria, trabajan para mantener la capacidad para desempeñar el rol propio de los profesionales de las armas. Participan también en misiones de paz en lejanos lugares del planeta como dignos representantes de una Argentina que tiene un compromiso con la comunidad global.

Están desplegadas en el vasto territorio nacional y han hecho y continúan haciendo tareas subsidiarias, pero que no dejan de ser importantes para la población. Son la presencia real del Estado que acude ante catástrofes como inundaciones o grandes nevadas en distintos puntos del país a ayudar. Son un símbolo del país en los mares del mundo como lo es la fragata Libertad. Como parte de su descripción profesional contienen el riesgo de perder sus vidas.

Reconocimiento. En estos años de democracia las Fuerzas Armadas argentinas han ganado el reconocimiento de la sociedad. Por ejemplo, en la encuesta regional realizada por el Latinobarómetro en  2018, el 48% de los encuestados argentinos expresaron tener confianza institucional en las Fuerzas Armadas, mientras que el Congreso Nacional, el Gobierno y los partidos políticos alcanzaron el 26%, el 22% y el 14%, respectivamente.

La alta estimación social se refleja también en el entusiasmo y la adhesión que generan los Granaderos de San Martín cuando desfilan ante el público en las ceremonias oficiales. En las redes sociales de la Casa Rosada se ha comprobado que las publicaciones en donde aparecen los Granaderos eran las que contaban con una mayor cantidad de reproducciones y comentarios positivos.

Por último, el 17 de noviembre, siendo todavía diputado, el actual ministro de Defensa, Agustín Rossi, declaró que frente a la  turbulencia política e institucional en la región “nuestros militares se subordinan al poder civil”.

Será por lo anterior que todos los años cientos de jóvenes de todos los rincones del país quieren ser parte de las Fuerzas Armadas exhibiendo una distintiva vocación de servicio para “proveer a la defensa común”.

Preguntas. Surgen entonces las preguntas, ¿cómo hicieron países como Alemania o Sudáfrica para reconstruirse a pesar de los horrores que generaron el Holocausto y el apartheid? Seguramente no fue disolviendo las Fuerzas Armadas. Quienes no participaron de hechos aberrantes de violación de los derechos humanos no deben ser identificados como herederos de quienes lo hicieron o ser considerados como el único grupo de la sociedad que mantiene el pensamiento de los años 70. 

Ante ese contingente de soldados, el presidente Fernández intentó iniciar una modalidad distinta de referirse como comandante en jefe a otros servidores públicos como miembros plenos habilitados para interactuar con la sociedad. Sin embargo, frente a una crítica tajante y muy cerrada no defendió su convicción. Queda entonces imaginar cómo podría cualquier miembro de ese contingente responder: “Señora, entiendo su dolor, pero yo qué culpa tengo del pasado. No estuve allí y de ningún modo apruebo las prácticas realizadas. Mucho ya se ha hecho para que aquello no vuelva a suceder. Déjeme ahora hacer el trabajo que la Nación me encargó y cumplir así con la misión para la que me preparó”.  

Como final queda todavía preguntarles a los críticos del Presidente: ¿cuál debería haber sido su mensaje  ese día? En este caso, cuando se refirió a “dar vuelta la hoja” no se equivocó, quiso decir terminar con endilgarle a la generación presente el recordatorio constante de los horrores cometidos por otros argentinos hace más de cuarenta años, como si fuera un estigma abrazar una profesión que, a diferencia de muchas otras, está incluida en la Constitución Nacional y cumple una tarea fundamental: defenderla.

*Ph. D. Director del Observatorio de Política Exterior de la Ucema. Sus opiniones no necesariamente reflejan las de la Universidad.

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