Los superávits comerciales pueden ser negativos y los déficits, positivos
Siempre me llamó la atención que los medios de comunicación presenten como una buena noticia que el país tenga superávit en cuenta corriente o en la balanza comercial. O, lo que es lo mismo, que destaquen como una mala nueva que los mismos sean deficitarios. Quizás actúen así porque los primeros son resultados aritméticos positivos y los segundos, negativos y los medios toman esas palabras como adjetivos. Pero el signo que precede a un número no convierte a un resultado en algo necesariamente bueno o malo.
Me parece que parte de esa confusión también tiene que ver con ciertas ideas que difunden algunos economistas. Por ejemplo, que si un país importa más de lo que exporta corre el riesgo de que en algún momento no consiga el financiamiento para poder pagar ese desequilibrio y eso lo lleve a una crisis de balanza de pagos. Sin embargo, no necesariamente es así.
Para entenderlo, sólo hay que aclarar que la economía de una nación no es una entidad en sí misma, sino el resultado del conjunto de decisiones que toman las familias, las empresas y los distintos niveles de Estado; en definitiva, el resultado del conjunto de decisiones de las personas que allí residen. Entonces, una economía determinada no debería comportarse de manera distinta a una persona o una familia. Un individuo sólo puede gastar lo que gana más lo que le prestan, menos lo que ahorra. La famosa restricción presupuestaria, que es lo primero que nos enseñan en Economía y, a veces, es lo primero que nos olvidamos después de recibirnos. Más si asumimos como funcionarios o nos volvemos políticos.
Ahora, supongamos una familia que gana $2.000.000 y consume siempre por el total de lo que tiene. Si le presto $500.000 y los acepta, elevará su gasto a $2.500.000. Es decir, tendrá un déficit en sus finanzas por esos $500.000. Mientras yo mantenga ese financiamiento, la misma seguirá con ese mismo exceso de consumo y, si aumento lo que le doy, también lo hará el resultado “negativo” de sus cuentas.
Ahora, que pasaría si un mes decido no prestarle más. Esa familia no podrá gastar más de lo que le ingresa, a menos que consiga otra persona que la quiera financiar. O sea, si nadie más le da crédito, tendrá que bajar su gasto al nivel de lo que le ingresa, $2.000.000, dejando sus cuentas equilibradas.
Sigamos con el ejemplo. Ahora decido pedirle a la familia que me empiece a devolver lo que le presté cada mes y en la misma cantidad de cuotas, sin intereses. Pues deberá reducir su gasto a $1.500.000 durante ese período de tiempo y tendrá un resultado “positivo” en sus cuentas. Sin embargo, queda claro que su bienestar económico era mayor cuando le prestaba dinero y tenía un resultado “negativo”.
Ahora, supongamos que esa familia ya no me debe plata, pero decide ahorrar por $500.000 cada mes; tendrá entonces un resultado “positivo” en su cuenta y su bienestar será mayor. La decisión de bajar el gasto se debe a que prefiere ahorrar. Obsérvese que el resultado de sus cuentas fue siempre una decisión financiera de alguien. Si le doy financiamiento podrá erogar más de lo que le ingresa. Si se lo quito, volverá a gastar lo que le ingresa. Si le pido que me devuelva el dinero, deberá reducir su consumo en lo que me tenga que dar. Y, si decide ahorrar, porque lo prefiere a mantener su nivel de consumo, deberá bajarlo.
Note que, cuando mencioné que los resultados eran “negativos” o “positivos”, usé comillas y no por casualidad. Sin dudas, la familia tuvo un mayor bienestar económico cuando su balance era negativo y, un peor nivel de vida, cuando era positivo. En este último caso, la excepción es cuando bajó su consumo porque decidió ahorrar; ya que, si lo hizo, es porque consideró mejor lo último.
Los países con mercados cambiarios libres funcionan de la misma manera, nada más que el resultado surgirá del conjunto de decisiones de todos los individuos del país y de los extranjeros. Si un país empieza a generar más confianza sobre su futuro habrá más gente local y del exterior que querrá traer capitales de afuera para invertir o prestar en él. Eso permitirá que sus ciudadanos tengan más financiamiento externo para la producción, la inversión y el consumo. Por lo tanto, esa economía seguramente tenderá a incrementar sus importaciones, pudiendo hasta superar lo que exporta, y tendrá o aumentará su resultado “negativo” en la balanza comercial o bajará el “positivo”. Sin embargo, el país estará creciendo en el corto plazo y también en el largo, dada la inversión; por lo que sus ciudadanos mejorarán su nivel de vida actual y futuro. No parece tan negativo, ¿no?
Ya demostramos que no siempre es mala noticia un déficit en la cuenta corriente o en la balanza de pagos; pero lo puede ser. Por ejemplo, cuando el que toma esos recursos es el sector público para financiar gasto corriente. El problema acá es que a esa plata habrá que devolverla y, como dichas erogaciones no generarán capacidad de pago futura, para abonarlo tendrá que aumentarles los impuestos a sus ciudadanos. O aún peor, si el Estado no pueden cumplir con esos pasivos acumulados, irá a una cesación de pagos y, por ende, a una crisis. Como vemos, el déficit o la merma del superávit generado por el endeudamiento del Estado sí es una mala noticia.
También lo es cuando el que financia los resultados negativos de la cuenta corriente es el banco central con sus reservas. Sea para evitar la suba del dólar o para alentar la demanda interna, por ejemplo, antes de una elección. Como en 2011, en la gestión de Cristina Fernández. Las reservas tienden a agotarse y se termina en lo que se suele llamar “una crisis de balanza de pagos”. O colocando cepos para restringir la demanda en el mercado cambiario oficial y que ésta se acomode a la menor oferta que hay en él. ¿Suena conocido?
¿Por qué es distinto cuando los recursos del exterior son utilizados por el sector privado? Porque que cada uno saca sus cálculos para ver su capacidad de pago futura de esa deuda o la conveniencia de esa inversión. Si alguno le erra, es ese el que tendrá dificultades con su crédito o negocio; pero no el conjunto de la sociedad. Ahora, si el que se endeuda es el Estado y, luego, tiene que aumentar los impuestos o no puede pagar, termina en una crisis y es todo el país el que sufre las consecuencias. Esto es lo que ha pasado tantas veces en Argentina.
Si una nación no tiene fuentes de financiamiento externo, necesariamente tendrá su cuenta corriente en equilibrio; porque nadie puede gastar lo que no tiene, como en el caso de la familia. Sin embargo, no parece buena noticia que nadie quiera invertir o traer sus ahorros del exterior porque no confía en esa economía. Lo sería si surgiera de un balance entre los que prefieren invertir o ahorrar afuera y los que optan por hacerlo adentro, sin que medie una cuestión de dudas sobre esa nación. Es cierto que esa coincidencia parece bastante difícil.
En tanto que, si en un país el ahorro en el exterior aumenta por una preferencia mayoritaria a hacerlo, pues resultan más atractivos los activos foráneos, su demanda interna será menor, bajarán las importaciones y tendrá un balance comercial positivo que efectivamente mejorará su bienestar económico. Si el sector privado tomara tal decisión es porque la mayoría aprecia más contar con una renta futura que usar esos recursos hoy.
Por otro lado, cuando una nación empieza a gestar políticas económicas u otras que generan desconfianza sobre su futuro, los locales y extranjeros empezarán a dejar de traer su dinero e, incluso, podría haber una fuga de capitales. Por lo tanto, los consumidores e inversores verán reducirse sus posibilidades de financiamiento y, por ende, se moderará o bajará la demanda interna. Esto arrastrará al nivel de actividad, pudiendo derivar hasta en una recesión. Por lo cual las importaciones bajarán e, incluso, podrán ubicarse por debajo de las exportaciones, reduciendo el resultado negativo o incrementando el “positivo”. Esta situación no parece muy agradable para los habitantes de esa nación. Los argentinos lo sabemos ya que es lo que hemos sufrido la mayor parte de los últimos 90 años o más.
Lo más gracioso de lo comentado en el párrafo anterior es que los medios y algunos economistas festejan todos esos superávits en la cuenta corriente o en la balanza comercial. A la inversa, ven como malas noticias si hay un aumento de la confianza que permite cierta llegada de capitales del exterior, sea de locales o extranjeros, la cual permite a su vez incrementar la demanda interna y conduce a un “empeoramiento” de los resultados de la balanza comercial, pues aumentan las importaciones. Lo malo es que para ellos es siempre así y ni siquiera se molestan en verificar si financian al sector privado o al Estado.
Espero haber logrado explicar por qué no siempre un resultado “negativo” de la balanza comercial o la cuenta corriente es malo y, a la inversa, uno “positivo” no es bueno en toda ocasión. Otra cosa que me parece útil tener en cuenta es que la economía es la suma de las decisiones de quienes integran el sector privado y los distintos niveles de Estado. Así se puede hacer un primer acercamiento a lo que ocurrirá en ella usando como ejemplo a una familia o una empresa. Así lo hacemos aquí la para demostrar que un país tampoco puede gastar más de lo que le ingresa, le prestan o ahorra; estas son decisiones financieras previas que limitan sus posibilidades de consumo. Entonces, no es correcto decir que los déficits comerciales o de cuenta corriente siempre tienen el riesgo de que a futuro no se puedan financiar y gestar una crisis de balanza de pagos. Siempre la posibilidad de importar más de lo que se exporta está precedida por la decisión de alguien que deberá aportar los recursos del exterior para pagar ese exceso de demanda interna que, de otra forma, no habría existido.
Aldo Abram
Máster en Economía, Ucema, y Director de la Fundación Libertad y Progreso.