“Tenemos que prestarle atención a la amenaza nuclear de Putin”

Autor
Juan Battaleme
Medio
Perfil
Mes/Año
19 de noviembre de 2022

El licenciado en Ciencia Política, magíster en Relaciones Internacionales y secretario académico del CARI advierte sobre la escalada derivada por la Guerra de Ucrania. La tensión creciente entre Estados Unidos y China. La soberanía de Malvinas y la diplomacia argentina.

Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA), magíster en Ciencias del Estado por la Universidad del Cema (Ucema) y en Relaciones Internacionales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), secretario académico del Consejo Administrativo para las Relaciones Internacionales (CARI) y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS), Juan Battaleme se especializa en seguridad y geopolítica internacional y esta semana participó de la Agenda Académica de Perfil Educación. “Si aumenta la proliferación, aumentan las probabilidades de un conflicto, entendiendo que la posibilidad de un conflicto nuclear siempre está presente. Por eso, el Financial Times, el Wall Street Journal y todos los pensadores que se dedicaron en algún momento a la disuasión nuclear, dicen que hay que prestarle atención a las amenazas nucleares de Rusia. Y yo coincido con eso: tenemos que prestarle atención a la amenaza nuclear de Putin porque volvimos a una época nuclear. Porque la disuasión nuclear siempre siguió siendo la columna vertebral de la defensa de los grandes poderes, por más que se terminó la Guerra Fría y por más que hayamos vivido en un período de optimismo liberal”, sostuvo.

Docente de “Relaciones Internacionales” en Ucema, de “Política y Seguridad Internacional” en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) y la Universidad Austral, de “Tecnología, Estrategia y Política Internacional” en la UBA y de “Evolución del Pensamiento Estratégico” y “Geopolítica del Mar” en la Escuela de Guerra Naval, Battaleme es autor de una amplia producción académica, como Un mundo ofensivo. El balance ofensivo defensivo y las guerras de Afganistán, Irak y Chechenia; Estados Unidos en guerra. Incidencia del factor tecnológico militar en su postura estratégica; Terror desatado. Evaluación de los impactos globales y nacionales de un atentado de terrorismo nuclear; China, Rusia e India en América Latina: un enfoque multidimensional; Cambiando el status quo de la geopolítica internacional: el acceso a los espacios comunes y las estrategias de negociación de espacio y antiacceso y ¿Atrapados sin salida? El compromiso selectivo como alternativa de política exterior para un país periférico. “Empezamos ahora un proceso de alta conflictividad internacional y posibles guerras entre los grandes poderes. Si bien el G20 emitió una declaración en la que se niega que esto sea una era de guerra o una era de conflictos, lo que nosotros tenemos en cuenta es, primero, la condición de transición en el sistema internacional que está terminada. La dinámica de los próximos cincuenta años del siglo veintiuno va a estar dominada por la conflictividad entre China y los Estados Unidos. No va a ser una bipolaridad como la que fue durante la Guerra Fría, es un error pensarlo así, porque vivimos en una era de interdependencia. Pero sí, vale la pena comparar este período en particular con lo que se conoce como los orígenes de la Guerra Fría porque son periodos de alta inestabilidad. Y en esa alta inestabilidad aparecen las situaciones de guerra”, agregó.

—En Un mundo ofensivo. El balance ofensivo defensivo y las guerras de Afganistán, Irak y Chechenia usted señala que “el realismo ve en las relaciones internacionales ciclos continuos de paz y guerra, donde existe un espacio reducido para los procesos de aprendizaje por parte de los seres humanos, de los Estados y de las instituciones que ellos crean para ordenar la vida política internacional”. ¿Estamos iniciando un proceso continuo de guerra que demuestra una verdadera falta de aprendizaje de la humanidad?

—Empezamos ahora un proceso de alta conflictividad internacional y posibles guerras entre los grandes poderes. Si bien el G20 emitió una declaración en la que se niega que esto sea una era de guerra o una era de conflictos, lo que nosotros tenemos en cuenta es, primero, la condición de transición en el sistema internacional que está terminada. La dinámica de los próximos cincuenta años del siglo veintiuno va a estar dominada por la conflictividad entre China y los Estados Unidos. No va a ser una bipolaridad como la que fue durante la Guerra Fría, es un error pensarlo así, porque vivimos en una era de interdependencia. Pero sí, vale la pena comparar este período en particular con lo que se conoce como los orígenes de la Guerra Fría porque son periodos de alta inestabilidad. Y en esa alta inestabilidad aparecen las situaciones de guerra. También podría trazar un paralelo y pensar que la guerra entre Rusia y Ucrania genera lo que va a ser la antesala de lo que puede venir después, como fue la Guerra de Corea a inicios de la Guerra Fría. Si miramos el Asia Pacífico tenemos una situación similar en términos de Taiwán-China o en términos de Corea del Norte y su continuo ejercicio de amenaza contra los países vecinos. Las armas nucleares nos ponen frente a nosotros y nuestros propios demonios y la pregunta es si la humanidad es suicida o no es suicida. Hemos aprendido de los costos que tienen determinadas guerras y a medida que la tecnología avanza, pero también sabemos que al avanzar la tecnología esos costos también se reducen y nos vuelven más osados. Nos hacen jugar más o bailar más alocadamente en la boca del volcán. Y lo que se tuvo durante diez años fue un exceso de optimismo, un exceso del liberalismo, no solamente como pensamiento económico y como pensamiento político transformacional. Recordemos la obra de Fukuyama, El fin de la Historia, que todos la citan, pero la contrapartida de eso fue el libro de Donald Kagan, primero, el que sale en el marco de la Guerra de Irak, se llama El poder y la debilidad, y después un tiempo más tarde sale un segundo libro que es El regreso de la Historia. Lo que estamos mirando es el regreso de la Historia, es la continua dinámica de política de poder entre Estados, pero también entre actores no estatales junto con la política de poder entre las corporaciones que también representan la rivalidad entre los Estados.

—En Un mundo ofensivo usted también sostiene que “la teoría realista del balance ofensivo defensivo se revela como una herramienta eficaz para explicar ciertos cambios que operaron en el sistema internacional en los últimos años, en los que las grandes potencias tienen períodos en los que abandonarán el multilateralismo o el universalismo, pasando a actuar de forma particularista, maximizando las opciones que sus capacidades ofrecen”. En ese libro usted estudia las guerras de Kosovo, Afganistán, Irak y Chechenia. ¿La guerra en Ucrania representa un límite a esta teoría?

—Hay varias cuestiones. La pregunta que se hace el realismo ofensivo, y dentro del realismo ofensivo lo que podríamos llamar la teoría del balance ofensivo defensivo, es entender en qué momento y por qué estallan los conflictos armados. La hipótesis que autores como Stephen Van Evera tienen es relativamente sencilla: los Estados pueden o creen que pueden llevar a cabo una guerra de conquista. Y ahí hay una diferencia: una cosa es poder y otra cosa es creer que se pueda. La clave está en cómo los Estados articulan las condiciones geográficas, tecnológicas y doctrinarias militares, el orden político y social y la posición diplomática. Si nosotros miramos los periodos particularistas de las relaciones internacionales, lo que tenemos efectivamente son momentos en los cuales los Estados se vuelven mucho más arriesgados, toman decisiones porque entienden que la condición de poder en términos estrictamente militares, sumada a la posición geográfica que otorga alguna ventaja. Rusia viene con un ciclo de expansión en esta última etapa que se inició con la Guerra en Osetia (Georgia), en Siria y en Crimea. Fueron guerras en las que Rusia demostró la capacidad militar que tenía. En el caso de Ucrania intentó hacer algo similar: poner a Ucrania una situación de negociación desfavorable para ellos. Primero tomó Crimea y lo hizo de manera magistral, porque logró lo que John Mearsheimer llama la estrategia de objetivos limitados-dentro de las estrategias convencionales de la guerra. En ese aspecto, Rusia trata de hacer una segunda acción que es poner una presión militar sobre Ucrania y sobre la OTAN para conservar ese país como un ámbito neutral. Esa neutralidad se la puede rastrear hasta 1994 o 1995, cuando se desnucleariza Ucrania. La invasión la realizó con un pie de fuerza que entendían que era razonable, aunque se probó insuficiente, creían que podían poner a prueba y derrotar a las Fuerzas Militares ucranianas. Lo que no tuvieron en cuenta es lo que teoría llama el falso optimismo. Lo que no tomaron en cuenta los rusos fue que Occidente desde 2015, cuando apareció el debate de armar a Ucrania en condiciones defensivas, tenía también dos objetivos más: reformar el ejército ucraniano con lógicas que se habían aprendido durante los diez o quince años en la Guerra contra el Terrorismo y hacerlo operar en bajo la doctrina de operaciones distribuidas, generarles el sostén tecnológico y sobre todo cibernético para poder aguantar en caso de que haya una agresión ucraniana y darle los medios para plantear una defensa, como la que plantearon, que es básicamente una defensa en contra de los blindados con los que avanzaron los rusos. Ucrania se probó, con armas que provenían de los arsenales de Europa del Este y con la capacidad tecnológica norteamericana, un hábil defensor y ahora en esta etapa se está probando una hábil atacante. Pero, de ahí a decir que Rusia perdió la guerra todavía hay un trecho muy largo. Debemos mirar qué consideraciones hacen las élites políticas en relación al cambio internacional y al entorno futuro, lo que permite explicar por qué Putin lanzó el tipo de operación que lanzó y por qué Estados Unidos, en primer lugar, y Gran Bretaña, en segundo lugar, intentaron anticipar ese movimiento y armar una Ucrania de la forma que la pertrecharon. Hay responsables en el disparo del gatillo que son los rusos y hay condiciones estructurales que son responsabilidad de la OTAN en cómo fue su proceso de expansión, que no fue una expansión agresiva pero, al fin y al cabo, fue una expansión que cambió el status quo territorial.

—Ucrania parece estar convirtiéndose en el Vietnam de Rusia. A partir de su experiencia en esta materia, ¿qué puede ocurrir en el mundo si Putin es derrotado?

—Como buen realista, creo que siempre hay posibilidades entre potencias nucleares de una crisis que involucre armas nucleares. De hecho, son escenarios que no quedaron perimidos. Si se mira la caída todos los tratados, excepto el TNP y el MTCR, todos los tratados conexos se cayeron, como el Tratado de Misiles Antibalísticos, situación que habilita el despliegue de escudos antimisiles. También se cayó el Tratado de Fuerzas Nucleares e Intermedias, y los Start, los Tratados de Reducción de Armas Estratégicas, están detenidos. El CFE o Tratados de Fuerzas Convencionales en Europa, también se terminó. Entonces, todos los tratados conexos se cayeron. Y ahora tenemos desarrollos de submarinos misilísticos nucleares en propulsión y en balística, como es el caso de Corea del Norte. Tenemos un intento sostenido por parte de Pakistán, de India, de Corea del Norte de poseer ICBM y de regímenes que son cercanos al umbral nuclear, como Corea del Sur, como Japón, que empiezan a considerar la opción de que en una década o dos ellos también tengan su propia disposición nuclear. Si bien existen autores como Barry Posen, quien en su libro Restraint dice que es hora de que tengan ese tipo de desarrollo nuclear, existe la posibilidad cierta de que Estados Unidos se vea arrastrados a un conflicto en el Asia Pacífico donde pueden responder nuclearmente, ya que resulta incierta la premisa de que un mundo multipolar nuclear sea estable. Si aumenta la proliferación, aumentan las probabilidades de un conflicto, entendiendo que la posibilidad de un conflicto nuclear siempre está presente. Por eso, el Financial Times, el Wall Street Journal y todos los pensadores que se dedicaron en algún momento a la disuasión nuclear, dicen que hay que prestarle atención a las amenazas nucleares de Rusia. Y yo coincido con eso: tenemos que prestarle atención a la amenaza nuclear de Putin porque volvimos a una época nuclear. Porque la disuasión nuclear siempre siguió siendo la columna vertebral de la defensa de los grandes poderes, por más que se terminó la Guerra Fría y por más que hayamos vivido en un período de optimismo liberal.

—En Terror desatado. Evaluación de los impactos globales y nacionales de un atentado de terrorismo nuclear usted analiza, precisamente, los peligros que puede ocasionar una guerra nuclear. ¿Es posible que la amenaza nuclear se desate a partir de una escalada en Ucrania?

Sí, totalmente. Primero, porque tiene los arsenales. Segundo, porque está escrito en las doctrinas de empleo. Tercero, porque a diferencia de lo que decía Colin Powell, acerca de que las armas nucleares se crearon para nunca tener que emplearlas, lo cierto también es que se desarrollaron teorías donde hay umbrales aceptables para el uso de armas nucleares. Si uno mira libros como 2034, del Almirante Stavridis, o Flota Fantasma, escrito por Peter Singer y August Cole, son trabajos que plantearon una escenificación en el Asia Pacífico donde hay un uso regional limitado de armas nucleares, como por ejemplo, pulso electromagnético para desarticular la capacidad de ataque grupo de batalla de portaaviones. Se puede decir que esto no va a pasar, sin embargo, debemos pensar que podría suceder en caso de una escalada convencional. Siempre debemos prestarle atención a las posibles escaladas.

—En una respuesta anterior se refirió a la posible tensión entre Estados Unidos y China y en Estados Unidos en guerra. Incidencia del factor tecnológico militar en su postura estratégica usted señala “la fe en la tecnología como capacidad que permite resolver un conflicto de manera decisiva”. ¿Es China la única potencia que puede interferir en ese factor tecnológico frente a Estados Unidos y ese peso relativo explica por qué Taiwán es un límite que Estados Unidos no está dispuesto a cruzar?

—Totalmente. China está empezando a construir su propia red tecnológica, lo muestra el 5G, la inteligencia artificial, el hecho de que está desarrollando el propio industria de microchips y Estados Unidos esté abandonando China como productora de microchip mudándose a Costa Rica, uno de los grandes ganadores de este desacople del interdependencia. Todo eso nos muestra que tecnológicamente los ha puesto a los dos en un curso de colisión muy marcado, como señala Graham Allison en su libro Destined for War. Dicho esto, Estados Unidos siempre tuvo la idea de que la tecnología cumple dos funciones y esto lo advirtió un autor marxista llamado Bruce Hoffman, quien escribió un libro que se llama War Stars, que dice que no solamente tenemos que mirar el complejo industrial militar norteamericano, sino que también debemos mirar el complejo que podríamos llamar de literatura industrial militar. De la forma en que nos imaginamos los conflictos y el empleo y desarrollo de armas a través de la ciencia ficción, terminamos configurando el futuro de la guerra. Es una idea también la retoma Lawrence Freeman en su libro The Future War, porque la literatura imagina escenarios sobre los cuales después la industria va a trabajar, los politólogos vamos a hablar y los políticos van a van a legislar. Estados Unidos siempre tuvo la idea de que podía crear el arma definitiva para generar paz, pero como dice Edward Luttwak todo desarrollo tecnológico tiene un contra desarrollo tecnológico. Una forma de buscar equilibrios que también establece los momentos ofensivos y defensivos. A los guerreros robóticos, los contrarrestamos con armas de energía dirigida, o pulsos electromagnéticos o ondas de radio. El actual periodo de entre guerras se está dando por una competencia tecnológica. China viene siguiendo el paso de esa competencia tecnológica y está ofreciéndole al mundo los medios para poder restar la influencia de la tecnología occidental. Sin embargo, cabe destacar que el complejo industrial militar occidental hoy es el responsable de casi el 70% de las armas que están desplegadas en el mundo. Rusia y China, el otro complejo industrial militar, representa menos del 20%. Corren detrás, pero están cada vez más fuertes y tratando de crecer y que representan una opción tecnológica cada vez más viable.

—En Cambiando el status quo de la geopolítica internacional: el acceso a los espacios comunes y las estrategias de negociación de espacio y antiacceso usted parafrasea a Halford Mckinder diciendo “quien controla los accesos a los espacios comunes controlará el planeta”. ¿Las Islas Malvinas siguen siendo un área estratégica para Gran Bretaña y ese factor es el que impide negociar su soberanía?

—Si uno mira el dispositivo de islas existentes en el Atlántico Sur, uno bien podría considerar que Malvinas, Santa Elena y Ascensión presentan una línea de conectividad en el corazón del Atlántico y que tienen proyección sobre la Antártida. Como eventualmente toda posición territorial se va a volver a discutir, pero no sabemos en qué forma, debemos prestar atención al impacto que ello tiene en la discusión de soberanía. Argentina tiene que desarrollar algún tipo de política antiacceso, en caso de que en el futuro de la Antártida se vean sus intereses comprometidos. La pregunta es en qué red de interconexión, y en qué red de intereses va a estar ubicada y eso es muy difícil de determinar, porque hay actores, que creen que uno puede desconectarse completamente de la red occidental, y aquellos que creemos de que es mejor tener una articulación efectiva y eficiente con la red occidental. Pero lo cierto es que Argentina no puede actuar como los que modifican el estatus o, mejor dicho, los que tienen la capacidad para fortalecerse y eventualmente modificar el status quo, como es el Reino Unido. Y ahí está la disputa real.

—En China, Rusia e India en América Latina: un enfoque multidimensional usted analiza el peso de estas potencias en la región. ¿Cómo califica la dependencia que Argentina tiene hoy, especialmente, de China?

—En ese artículo presento dos problemas centrales: uno es la creciente presencia e influencia que tiene Rusia y China como actores atractivos en la política latinoamericana. Aun cuando la económica tenga un rostro más asiático en tanto China e India ganen lugar, en el plano de la seguridad internacional la presencia norteamericana será muy difícil de disputar. La vulnerabilidad mayor de Argentina sigue siendo la dimensión económica, donde su dependencia con Occidente es muy grande. Esa dependencia condiciona el plano de la seguridad internacional. La actual administración ha buscado fuentes de financiamiento alternativos, como los 5.000 millones obtenidos de parte de China, pero no sabemos con qué condicionalidad. La dinámica entre Estados Unidos y China y nuestra vulnerabilidad nos ponen condiciones que frenan el margen de maniobras. Lo que tenemos que tratar es evitar comprarnos los problemas de ellos cambiando alineación en un lado para el otro. De ahí que necesitaremos de una diplomacia activa que entienda la dinámica y logre articular acuerdos con todas las partes.

—En ¿Atrapados sin salida? El compromiso selectivo como alternativa de política exterior para un país periférico usted analiza la política exterior del gobierno de  Alberto Fernández. ¿Cuáles fueron, según usted, los aciertos y los errores de esa estrategia de inserción internacional?

El mayor acierto fue tratar de tener línea de comunicaciones con todos los países. El Gobierno no se cerró a ningún país, a ningún actor y eso estuvo bien. Eso debería ser presentado como una acción pragmática. No obstante ello, hubieron pocos acuerdos efectivos que permitieran a la Argentina resolver los problemas económicos que posee. Porque los problemas que tiene Argentina son económicos, y la solución que encontramos es “vivir con lo nuestro”, que está a contramano del mundo y que básicamente supone estar encerrado. Pero China te pide que te abras y Estados Unidos te pide que te abras. Y nosotros no desarrollamos efectivamente el músculo que debemos tener para abrirnos al mundo. Ahí está el problema. Hay cierto discurso de que vamos a hacer negocios con todos, pero en realidad estamos cerrados. Yo creo que esa es la tensión más grande. Además, en relación con China, tenemos sobre nosotros una espada de Damocles que es una base espacial en la Patagonia. Independientemente de cómo nosotros la presentemos y aunque por la forma que tiene digamos que es una base que es igual a la que tenemos en Mendoza, Estados Unidos la considera una base militar. En el campo de seguridad internacional nosotros debemos optar por el compromiso selectivo y esto es no alejarnos de Occidente.

—Esta sección se llama Agenda Académica porque pretende brindarle espacio en los medios masivos de comunicación a investigadores y docentes universitarios. La última pregunta tiene que ver, precisamente, con el objeto de estudio: ¿por qué decidió especializarse en seguridad y geopolítica militar internacional?

—Porque me encanta, porque es atractivo y porque durante los años noventa donde en las aulas se enseñaba el optimismo liberal, yo leía libros como el de Alvin y Heidi Toffler, El futuro de la guerra, y siempre pensaba que mi vida profesional tenía mucho más que ver con esa línea de investigación. La idea de entender los conflictos, entender por qué tropezamos dos veces con la misma piedra, entender las lógicas militares del planeta y tratar de bajarlo a una Argentina que hoy en el campo de la defensa está completamente disminuida y que tiene como una especie de mala identidad, que no cree que la dimensión de la defensa es tan importante como la de la política exterior. Creo que ahí puedo hacer mi contribución y por eso lo estudio y por eso lo leo y por eso escribo sobre esto.