Crecimiento angosto: por qué el rebote del PBI todavía no llega a la inversión

Autor
Federico Vacalebre
Medio
TN
Mes/Año
5 de julio de 2026

El dato de actividad del primer trimestre confirmó que la economía argentina sigue en expansión, pero también dejó al descubierto una característica que merece atención.

El Producto avanzó 2,3% en la comparación interanual y 0,7% en la serie desestacionalizada frente al cuarto trimestre de 2025, con lo que encadenó siete meses consecutivos de mejoras trimestrales y alcanzó un nuevo récord en la medición sin estacionalidad. Hubo, incluso, una sorpresa positiva. El crecimiento del trimestre resultó superior al que anticipaba el indicador mensual de actividad, que había estimado un avance desestacionalizado del 0,3% y terminó corrigiéndose al alza hasta el 0,7%.

Esa es la cara luminosa del cuadro. La sombra apareció en un componente decisivo. La inversión acumuló su cuarto trimestre consecutivo de caída y retrocedió 11,6% en la comparación interanual, un dato que obliga a mirar con cuidado la composición del crecimiento antes de celebrar el número general.

Cuando se abre el resultado por el lado de la demanda, la asimetría se vuelve evidente

El motor indiscutido sigue siendo el sector externo. Las exportaciones crecieron 9,8% interanual, impulsadas por los sectores primarios, y se consolidaron como el componente más dinámico de todo el ciclo, con una mejora cercana al 36% acumulada desde comienzos de 2023, muy por encima de cualquier otro rubro.

Las importaciones, en cambio, cayeron 7,5% interanual, aunque todavía se mantienen por encima del nivel que registraban en 2023. El consumo privado aportó lo suyo con una suba del 2,7% interanual, aunque conviene señalar que buena parte de ese empuje se explica por la compra de bienes importados antes que por la producción local. El consumo público, en sintonía con el ajuste fiscal, volvió a retroceder un 0,9% interanual y acumula una baja del orden del 6% desde 2023.

El punto más débil del trimestre siguió siendo, sin dudas, la inversión. La formación bruta de capital fijo se desplomó 11,6% interanual y acumula una contracción del 12% respecto del arranque de 2023. Dentro de ese universo, la construcción —que es el componente de mayor peso, ya que representa cerca del 38% de la inversión total— continúa siendo el rubro más rezagado.

La única excepción a este panorama sombrío fue el equipo de transporte, que mejoró desde 2023, aunque de una manera profundamente desigual. Mientras el segmento importado de ese rubro creció un 165% frente a 2023, la producción nacional cayó un 8% interanual, una brecha que ilustra a la perfección quién se beneficia y quién queda relegado en el esquema actual.

Un indicador que resume el problema estructural con particular crudeza

La inversión por habitante se ubica un 27% por debajo del pico que había alcanzado en 2011, lo que ratifica el deterioro de fondo que atraviesa la formación de capital en la Argentina. Medida en términos corrientes, la inversión ronda el 17% del Producto, un nivel que queda por debajo del que se considera necesario para sostener un ciclo de desarrollo en el tiempo, que debería superar al menos el 20% del Producto. Sin inversión suficiente, el crecimiento de hoy difícilmente se traduzca en capacidad productiva mañana.

La síntesis del trimestre es la de una economía que avanza a dos tiempos. El Producto crece, pero la tracción la aportan las exportaciones y los sectores primarios, mientras la industria, la construcción y la inversión de origen nacional siguen en terreno negativo. Es un crecimiento real, conviene subrayarlo, pero angosto, apoyado en las ventas externas y en un consumo que se nutre en buena medida de bienes importados.

Los primeros indicadores del segundo trimestre parecen confirmar esa tendencia, de modo que el Producto cerraría el año con una expansión cercana al 2,5% o 3%, traccionado por el dinamismo exportador y por un consumo interno que crecería gracias al arrastre estadístico que dejaron 2025 y el comienzo de 2026. De hecho, si la actividad simplemente se mantuviera en el nivel del primer trimestre durante el resto del año, el crecimiento anual rondaría el 2,4%.

El frente financiero, dominado por la geopolítica

El principio de acuerdo entre Estados Unidos e Irán, que contempla la reapertura del estrecho de Ormuz y el regreso del crudo iraní a los mercados, tuvo un efecto inmediato sobre las materias primas. Desde fines de mayo, el petróleo acumuló una caída del 20,9% y la soja cedió un 2,7%. A ese movimiento, se sumó un fortalecimiento del dólar a escala global, con el índice que mide su cotización frente a una canasta de monedas avanzando un 2,5%, lo que presionó sobre las divisas de la región. El real brasileño, por caso, se depreció un 2,4% frente al dólar.

Argentina no quedó al margen de esa corriente. El tipo de cambio se desplazó desde la zona de 1.410 pesos hasta los 1.475 pesos en el período, en un escenario donde el Banco Central siguió comprando divisas, aunque a un ritmo más pausado que en las primeras jornadas del mes. El promedio de adquisiciones diarias bajó a unos 50 millones de dólares, frente a los 87 millones que había marcado en las primeras diez ruedas de junio.

El cierre del mes encontró además al Tesoro Nacional afrontando su última licitación de deuda en pesos, con vencimientos por aproximadamente 16,3 billones de pesos en un contexto de liquidez algo más ajustada que en semanas anteriores. La oferta de instrumentos fue variada e incluyó una nueva letra capitalizable a noviembre de 2026, tres bonos ajustados por inflación, un nuevo bono que sigue la tasa mayorista a julio de 2027, un título dual y dos instrumentos atados a la evolución del dólar.

A esa colocación se sumó el objetivo de completar la emisión total autorizada de un bono en dólares con vencimiento en 2028, por un máximo de 2.000 millones de valor nominal, ofreciendo hasta 266 millones en la primera vuelta y otros 100 millones en una segunda rueda. Las dos variables a seguir en esa operación eran el nivel de renovación de los vencimientos, que definiría la liquidez en pesos, y el apetito del mercado por los plazos más largos.

La renta variable, en cambio, fue golpeada por partida doble. El proveedor global de índices MSCI difundió su revisión anual de clasificación de mercados y Argentina directamente no apareció mencionada en ningún lugar del documento, lo que frustró las expectativas de quienes esperaban al menos una señal de avance hacia una eventual reclasificación. Los protagonistas del anuncio fueron otros mercados, como Bulgaria, Grecia y algunas plazas asiáticas bajo monitoreo.

Para la Argentina, esa ausencia de mención equivale a permanecer fuera de la agenda formal del organismo durante al menos un año más. A ese revés, se le sumó la caída del precio internacional del petróleo, que arrastró a las grandes compañías energéticas que tienen un peso considerable en el panel local. El índice Merval terminó con un retroceso del 5,2%.

El balance que dejan los datos es elocuente. La economía crece, pero lo hace de manera despareja, sostenida por un sector externo robusto mientras la inversión y los sectores ligados al mercado interno siguen rezagados. En el plano financiero, la descompresión geopolítica abarata la energía y alivia presiones inflacionarias en el mundo, aunque al mismo tiempo fortalece al dólar y le resta brillo a los activos locales. Es, en definitiva, un momento de luces y sombras donde cada buena noticia parece venir acompañada de un matiz que recuerda que la consolidación todavía está en construcción.

(*) Federico Pablo Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.